9.2.16

Lo mucho leído, lo mucho escrito, lo mucho vivido

No sé dónde leí este fin de semana que los escritores eran un precipicio al que asomarse o quizá se referían a uno y yo, en deuda con tantos, he querido ampliar el radio de difusión de la frase. He leído a escritores que me han desvelado noches enteras. De hecho dejé de leerlos de noche, pensando que lo que se quebraba no era sólo mi ánimo, -hay lecturas que lo agachan -sino mi salud. He ido a trabajar muchas veces con el aroma de los libros o de las películas en mi cabeza. Ahora, conforme me voy haciendo mayor, flaqueo en los vicios y gano en responsabilidad. En el fondo está mal hacerse uno muy responsable. Se pierden muchas cosas en el oficio de ser responsable. Se ganan otras, no lo dudo. Anoche, por ejemplo, no gané ninguna. Me arrastró el cansancio, me pudo la felicidad de cerrar los ojos y no desear pensar en nada. Tardé muy poco en flaquear y abrí los ojos; sólo por coger el libro de la mesita de noche (Mortal y rosa de nuevo, el mejor libro del más poético Umbral que se pueda leer) y esperar que las palabras me borraran. Por la mañana, pensé en si la historia del padre que llora a su hijo muerto se colaría en alguna parte del día que me esperaba. No ha sido así, ahora que el día (largo, muy largo, de verdad) concluye. He caído en la cuenta ahora, he pensado ahora en el buen padre y en el triste hijo. Lo mucho leído hace que uno se blinde contra la realidad y no permita que le afecten las cosas. Lo mucho vivido hace que uno también se blinde contra esa realidad obstinada que a veces nos contradice o nos perturba. No siempre sucede. Se enreda la cabeza en asuntos que no siempre interesan. Ojalá pudiéramos cribar todo eso: lo que interesa y lo que no. Hacer que la alegría estuviese siempre a mano, como quería Benedetti; hacer que la tristeza, al acudir, no haga plaza dentro y se desvanezca a poco que nos duela su presencia. Lo mucho escrito hace que uno se blinde contra la realidad también. Escribir (ahora escribo, escribo para sentir que puedo ser hospitalario conmigo mismo) cuenta cada vez más. Hay noches en que dejo el ordenador (escribo en uno, hace tiempo que dejé de manuscribir) y me voy a la cama pensando en qué he consignado, de qué asuntos he dejado nota, por si alguien viene y me busca. No sé si seré un precipicio para alguien. Me contenta saber que lo soy para mí. Me asomo adentro, me veo, contemplo qué hay. Esa propiedad me conmueve casi siempre. Creo que somos un gremio difícil de tratar los que escribimos o los que leemos. No hay quien, al leer, no ejerza de algún modo de escritor. Esta noche acabo (creo es la tercera vez, no estoy seguro) Mortal y rosa, la declaración tristísima de Francisco Umbral, su manera de despedir al hijo muerto. Lo que hizo Umbral sólo lo hacen los escritores. Contar el dolor, contarse el dolor, sentirlo de cerca para rebajarlo. Dostoievski era también un maestro en eso. Toda la literatura rusa (la buena, la de entonces, no he leído nada ruso reciente) es la mejor en el arte de mirar hacia adentro y que no parezca que se mira nada. Y no haber leído mucho en el fondo, ni escrito mucho, ni vivido casi nada todavía.