29.11.12

El demonio de las palabras


Monseñor Angelo Scola, arzobispo de Milán y uno de los más firmes candidatos a sustituir a Benedicto XVI como Jefe del Estado Vaticano, Papa y todo eso, ha abierto una centralita para atender al enorme número de casos de endemoniados que se producen en su diócesis. El teléfono de atención a los poseídos funciona de 14.30 a 17.00 horas. A Gila le hubiese encantado esta historia. Le hubiese sacado punta como nadie. Oiga ,¿es el Vaticano?, sí, que tengo un poseído en casa. O la versión más hardcore: oiga, sí, ¿es el Vaticano?, que tengo al diablo en el cuerpo y le pido hora a ver si me lo pueden sacar. Lo que me deja en un estado de absoluta zozobra es precisamente el hecho de que la Curia, sensible a las penalidades del alma humana, atenta a consolar al desconsolado, proclive a conducir de vuelta al camino a quien se descarría, ofrezca un horario tan de compromiso, de poco ajuste a las maquinaciones del Diablo, del que tengo las mismas dudas de que exista como de que exista su anverso benévolo, el Dios bíblico, el Creador. El Diablo, bien a mi pesar, observo que tiene más predicamento entre la casta humana a la vista de lo cabrones que podemos llegar a ser con nosotros mismos. No nos damos tregua. Nos portamos como lobos. A dentelladas, si es posible, nos servimos las piezas que se nos cruzan. Importa escasamente que sean de nuestra propia sangre. Da exactamente igual si se trata de la sangre del vecino, al que no conoceremos en el momento en que algo que haga importune algo que queremos hacer nosotros, no sé si me explico. Ese es el diablo que tenemos en el cuerpo. Ese es al que Scola debe enfrentarse. Quizá, en el fondo, sea ése y yo, ah ignorante, ah trémulo párvulo en asuntos de la fe, piense con inocencia que se trataba de un animal mitológico, de una bestia políglota, de un ser extraído de lo más profundo de las cavernas del mal puro, sacado de las provincias del abismo para sembrar el odio y ganar fieles en la tierra. Y en cada ocasión en que los medios de comunicación sueltan una historia como la que ahora traigo, tan vaticana ella, tan apocalíptica, me alegra enormemente ser un descreído y me afianzo en mi descreimiento y me alegra no sentirme implicado en estas metáforas de un poema cuyo sentido no me alcanza. Me quedo con el Diablo de la Literatura, con el de Stevenson, metido en la botella; con todos los diablos cojuelos de nuestra fabulosa picaresca; con la cruz de Becquer; con Milton y su paraíso perdido; con el Fausto de Goethe, incluso con el diablo pelando un huevo cocido en El corazón del ángel, la mejor película de Alan Parker, con las uñas largas y los ojos inyectados en rabia de Robert de Niro. Llegando más lejos, llevado por mi amor al cine, me quedo con Max Von Sydow intentando que Linda Blair vuelva a su ser y la bestia que la ha invadido la abandone y se pierda en las calles con las campanitas de Mike Oldfield de fondo. Todo serán, al cabo, palabras. El demonio las carga. Ustedes me entienden.

28.11.12

Elogio universal de la escuela


En Gaza las escuelas siguen abiertas a pesar de las bombas. Es posible que incluso permanezcan abiertas en pleno bombardeo. Basta conque los alumnos y los maestros interrumpan la clase. Conque se tapen los oídos. Conque cierren los ojos. Hay algo verdaderamente admirable en privilegiar la vida cuando todo parece indicar lo contrario y la evidencia escribe la palabra muerte. En Gaza, en Siria, en Afganistán, en cien enclaves que ahora no nombro, la vida sigue su curso a pesar de las bombas y las escuelas abren y los alumnos acuden a diario, venciendo el miedo a no llegar, abriendo el corazón frente a la barbarie de sus mayores, esquivando el zumbido de las balas, representando un estado de las cosas que, en el fondo, solo produce una pena infinita y una impotencia absoluta.

