21.5.13

Una pastoral

España necesita una pastoral. Anda el rebaño descarriado, tomando la calle, plantando cara a quienes los gobiernan, enseñando los dientes en las paradas del metro, pero el pastor sabe cómo amarrar la camada, hacerla entrar en razón y hacer de España la nación con la que soñaron, otrora, en la hontananza de la Historia, nuestros próceres. Por eso están los obispos que no caben en sus sotanas por la mano que les ha echado el ministro Wert, al que están dispuestos a conceder la Alta Mitra del Año, sin dotación económica, pero de una distinción que apabulla a quienes creen en las dádivas de la fe. Arguyen los prelados, en su diatriba, que la tragedia que se palpa y la más honda que se cierne precisan de un esfuerzo evangelizador. En el Evangelio, ese libro en donde se cuenta cómo se expía el pecado, muy básicamente contado, está la tabla a la que encaramarse para que el mar no nos trague del todo. Un poco tragado sí que andamos, no crean. Lo de la ley nueva (la LOMCE) es un espectáculo de distracción más o, si se prefiere, una vía nueva de salida, pero tampoco sabemos si al final habrá un puerto y seguiremos a capricho de las mareas, que son os gobiernos que van pasando, sin otro consuelo que la mínima satisfacción de no haber sido fundidos por el sol, el hambre, los espasmos musculares o el posible tiburón encantado del festín imprevisto. Y vean que he tirado al mar, en lugar de proceder con la viña devastada y los jabalíes y la fábula moral de Ratzinger, ya retirado, cuidado por las damas de la caridad, orando para que el tiburón se aleje. Tendremos, como hace treinta o más años escribía Chumy Chúmez en una de sus memorables tiras, un mundo de analfabetos laicos o de analfabetos cristianos. Al tiburón, en su hambruna, le importa poco la naturaleza moral de la vianda. Hay ocasiones en que el mar revuelto no hace pescadores ricos. A mí, en lo que aprecio, en lo que extraigo de lo que sé y de lo que yo me voy contando, me parece que en estos tiempos de zozobra (honda, severa) no viene a cuento reclamar la bondad de la fe de unos pocos (o de unos muchos) sobre el beneficio de todos. Y no hay (no lo hay en absoluto) una relación creíble entre prosperidad y evangelio como no la hay entre pobreza y laicismo. Al final, de cualquiera de las maneras, no se ve puerto. Estamos a la deriva. Nos zarandean a antojo. A lo que nos conduce todo esto es a que nos siga preocupando más la vida futura, la del cielo de quienes creen, que la triste presente en la que navegamos (creamos o no) todos.




2 comentarios:

José Luis Martínez Clares dijo...

Nuestros niños tan caprichosamente laicos... Y nuestros próceres tan instructivamente píos. Abrazos

Jesús Matallana dijo...

lo que duele es que se descuide el resto de las materias, que se invierta poco, que se "desmime" al gremio más capital del progreso y de la cultura, como son los enseñantes... Mi padre lo fue, mi hermano lo es...
Lo de la religión sí o no es un asunto menor, aunque importante.
Lo otro es lo doloroso.
Gran blog!!!