19.10.19

Este fuego, todos los fuegos


La elocuencia de las imágenes es un arma usada a interés de quien dispara. Francotiradores interesados muchas veces: no todas, tal vez no esta, en la Barcelona caótica que nos exhiben. Es legítima esa abundancia de información, afirmó y pregunto a la vez, pero tal vez no se haya articulado un punto de criba, una especie de pedagogía de la trama. De ahí que crezca la desafección, si es que hubo afecto o interés en alguna ocasión. Nos saturan, nos aturden, nos zarandean. Es el precio de esta sociedad de las imágenes, de este Instagram universal y voraz, que sólo da titulares (escritos o gráficos) y que no siempre baja al lenguaje y a la mesura y a la inteligencia de las palabras. Cuando alguien agita una bandera en una mano y agarra una bengala en otra , insulta al lenguaje. Incluso a la bandera que enarbola. Los mismos alborotadores carecen de convicción: sólo perpetran un teatro, una escenificación del estado de ánimo de una sociedad varada en el desencanto. Pedir algo a gritos hace (paradójicamente) menos audible lo que se pide. También está la influencia de los medios, el grado de penetración en la capa más permeable de la opinión pública, la que sólo rasga la superficie y se conforma con la tropelía de las fuerzas del orden conteniendo a las fuerzas del terror. Porque es verdad que hay miedo y hay dolor detrás del miedo. Estamos convirtiendo la violencia en mercancía. Es la moneda de cambio, el reclamo para que se cree una audiencia. No sirve para nada conocer el alcance de las algaradas pasadas, toda la furia extraordinaria amasada en ellas. Tuvimos la experiencia, pero perdimos el significado, como dejó escrito Eliot. A fuerza de masacrarnos con las imágenes (el fuego, los adoquines, las mangueras de agua de las tanquetas, los cascos, las porras de los uniformados, las caras tapadas, la sangre) pronto perderemos la distancia idónea para entenderlas y extraer una enseñanza o un criterio. No hemos educado la mirada. Está atrofiada. El espectáculo es la esencia del mercado, da igual qué precio haya que pagar, qué gasto acometer. El de ahora parece, en la lejanía, asequible, pero se incrementará. El fuego seguirá encendido, la ceniza no se perderá en el aire. Mientras, a resguardo de las llamas de verdad, cunden otras, metafóricas, igual de dañinas, más longevas. Esas son las que violentan la armonía y las que quebrantan la paz, esa utopía. Arde otra cosa, no la calle. Casi nunca se inicia ese fuego sin que lo prenda la política. O su ausencia.

1 comentario:

Joselu dijo...

Yo no veo las noticias, no escucho la radio y evito cualquier tipo de información de cualquier tipo porque no quiero verme parasitado por las imágenes y su manipulación. Vivo cerca de Barcelona. No me he enterado de nada. Vivo como las avestruces, metiendo la cabeza debajo de la tierra. No quiero que nadie me instrumentalice. Si ocurriera la revolución yo no me enteraría. Eso no impide que yo tenga mi propia versión de las cosas.

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