28.5.17

Suites acuáticas y jazz endecasílabo



                                                           A mi amigo del alma Antonio Sánchez, él sí que sabe de ritos


Leo hoy en El País que Sting hace unos largos en su piscina cada mañana mientras escucha las suites para chelo de Bach tocadas por Yo Yo Ma. Imagino que el sonido irá y vendrá a capricho de las brazadas y de las inmersiones. Una suite de Bach puede ser el delirio si se la escucha bajo agua. Yo las tengo ahora de fondo mientras escribo. Bach me hace sentir pequeño. Tiene el mismo efecto que producen las catedrales. Una vez probé a salir a andar con clásica en el móvil. Llegó un momento en que acompasé el paso a la fuerza de la masa orquestal. En los pasajes más calmados, me parecía una ofensa no atenuarlo. Los paseos eran una especie de coreografía no pensada, una evidencia de que importaba más lo que pasaba en mi cabeza que la inercia mecánica de mis pies. Si yo pudiese poner unos altavoces grandes que sonorizaran una piscina en la que yo pudiera hacer unos largos con las suites para chelo de Bach, podría deciros qué haría mi cuerpo. Si nadaría con esmero, pensando en los vaivenes del instrumento, en sus acometidas, en sus deliberaciones íntimas, en sus retraimientos y en sus felices respiraciones o me limitaría a dejar que sonara, advirtiendo de vez en cuando, según sacara la cabeza del agua, algún pasaje preferido. Hacemos cosas que no pensamos, incluso cosas que no tienen sentido. Quizá sean ésas a las que más nos arrimamos para que lo demás adquiere el sentido que tampoco tiene. Sting escucha a Bach en su ejercicios natatorios y yo elijo a Charlie Parker cuando escribo poesía. Me salen unos versos sincopados, poco o nada ortodoxos, que se envalentonan en unas partes y se atenúan, como tímidos de pronto, en otras. Me parezco a mi apreciado Sting en que elijo protocolos para casi todo lo que hago. Tengo amigos que no secundan estos ejercicios amatorios que uno mantiene consigo mismo. Hacen las cosas sin que intermedie un rito. Yo, en cambio, en casi todo impongo uno. Escribo con música. Creo que nos sabría hilvanar una frase con otra si no tengo canciones alrededor. Creo que no sabría salir a andar (a mi pesar, lo hago cada vez menos) si no busco en las playlists del spotify la que más me consolará del vértigo del día.  A mi amigo K. le parece improbable que pueda leer a placer si no es un sillón de orejas. No es capaz de extraer disfrute de ninguna lectura si lo hace en cualquier otro lugar. R. bebe cerveza negra cada vez que su equipo juega partido de Champions. M. desayuna el mismo tipo de pan. Es capaz de rehusar el desayuno si no hay pan de ese tipo. J. M. echa una cabezadita de veinte minutos tras el almuerzo. Le da igual estar en el bus o en un parque público. A. lee a las nueve (quien dice las nueve, dice las ocho) la prensa local en una cafetería cercana a su trabajo. Creo que somos todos unos raros si se nos mira en detalle. Bach es el primero de los raros. No puede ser un hombre normal alguien que hizo lo que él. Tal vez Bach tenía sus rituales. Componía mirando tal o cual jardín, corregía a una hora precisa de la tarde o escuchaba su obra con un traje muy de su agrado. Ahora mismo me dispongo a acometer uno de sus ritos  de los que no me es posible escapar. Voy a meterme una cerveza bien fría. Tengo pensado desde bien temprano cuál será. Dejaré aquí escrito que será turbia, no de abadía, pero espesa y con cuerpo y espuma en la copa. Luego me voy de comunión. Que ustedes disfruten el domingo.

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