15.11.16

Jaime con su girasol de noviembre


Fotografía: Verónica Hurtado


Primero fue la luz, la bondad que regala. A veces uno entiende el mundo al asistir al milagro de la vida. Jaime tiene un girasol de noviembre. Es suyo, aunque no se lo lleve a casa, ni se le ocurra intimar con él. Suyo sin que lo sepa también. Hay veces en que no necesitamos tener la propiedad de las cosas para que nos conforten o nos alivien. A Jaime, pequeño como es, no se le ocurre pensar en los milagros. La suya es la vida del que aprende a todo. Luego se pierde esa inocencia, se canjea por la maldad de creer que todo nos incomoda o de que se ha puesto en nuestro camino para que no podamos recorrerlo como queramos. El mundo entero es de Jaime. No hay trozo de él que no sea incumbencia suya. El sol es suyo, el suelo que pisa y hasta en el que se cae son suyos. Todo le pertenece de un modo hermoso y limpio. Ahí anda, frente al girasol de noviembre, extasiado a su manera, haciéndose (sin que se aprecie) las grandes preguntas de la vida, asombrado de cuanto está alrededor suya y le gana en tamaño, sin saber cómo añadir el girasol al juego, que es el fin último de toda la vida social de Jaime. El mundo, con girasol o sin él, es siempre un descubrimiento a los ojos del niño. No hay día en que algo no le fascine o lo derrote, algo que merezca su entusiasmo o su absoluto desprecio. Ninguno en donde no mire como si fuese la primera vez en que se produce esa mirada. Eso es lo que perdemos cuando perdemos la visión de Jaime y de todos los jaimes del mundo. Perdemos esa virginidad asombrosa, perdemos la pureza del mirar sin doblez. De ahí que la fotografía sea un elogio de esa pureza. No se precisa que Jaime mire al fotógrafo o que la lente lo enfoque bien y cuadre su cuerpo con el fondo y con la luz, como si se pretendiese algo más que registrar la belleza. Los dos representan el ciclo de la vida, de los dos se extrae la enseñanza de que la vida (la luz, el amor, la belleza) se abren paso siempre. Lo hacen a empujones o lo hacen con suavidad, pero se yerguen, se izan, adquieren tallo y volumen y rivalizan con el aire en piruetas y en cabriolas, sólo que no las vemos, no tenemos modo de hacerlo. Quizá Jaime sí, tal vez todos los jaimes del mundo puedan ver lo que los mayores no podemos.

Después de la luz vino la sombra. No hace falta se la invoque. Acude sin que se la invite. Se presenta y hace casa en cualquier sitio. Quienes tenemos ya una edad o enfilamos dos edades juntamente sabemos que la infancia no vuelve. De hecho nada vuelve. Se puede echar atrás la memoria y extraer algún episodio de ese pasado incrustado en la cabeza, pero no es una visión fiable. A la memoria la perjudica el presente. Uno hace recuento y cambia el tamaño de las monedas o incluso el valor. Se recrea en la mentira si es que eso va a contribuir a que la verdad no haga daño. Por eso fascina ver a Jaime con su girasol de noviembre. Emociona de verdad. A los que nos dedicamos a la enseñanza nos parece fácil ese juego, el de ver el mundos con los ojos de Jaime. Es el mundo que no debió nunca censurarse y del que el adulto, en ocasiones, se retira o del que, llegado el caso, se avergüenza. Se quita de uno en medio, mira hacia otro lado, no comulga con juegos, no se deja intimidar por un girasol. No hay sombra en la fotografía de Verónica, su madre feliz. La cámara registra lo que el ojo le va dictando. Es el ojo quien hace el clic, no la máquina. La fotografía es el único modo de que el tiempo se detenga. Hay instantáneas que hacen que un instante se alargue infinitamente, uno que podría haberse perdido como lágrimas en la lluvia (se me va la cabeza al cine y luego la hago regresar), pero ahí está la cámara o la madre o las dos, alerta, sensibles a que un movimiento estropee el momento o que otro lo haga sublime. De cualquier manera, ahí está el infante, el niño con su girasol de noviembre, Verónica, sin escuchar otro ruido que el de su corazón al latir cuando se acerca y teme, en el fondo de su alma pequeñita, que la planta cobre vida y lo abrace y desee jugar con él a la manera en que lo hacen los perros. A ver mañana si se nos pone delante un girasol, uno de nuestra altura, un girasol puro y perfecto, el gran girasol con el que el mundo se explica a sí mismo. 





3 comentarios:

M.M. dijo...

No conozco a Jaime. sí a ti, en lo que es posible conocerte. Un texto precioso te ha salido, muy lírico y muy hondo. Se nota el maestro que llevas dentro, y lo buena persona que eres. Un beso.

Anónimo dijo...

Una sola palabra, una palabra suficiente, que no necesita más: MARAVILLOSO.
Dan ganas de ser Jaime.
Enhorabuena a la madre, por madre y por fotógrafa y al escritor, que ha pillado la esencia, la esencia que los que no escribimos no vemos.
Qué placer ver y leer.

Toñi Cuenca

Anónimo dijo...

Qué bonito Jaime con su girasol. Dan ganas de abrazarlo como si no hubiese otro niño en el puñetero mundo.

Javier Glez. Mercado