De la experiencia sensible, de lo que nos circunda y afecta, extraemos lo útil, desechamos lo irrelevante, nos zafamos con fiereza de lo que nos duele y, en última instancia, nos indignamos contra lo que nos humilla. Posee el género humano ese raro apresto sentimental que lo hace buscar la belleza incluso cuando nada la propicia. Se pierden y se ganan batallas sacrificando el ideal de belleza que los pueblos atesoran. Quienes comprenden el valor de la educación aprecian el maravilloso ejemplo que dan las niñas de la fotografía, sorteando esos escombros para entrar en clase a diario. Aquí, en España, caen otras bombas. Son de las que no deflagran ni mutilan a quienes padecen su efecto. Son las bombas sutiles de la injusticia. Bombas ideológicas que sacan a unos cuantos profesores de la Complutentse (hoy) de sus aulas y los obligan (ay) a dar clase en la calle, aireando en la calle su indignación, sorteando el miedo a que un día todo cierre y los libros terminen apilados en una mala plaza, prendidos por un fuego enorme, convertidos en advertencia de un futuro apocalíptico. Mi tremendismo procede de las evidencias también. Se empiezan recortando en tizas, en plazas y en nóminas de maestros y se acaba aceptando que la calle es un lugar formidable para la docencia. Qué más da. No somos Gaza, aquí no hay escombros, pero el daño que le están haciendo a la Educación es gigantesco.

Las escuelas siguen abiertas a pesar de las precariedades que padecen. Es posible que incluso permanezcan abiertas cuando las vacíen más a fondo. No dudo que al paso que vamos el vaciado será más exhaustivo. Para dar clase solo hace falta alguien que hable y alguien que escuche. En realidad son dos los que hablan y dos los que escuchan. En ese diálogo maravilloso es en donde se forjan las costuras del traje que los países vestirán en los años venideros. Irán los países desnudos, con las vergüenzas a la vistas, retratados como lo que quisieron ser cuando apretaron en la herida en lugar de sanarla. Pese a todo, la escuela saldrá airosa. Insisto en su formidable salud. Está hecha de cimientos de una solidez incontestable. Abre sus puertas cuando ni siquiera las tiene. Se da en todo y se da de un modo ejemplar siempre. Es el bastión más precioso del progreso. Es uno de esos irrenunciables pilares sobre los que se construye la dignidad de los pueblos. El pueblo que no mima sus escuelas está abocado a reconstruírlas continuamente. Hoy, ya saben, unos cuantos profesores de la Complutense han enseñado en la calle.No me extrañaría que en breve me toque a mí y saque a mis alumnos al parque, aunque sea para que se nos vea y se nos escuche.Ojalá no tengamos que volver a levantar la escuela. Que solo haya que amueblarla. Que solo tengamos que enseñar quienes lo hacemos y no tengamos que ocuparnos del oficio de otros.

