6.5.13

Las puertas del espíritu



                                                                                           Fotografía: Joaquín Ferrer


Creo que nunca he entrado a una iglesia con el propósito de que la visita me iluminara al modo en que otros, creyentes, lo hacen. Sé que las veces en que he entrado lo he hecho con absoluto respeto. Estoy iluminado por otras vías y carezco de la sensibilidad o de la voluntad de que la religiosa me alcance. No es una idea dogmática ni pretende tampoco ser hostil. Comprendo a quien cree y me comprendo a mí, descreído y descarriado, huérfano de la luz de la fe, pero conmocionado (a veces) por la belleza estética que los asuntos del alma ha deparado al goce artístico. Uno irrenunciable consiste en contemplar el postramiento de los que, ante la imagen de sus símbolos, se extasían, embebecen y, en última instancia, en casos de verdadera comunión mística, pierden el sentido terreno de las cosas y, a la manera clásica, adquieren estados del alma a los que los incrédulos jamás llegaremos. Yo, al menos yo, les envidio. No entra en mis cálculos abrazar la impostura y provocar lo que, de seguro, no querría, pero a medida que me voy haciendo mayor, conforme uno va viendo y entendiendo, caigo en la cuenta de que la fe (con independencia de los oligarcas que la conducen o malconducen) llena rincones del espíritu que, sin ella, estarían vacíos. Ah, sí, claro, uno puede llenarlos con otros menesteres, y hasta podría nombrar un ciento que lo hacen discreta y eficientemente, pero ninguno del calado del milagro de la fe. No sé si puertas adentro está la luz o está la oscuridad. Sé, con seguridad, que afuera están las dos, así que no hay que extrañarse que en el interior de los templos también estén ambas. De estos días de exaltación o fervor popular, de lo que perdura cuando acaban, me quedo siempre con el público, con los que se tiran a la calle a contemplar a sus santos. De hecho, anoche al pasar la talla de la Vírgen de mi pueblo, sin descuidar el aprecio de su imponente paso, observé con esmero las caras de quienes, a mi alrededor, la contemplaban. En ellos estaba la fascinación de la fe. Bueno, en realidad, no en todos. Había quien comía pipas y escupía las cáscaras a pie de palio, quien charlaba desaforadamente a la misma vera de la cuadrilla de santeros, quien ignoraba absolutamente las más elementales normas de conducta y de respeto. Algo parecido cuenta mi amigo Rafa en su blog. Supongo que no a nadie se le ocurrirá llevarla la contraria: constata fehacientemnete un proceder, una manera de hacer las cosas, y lamentablemente así suceden a veces. Con lo fácil que es no acudir a estas cosas y quedarse en casa o llenar la barra de un bar o pasear las calles aledañas, evitando el tumulto y las estrecheces, pero manda el espectáculo, y el público, incluso en las cosas solemnes, en las tradicionales, siempre lleva razón. Eso será. Y si eso lo digo yo, a fe mía falto de fe alguna, carente del apresto espiritual que me haga contemplar con otros ojos esta exuberancia estética, ¿qué pensarán los que, bien al contrario, sí que creen y se toman estas cosas con la mayor de la seriedad?

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Dentro, amigo Emilio, estaba la Luz. También habría sombras, no lo dudo, pero en los corazones de los que esperábamos la entrada de los frescos aires que la Aurora de la mañana regalaba a la hora cero.
Y en el centro Ella, la Luz, grande como la luna y brillante como el sol.

Pedrodel

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

De esa Luz hablo, sin conocerla, pero imaginándola. No dudo, de ninguna manera hay duda, de que exista y quien la busque, la atrape, Pedro. Sombras hay en el propio pecho humano, ¿ no va a haberlas denro de un templo de piedra, aunque tutele imágenes sagradas? Son los hombres los que las mueven, las izan, las zarandean por las calles y las pervierten, a veces. ASí que estamos en el mismo bando, aunque estemos en bandos distintos, tú me entiendes mejor que mucha gente. Un agrazo grande.

Carmen García dijo...

De acuerdo con los dos, con ninguno también.
No se entra. O se entra. Pero es difícil que las dos partes se pongan de acuerdo. Es que dicen cosas tan distintas!
Unos creen en metáforas, y otros las desechan!
Unos buscan la luz, y otros sin buscar las sombras la tienen por otros métodos!
No sé cómo amalgamar esto, quizá no se pueda, y así nos va.
Os alabo a los dos, agradezco vuestro esfuerzo conciliador, pero conmigo no contéis para entenderlo.