6.6.17

El ruido y el silencio









A veces anhela uno sentir más afuera el espíritu, invitarlo a que se arrime a la superficie y conversar con él, por ver qué se saca en claro, si podemos intimar, si hay algo suyo que me esté perdiendo, si al final no existe nada más allá de lo que vemos y lo que tocamos y no hay espíritu y todo resulta ser un invento, un plan para que sea soportable la vida en la creencia de que otra más deleitable nos aguarda. En la ignorancia no se vive siempre mejor. Hay ocasiones en que uno debe pringarse, tomar partido, presumir de que se tiene fe o de que no se tiene ninguna. En cierta ocasión, creí que pude acercarme a ella y que me impregnase al modo en que todo se dejan impregnar. No me importaría, no le tengo ninguna aversión, no existe en mí la voluntad de que todo lo concerniente a la religión me sea ajeno. De momento, hasta el día de hoy, martes en que me he convidado al descanso y en donde he encontrado una especie de pequeña paz en el trasegar de las cosas, no hay indicios fiables de que un servidor hinque la cerviz y acate con humildad la llamada de las alturas, si es que alguien llama y si es que abajo alguien tiene la sensibilidad de escuchar. No he visto nada de eso, no hasta ahora. He comprendido que una música lo envuelve todo. Se percibe a poco que se presta atención. Ayudan las catedrales, de verdad que lo hacen. Falsos los deleites, como dijo el poeta, pero aun falsos, no poseemos la propiedad moral de que no tengamos otros, así que nos abrazamos a ellos, los festejamos, olvidamos tal vez que el verdadero festín está adentro o, en todo caso, estaría bien que hubiese uno y que lo sintiéramos pujando, pidiendo paso, como un hijo que de pronto cobrara brío y pugnase por ser alumbrado. La fe es ese alumbramiento que no siempre llega. Como los enamoramientos. Lo bueno de vivir al margen de la fe es que en cualquier momento puedes sentir que brota, lo cual viene a decir que la tienes dentro y nunca lo supiste, o que te penetra, lo cual quiere decir que es una influencia externa y no se cruzaron en ningún momento vuestros caminos. Lo que más me fascina de no tener esa fe de la que ahora hablo es el hecho de que casi continuamente me interrogue sobre ella, piense si estoy perdiendo un tiempo precioso y no la disfruto o si hago bien y en el fondo todo es una historia que se cuenta y que unos creen y otros no. Con lo que yo adoro las historias, debería ser un buen creyente. Mi educación espiritual ha sido laxa, no ha tenido el suficiente acopio de inquietudes o incluso estoy por decir que no tuvo ninguna. Soy un descarriado feliz, si se me permite la expresión, uno del tipo que se cuestiona su condición de apartado y que no tendría problema en dejarse convencer o en aceptar que un buen día (debe ser bueno) sienta la herida, la sienta fuerte, comprenda que ya no es posible ir atrás y viva los años que me resten en la esperanza de que hay otra vida después y todo eso que ahora, contemplado en mi lealtad actual a mí mismo, me parece una invención. Pienso a veces en eso que escribía Borges sobre la religión cuando la ubicaba en la literatura fantástica. Pienso en algunas representaciones de la fe por quienes la profesan y afianzo mi reticencia. Pienso en la fe ciega, en esa fe que no ve o que ve tumultuosamente, enfebrecida, convertida en un espasmo, en un delirio. Pienso en la quietud del espíritu cuando conversa con su divinidad y en el vértigo y en la fiebre del pueblo cuando extrae de su interior otra faceta del espíritu, no la mansa, no la que conversa, sino la que se convierte en masa, en vorágine, en estrépito, en locura. No tengo ninguna opinión que deba servir a nadie. Habla quien no ha entrado en esa conversación y al que, por tanto, le está vedado expresarse sobre su contenido. Mientras llega o no llega la fe, prosigo en mi descreimiento, convencido de que esa búsqueda es provechosa, haya o no hallazgo, entre o no el deslumbramiento.

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