27.11.12

Continuidad de los libros



Caigo en la cuenta de que soy capaz de leer casi en cualquier parte. Poseo esa rara habilidad que consiste en aislarme de lo que me circunda de un modo a veces extraordinariamente agresivo. De hecho podría dar la impresión de que niego la realidad que me rodea y abrazo (admito que con enorme alegría) la realidad supletoria, la que fabrico y administro a entero beneficio propio. He leído en salas de espera de ambulatorio o en habitaciones de hospital con absoluta fruición. Mi vocación lectora no excluye parques o bares sin prescindir de la bendita casa, del sillón favorito junto a la ventana, cerca de las columnas por donde suena la música. En cierto modo, lo que ofrecen los centros de salud es un confort que no se parece a ningún otro. He pasado horas perdido en un libro, emboscado en tramas que ocupaban mi atención completa. Supongo que leer en estos lugares no deja de ser un sencillo mecanismo de defensa. Sencillamente me siento en una de esas sillas, a qué decir que horrorosas, abro mi libro y dejo de existir. Mi cuerpo físico se cruza de piernas o mira de pronto lo que ocurre alrededor, pero estoy en una isla, buscando a Viernes, o en una calle de Londres, en Whitechapel, persiguiendo un asesino en serie. Soy lo que se me antoja ser y lo soy de un modo inquebrantable. No me afecta la enfermedad ni el dolor que la enfermedad propia o ajena produce. Los libros son países y no hay otra patria de más cálido afecto que ésa. Prefiero, no obstante, los bares. Hay cientos en mi memoria. Algunos poseen todavía el encanto de lo imborrable. No importa que ya no están o que el dueño antiguo lo haya vendido o alquilado y ahora sea una pasamanería u otro bar que no nos dice nada. Importan los gestos, los muebles, la disposición física de las cosas. De algunos recuerdo incluso el olor exacto que tenían al entrar y el que me llevaba cuando salía. En el Pub Tempo, en Priego de Córdoba, releí a Lovecraft, a Kafavis, el poeta en Nueva York de Lorca y disfruté la prensa (El País) casi a diario y escuché interminables y lujuriosas sesiones de blues del delta, rock progresivo y jazz eléctrico. A mi amigo Antonio Linares, al que ya apenas veo, me hizo amar esa bohemia exquisita. Algunos no supieron salir sanos de la exposición y dejaron medio hígado en la barra. El placer exige un peaje alto siempre. Sin embargo, puestos a elegir un lugar en donde leer, prescindiendo de la sala de espera del ambulatorio, declinando la continuidad de los parques, aceptando que los bares no siempre ofrecen un clima óptimo de inmersión textual, me quedo con las bibliotecas. Saber que a tus espaldas, alojados en baldas, a salvo del rigor del tiempo y de las miserias de la realidad, respira Bartleby, reposa en su catre Samsa, recuerda el mundo Funés o se muere de amor impuro Humbert Humbert, me hace sentirme inmensamente feliz. Amo las bibliotecas. Conozco solo un par de sitio que se asemejen al paraíso que compitan con la biblioteca en ese ránking fabuloso. En alguna de ellas he comprendido asuntos que afuera se me escapan siempre.



26.11.12

Un hilo

Hay lugares en donde uno no ha estado jamás y de los que nunca ha salido, personas que no conoce y sin las que no podría vivir. Incluso libros que no ha leído, pero a los que confía la restitución de la más alta de las satisfacciones. Uno vive conforme a muy pocas cosas y muchas de esas cosas, vistas en detalle, podrían suprimirse sin que nada relevante acabara perdiéndose. Solo es nuestro lo que perdimos. Siempre queremos saber cómo continúa la historia. No nos satisface la trama servida. Todo es provisional. Nada es duradero. Tengo sueño. Me caigo de sueño. Escribo sin hilar y sale pespuntes torcidos. La noche es un refugio. El sueño es una bendición.

24.11.12

Todo a lo que me entrego se hace rico...



A la vejez, a poco de morir, Johnny Cash grabó algunas piezas de bandas como Depeche Mode (Personal Jesus) o Nine Inch Nails (Hurt). Querían ser una evidencia testamentaria de que el viejo trovador, el que puso el folk en la calle, en las cárceles y en las radio fórmulas, era sensible a los trovadores modernos. No sé si alguna de las canciones que recogían la parte cuarta de su American Recordings, The man comes around, ganan o pierden cuando las interpreta Cash, pero duelen más que las originales. Hay en Johnny Cash un poso de dolor audible en el arrastrado casi gutural de su manera de cantar. En esos últimos años, en los discos que hizo, apenas cantaba. Lo que se escucha es una especie de parlamento con algunas leves inflexiones de voz, un cántico minimalista, un paseo por la periferia. Está la destrucción, está el amor traicionado, está la muerte. Cuando Cash canta, están esas cosas y están de un modo asequible al más insensible de los oídos. No importa que uno entienda lo que dice, que ignore el poema que recita: a lo que se aferra el asombro es a la rendición de un espíritu, a ese volcado majestuoso de penalidades que provienen de lo más profundo de su devastada alma. Pocas personas sufireron lo que este tipo de aspecto pendenciero, serio como un pedrada en la nuca, que bajó al infierno para regresar y contarlo. Nos ahorró un viaje. Le debemos mucho. En lo que a mí respecta, junto con Van Morrison, Bob Dylan, Neil Young y, en menor medida, Nick Cave, Johnny Cash es un superviviente, uno trágico y lírico, uno demoníaco y perfecto. Francisco Machuca, mi amigo Paco, me contó (de alguna forma me lo contó) que Cash no necesitó vender su alma en un cruce de caminos, que fue el diablo el que fue a su busca y allí estaba el tipo, esperándolo, dispuesto a invitarle a una copa. Álex, mi amigo Álex, sostiene que es un animal enjaulado que ignora el motivo de su encierro. La vida es una jaula. No sabemos nada de lo que nos aguarda. Quizá dolor y belleza, el dolor y la belleza matrimoniados en un combo sublime, paladeable. Me voy a dormir esta noche escuchando el quejido de este artista más grande que Elvis y más roto que Dylan. Me va a llevar de viaje y me a dejar después en paz conmigo mismo y con el mundo. Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, dejó escrito Rilke, el poeta. Cash, el pobre, el gran pobre. Oyendo la versión que hace del In my life, el inmortal tema de los Beatles, te dan ganas de morirte, de llorar. Primero te mueres, y luego lloras.

