8.3.14

Refugios

Tengo algunos libros de guardia. No acudo a ellos en cuanto flaqueo, no los rebajo a ser un dispositivo farmacológico, útil en el alivio del dolor o en la cura de la enfermedad. No hay día en que no esté enfermo, ni día en que no encuentre al mal, así considerado en abstracto, abordándome a poco que me descuide. Los libros palian esa rotura interior, la confortan, le procuran un afecto que otros artilugios no conocen. Hay personas que son libros. No poseen páginas, no están estabulados en baldas, a capricho de que los bajemos de su noble altura y les lamamos las tripas, pero funcionan como libros: tienen las respuestas, poseen la virtud de alcanzarnos el principio activo que hace que estemos menos tristes o que de pronto arranquemos en una alegría inargumentable, de esas que te reconcilian con el mundo durante el tiempo en que te ocupan el alma. Porque tendremos un alma, imagino. No sé mucho de estas cosas, pero algo debe haber dentro. Lo de que haya algo arriba se me escapa. No saber si hay algo arriba, tutelándonos, conduciéndonos por los meandros de la vida, pero saber que hay algo dentro, tutelándonos también, cumpliendo la misma preciosa función que los creyentes atribuyen a su Dios. Los que no tenemos creencias religiosas recurrimos dioses subalternos, erigidos a conciencia, invariablemente cómplices de nuestra pequeña batalla contra el tiempo. En el fondo, todos los dioses surgen de esa necesidad de buscar respuestas. Da igual que sean divinidades del gremio de los cazadores o del de los agricultores. Hay un dios para cada afán humano. A veces dan ganas de tener dioses de guardia. Uno que te eleve el ánimo cuando está bajo; otro que te insufle valor cuando no lo encuentras; otro, yo qué sé, que te proteja del infortunio, y así, en este plan tristísimo, ir coleccionando devociones. Mejor no tener ninguna. Mejor quedarse con los libros o con las películas o con la música. Proporcionan un refugio formidable. El mejor lo dan los amigos, la familia, todo lo que podamos encontrar en la vida real, la que no está registrada en ningún formato, por bueno y útil que sea. En eso andamos.

1 comentario:

Isabel Huete dijo...

Para mí el mejor refugio es ese sillón que te abraza, en el que lees, escuchas y ves la vida a través de los libros, la música y el cine. También en el que te dejas llorar cuando las otras vidas, las de la realidad, las de los (y lo) que nos rodean te impiden soñar. Y también en el que te dejas dormir para no ver, oír y sentir nada.