7.11.14

Hambrunas


Michael Philippot (Foto)


La palabra hambruna es de una insolencia que intimida. Es como una bala que está en la boca del cañón, a punto de zanjar alguna distancia e incrustarse en la carne a la que mira, rompiéndola, reduciéndola a un amasijo infame. Hambruna bastarda, hija de todos los males, evidencia de todos los pecados, pero las palabras no conquistan el estómago, no ocupan el vacío que le araña las paredes y lo enloquece. Las palabras, incluso las más nobles, las que tienen un cometido más alto, no sirven para nada. Uno ya está al cabo de la inutilidad de las palabras. Las que pronuncian los políticos son huecas, son miserables en ocasiones, y las de los poetas son inofensivas, no hacen otra cosa que engalanar el aire o enturbiarlo más de lo que está, pero no son útiles. Este niño que busca comida a las afueras de Addis Abbeba, en Etiopía, no sabrá entender ni al poeta ni al político, no tendrá con qué fijar la atención y ver qué pueden hacer por él. Tampoco el paisaje hace nada por él. No hay nada en este mundo que lo conforte mientras camina hacia no se sabe dónde. Es la incertidumbre la que duele juntamente con el hambre. Afuera no la vemos, aunque hay quien podría contradecir esta ignorancia mía y poner en el cuaderno de la tristeza su malandanza y su miseria. Hay paisajes devastados en las grandes ciudades también, calles en las que ni siquiera hay un mal árbol o una señal de que debajo de la tierra dura hay agua o una raíz que llevarse a la boca. El primer mundo busca al tercero y en ocasiones, cuando no miramos, se abrazan y se cuentan sus cosas, en una intimidad insolente, de las que intimida. El mundo, de  mal hecho que está, permite que alguien camine las calles o los desiertos, aplace la felicidad o considere que no es posible encontrarla y solo persiga llenar la tripa, contentar al cuerpo, al bastardo del cuerpo, que solo quiere su ración diaria de agua y de pan. Qué triste todo, qué imposible de entender.

4 comentarios:

Eduardo Martos dijo...

Los niños no deberían sufrir jamás.
Lo que duele más de estas quejas nuestras es que las sufran los niños. Los adultos podremos con todo. Una vez un amigo me dijo que cambiaría de mivida y le dije que el momento en que descubrí la maldad del hombre.
Somos una raza soberbia y no tenemos compasión.

Por cierto, excelente, excelente texto.

Setefilla Almenara J. dijo...

Ningún niño debería pasar hambre, esa es la gran tragedia de la humanidad.Qué texto tan preciso,no quitaría ni añadiría una coma,Emilio.
Que tengas un buen día.

Fran Robles dijo...

Muy buena entrada. Por cierto, interesante blog

Miguel Cobo dijo...

La distancia más corta entre nacer y morir es la línea retorcida de la hambruna. En ninguna Wikipedia encontraremos las irrelevantes fechas que delimitan el paso por este mundo miserable de cualquiera de los miles de niños víctimas diarias de esta ignominiosa injusticia globalizada. Ni quiénes fueron sus padres, ni en qué escuela, instituto o universidad estudiaron. No tendrán oportunidad de ser ni santos, ni gánsteres, ni hombres y mujeres corrientes. Ni por sus obras los conoceréis.
Un día, un mes, un año, un lustro… ¡qué más da! El tiempo se desactiva en los relojes y en los calendarios cuando sus breves biografías confluyen en el anonimato y en la indiferencia. Sus fotos tampoco nos permitirán reconocer una individualidad con proyección de futuro en su vida y en su obra, vaciadas, en su anonimia, de esperanza. Es más, son fotografías obscenas, pornográficas, en las que las moscas adquieren más protagonismo que la criatura y que su madre escuálida con los pechos descolgados y exhaustos, y en las que el fotógrafo buscará, a ser posible, la presencia de un buitre para autorretratarse.
Sequía, escasez, guerra, éxodo, altos precios de los cereales…Lo de siempre. La vergüenza de pertenecer a una especie incapaz de revertir esta realidad sangrante. Nunca fue tan cruel la frase “más cornadas da el hambre”. Las del Cuerno de África.
¿Y si nos fuéramos todos al cuerno?