23.11.12

Belenismo, fe y buenas costumbres




Para alguien de escaso o nulo afecto por la logística del portal del Belén, las declaraciones del Santo Padre de Roma acerca de la inclusión de animales en la iconografía del nacimiento del Niño Jesús entretienen más que otra cosa, pero tengo a mano quienes, siendo creyentes, se lo toman también como una manifestación irrelevante. Imagino que el propio Papa, pensando a fondo en lo que acaba de revelar a las hordas de fieles y de infieles, razona también que esta variación en el cásting no mermará el interés por la trama. A lo que no se le puede restar importancia es al hecho mismo de que el custodio de la silla de Pedro haya movido las piezas justas para que la maquinaria de esa trama siga ejerciendo su influjo y mueva, entre desahucios y goles de Messi, la tinta de los rotativos y los links de la web. A la Iglesia le conviene este zarandeo eventual de dogmas. Hablen de mí, aunque sea mal, ya me entienden. A Ratzinger, un zorro viejo, más de lo uno incluso que de lo otro, se le encomienda también la propaganda. Martínez Camino, el portavoz de la Conferencia Epìscopal, se ha cuidado de animar al pueblo a que concilie las palabras del Papa con su propia vivencia belenística. No queriendo yo meterme en honduras de fe, entiendo las honduras del comercio. No solo el hecho de que se discuta la naturaleza humana de lo más acendradamente divino sino también la habilísima estrategia mediática que consiste en extraer los trozos controvertidos y airearlos a modo de reclamo. En el cine se acude al tráiler. Algunos son tan horrorosos que disuaden al espectador. Otros lo engolosinan. Todos evitan de modo u otro revelar algo precioso que, sabido, desbarataría el argumento. No sé yo si a estas alturas queda algo por saber o por desmentir o por explicar a la luz de estos tiempos. Hace bien poco fue el mismo Ratzinger el que dijo que el purgatorio no existe como espacio físico. En esa línea de pensamiento, borremos también el cielo. Como espacio físico, digo. En ese plan deconstructivo, no hay entonces problema en negarle casa al infierno. Todo este corpus teórico ancestral se está redefiniendo con este pontífice. No sabemos a qué tesoro de la teología acudirá en el próximo libro que publique. Ninguna de esas revelaciones corromperá la fe del buen creyente. Los que no poseemos inclinación religiosa alguno no se nos puede corromper nada. Tal vez eso sea una pérdida. Tener las ideas claras, en un sentido o en otro, en la creencia de unos preceptos o en su ausencia absoluta, no debe ser bueno del todo. Por eso de vez en cuando es bueno hacer mudanza de costumbres: un buey de menos, una Supernova allá en lo alto, un limbo espiritual... Sí ya a lo dice con sabiduría doméstica Rafael Roldán, hombre de creencias hondas donde los haya, no os quepa duda: Racionalizar las creencias y las tradiciones llevan a plantearse la totalidad del supuesto. Es un error hacer un estudio historiográfico de la tradición cristiana y quedarse al margen de lo puramente biológico para defender un dogma

