5.11.17

Los bárbaros

No hay miedo, ni sensación de que prospere el miedo. Lo que hay es hastío, cansancio, constatación de que los bárbaros, a su pedestre manera, alcanzan cotas de poder, ocupan despachos y toman decisiones. Se les ve en televisión sin que parezca que sean en verdad bárbaros, se pavonean delante de las cámaras, exhiben su grandeza, la que les sobrevino cuando entendieron que debían actuar sin que se delatase la barbarie, haciendo como que escuchan o escuchando poco o a medias, aunque después nada de lo escuchado durase, todo fuese sacrificado. Pues a pesar de eso, no estamos a su merced, no hay ranuras, no hay fisuras, no hay resquicios por los que permitir que franqueen nuestra integridad o nuestra moral o como quiera que se llame lo que hace que no seamos como ellos. Uno no sabe bien en qué bando está. En ocasiones cree en lo que postula alguno y, en otras, no le satisface eso y se escora a otro. No es normal que sigamos pensando lo mismo, no entra que el modo de entender el mundo sea el mismo. Ni siquiera ese mundo que anhelamos entender es el mismo mundo, ni los mismos son quienes lo administran ni quienes son administrados, los que escriben las leyes y los que las leen. No se sabe dónde estamos, pero se tiene una certeza rotunda sobre donde no queremos estar. Se sabe (añadidamente) que no queremos a los bárbaros, no les necesitamos, el mundo es un lugar hermoso cuando no están, incluso lo es cuando aparecen, dramática y dolorosamente. Esa percepción íntima, la de saber qué es lo que no nos gusta, planea inalterablemente. A falta de saber lo que queremos, bien está (al menos) saber lo que no. Esa certidumbre es la que hace que salgan algunos de estos textos de vocación combativa, pero estériles en el fondo, a poco que se los lee en detalle y se extrae lo que aportan. Se conforma uno con contarse el mundo y decir he aquí a los bárbaros, he aquí a los que no lo somos, algo así. Es posible que únicamente sirva para conciliar con más propiedad el sueño y dormir sin que nos atormente nada. A los bárbaros se les debe poner muy difícil dormir con esa limpieza, con esa armonía. Se deben despertar en muchas ocasiones, deben tener sueños pesados, o igual es al contrario, qué podemos saber, deben tener la sensación de que sólo son bárbaros cuando abren los ojos y empieza la vigilia. Puede suceder que sus sueños sean la parte bondadosa de su existencia y no se les desboquen como a los demás nos ocurre. Soñarán con cosas hermosas de las que luego no guardarán recuerdo alguno. Uno, que no se tiene por bárbaro, sueña en ocasiones episodios bárbaros. Si nos coge Freud, nos echa a llorar, seguro. Los sueños tienen esa facultad: la de dejarnos actuar sin normas, la de hacer y deshacer sin que nos guíen o temamos que nos reprendan o que nos sancionen. No hay miedo, no, lo que hay es hastío de ver a tanto bárbaro por ahí suelto. Se les ve en televisión, se lee en prensa que hacen esto o hacen lo otro. Tenemos bárbaros en las calles, gente cazurra y de modales inexistentes, gente que te empuja y te quita el aparcamiento, por mucho que lo hayas señalizado y te pertenezca, aunque sólo sea moralmente. Es la moralidad la que no se advierte que actúe, no la hay, la hay a trompicones, la hay a bocados. Algunos, más amigos de encontrar palabras para todo, llaman a este relativismo moral. Un amigo me contó que consiste en darle a todo carta de bondad o de maldad, en dar idéntico peso a todas las opiniones, no dejando que ninguna (por predicamento y arraigo que posea) triunfe en especial. En ese mirar abierto de las cosas, el bárbaro podría dejar de serlo o, quien no lo haya sido o asomo de que se acercara a serlo, podría de pronto cuajar un bárbaro estándar, uno con todos los atributos que se les supone. La verdad es que no está muy descaminado eso del relativismo. Al menos tenemos un nombre para entender esta deriva. Los ríos traen aguas revueltas, me dice K. Acaba de aparecer, lee por encima lo que acabo de escribir y ha dicho eso.

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