24.10.15

Hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills / Tom Waits rinde cuentas al fin





Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. Pregunten otra cosa. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Obama es negro, de acuerdo. Keith Richards está otra vez de gira y John Holmes se fue al infierno sin un céntimo debajo del colchón. Quiero decir que el mundo sigue girando. Haga uno lo que haga, el mundo va a lo suyo. La luna en el cielo y el aire oliendo a tierra mojada si llueve. Haría lo que sea por redimirme. De hecho ensayo salmos cada noche. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exhima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran el estado putrefacto de mi alma. No se me ha confiado si hay un Dios o todo es un bulo entretenido, pero hay noches en que le hablo hasta que clarea el día. Algunas veces, al despertarme de algún sueño muy breve, pienso en frases enteras que me ha dicho, en confidencias suyas. Debe verme muy triste para que se detenga y tenga la consideración de escucharme. 

Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniels. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un te aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi manager me pide sangre, pero yo sólo sé darle algodón. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, alimentados con hamburguesas del McDonald's. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. 

Soy Tom Waits y ya no sangro cuando canto. A mi voz le ha crecido un cáncer y soy incapaz de disimular la enfermedad en un escenario, pero sabrán disculparme si no regreso al activismo de antaño. No esperen perros en la lluvia, hagan el favor de concederme la posibilidad de perderme. Yo no me siento con fuerza para escribir mi biografía. A veces se me escapa un aullido. Cosas del lobo que no ha dejado de romperme por dentro. En todo caso queda una brizna del salvaje que fui. Si me miran en detalle, si observan el mapa de mi rostro, advertirán la erosión, el roto que los excesos han dejado en los ojos. El santo bebedor es ahora un sencillo funcionario. Gano la paga como la gana usted. Me levanto temprano. Oficio el rito preciso para aparentar la normalidad que anhelo, pero basta con prestar la suficiente atención para percibir la metástasis. Soy un zombi. El cuerpo está muerto, pero la cabeza sigue ordenando el mundo. Soy una especie de dios rudimentario y caprichoso que ha encontrado un placer sublime en corregir los errores del plan y en cuidar de que no se reproduzcan de nuevo. Kathleen, mi venerada esposa, me ha librado del veneno. Me ha dicho: o el veneno o yo. Y a esta altura de la travesía, bebida media Kentucky, libradas todas las batallas con las que el hombre se cree divino, ungido por un don, Kathleen es el sol y también las estrellas.

Soy Tom Waits y la melodía es como el humo. El ritmo, ya lo saben, son las toses. Ya no importa que cante con el culo y recite a diario el evangelio de mi salvación. Fui un borracho rentable y ahora soy un crooner de mis recuerdos. Si quieren les canto My funny Valentine o Summertime como si no hubiese hecho otra cosa en la vida. Ladro lo justo, lo siento. Me sale la voz de perro, pero me duele lo que dice. Si quieren volver al ogro, saquen sus discos, inviten a los amigos, díganles que fui un dios salvaje. Fui un dios con un alambique de whisky en la mesita de noche. El dios ebrio con su don preciso.

Soy Tom Waits, el bastardo, el huérfano, el loco, el limpio ejemplar de una especie en vías de extinción, el que no se vendió a Dios, pero miró a los ojos al diablo y encontró refugio en el mal, en la belleza que el mal siempre alienta. Siento que no me hayan sabido comprender. De verdad que siempre intenté ser yo mismo. Lo fui cuando me senté en un cabaret y entoné un blues fúnebre. En el fondo no he hecho otra cosa en mi puta vida. Cantar un blues. En la intimidad, a salvo de las cámaras, de la mtv y del billboard, lo repito en ocasiones a mi amada Kathleen. Le digo que se acomode y lo hace con un desperpajo que me intimida. Luego busco una canción antigua. Y le ladro.¿Eras perro o lobo esta vez?, me dice después de la reverencia protocolaria. Y la beso como un animal hasta que las estrellas revientan en el cielo de Beverly Hills.

Soy Tom Waits, llevo siéndolo desde que recuerdo, no he sido otra cosa. Primero un Tom Waits inocente. En la inocencia, no se tiene deseo alguno de ser creativo. Por eso es mejor el desamor, la locura, la parte oscura que te aúlla dentro. De no haber bebido, no habría cantado. Entiendo que haya quien no lo necesite, pero ellos no son Tom Waits, ni tampoco les invito a probarlo. Hay que haber estado mal para hacer lo que yo he hecho, pero ahora estoy centrado, paseo los perros, me enchufo Netflix y veo la segunda temporada de Sons of Anarchy. Me encanta todo ese festín de cerveza y de chesterfields, de ruido de blues en la barra de un bar y de putas que abren la boca sólo cuando es necesario. Echo de menos la barra de los bares, pueden creerme. Mis mejores canciones están todavía en la madera. Mi voz se ha astillado con los años, ha adquirido una firmeza incluso conveniente para exhibir mi cuota de tristeza, pero ahora estoy sin argumentos, no se me ocurre cómo sentirme reconciliado con el mundo. Tendré que salir y mirar la luna y sentir que me mira. 

1 comentario:

Andrés M. dijo...

Me lo he creído.