Qué manera más divertida de empezar las Navidades. Prefiero esta suculenta puesta en escena a la rendición municipal de alumbrado y la invasión insoportable de anuncios de colonias y de turrón. Soy de los que disfrutan de la Navidad a su modo. Lo que pierdo en sentido cristiano lo gana mi espíritu por otras vías. Y en esta mixtura de civlizaciones, en este big bang financiero, resurge el chino, el comercio todo a cien o todo a euro, no sé. Uno que me pilla cerca, grande como el Bernabéu, tiene unos cuantos pasillos abarrotaditos de figuras, árboles, estrellas, perdón, supernovas, y todo la infraestructura que ustedes pueden entender.  A mi buen amigo Rafael Padillo le ha importado muy poco esta desanimalización del portal. Él, belenista activo, sabio en lo suyo, va a continuar en el esmero de su representación del Nacimiento de Jesús. Y hasta entra en lo posible que celebre lo bien que le va a salir el montaje con una copita de Altamirano con un rosco de vino de Rute...

21.11.12

Azcona

 
Aquí están los pobres dignísimos en el invierno tirando a severo en donde la tos matrimonia su rancia sinfonía con el ruido del frío. La radio da el serial con partes de hambre y hay un alarde de hormigas en el sendero del aire. El crucifijo y el retrato en óvalo gris del marido a veces crápula, pero siempre cumplidor, que murió en el frente (en alguno tendría que ser) contemplan la franela otra vez bellísima de la cópula de la mujer pobre y el ocasional vecino que ha venido a resguardarse de Franco. 
Estas historias nos la enseñó Rafael Azcona, pero siempre puede uno tirar de árbol genealógico y consultar a los próceres más antiguos sobre la veracidad del cuento. Hoy me he acordado del gran Azcona. El caos reinante le daría para cuatro o cinco historias buenas todavía.

20.11.12

Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta

1


I
Ayer entero fue un día farragoso. Los lunes suelen perdonar poco nuestras flaquezas. Ayer fui de Waits. Llevé la coz de su garganta en el corazón como un tatuaje. Me monté un recopilatorio personal en el iPod y lo usé a discreción durante los ratos desocupados del día. Por la noche busqué el sueño mecido por una tonelada de bisagras que abren puertas oscuras que acceden a un mundo turbio, pero lleno de afectos. Tom Waits es un tipo que gana conforme uno va conociendo el patrón de su música. Gana porque es honrado como pocos. Sí, es cierto, que últimamente ha bajado el listón canalla, pero se le perdona, aunque solo sea por todo lo que nos ha regalado durante los últimos cuarenta años. Es un perro viejo, Waits. Lo es por fuera y sobre todo por dentro. Los perros viejos ladran hacia adentro. Por eso el amigo Tom tiene la voz que tiene. Porque ha estado toda la vida ladrando hacia adentro y se le ha torcido la inflexión a medio camino entre el corazón y sus asuntos, como decía Machado. Los suyos son los evidentes. Furcias, ginebra, nicotina, mesas de billar, pianos al fondo del bar, asuntos de la mayor trascendencia para quien respira a bocados.

II
Hace poco más de un año escribí a la Waits, es decir, sacando de mí el Waits que llevo dentro. en Barra Libre, un espacio de encuentro bloguero momentáneamente cerrado. No hay nadie que no lleve uno si ha comulgado con la trampa sonora de este mercader lúcido, si ha sentido la punzada en el pecho, el roto en el alma. De Waits uno extrae punzadas, rotos, fracturas, quebrantos. Sale uno feliz, pero malparado; no existe limpieza en la exposición. Es de los pocos músicos que cambian a quien lo escucha. No de un modo armónico, no acudiendo a lo melódico, sino en lo biográfico, en el sustrato anímico de cada uno. Repongo ahora el texto de entonces, releído, reformulado, borrando cosas, añadiendo otras. Los textos no acaban nunca: están siempre disponibles para reconsiderar qué dijeron a la luz del ahora.




Hasta que las estrellas revienten en el cielo de Beverly Hills 

 

Arde mi alma, se pudre mi boca
Soy Tom Waits y ya no soy un hijo de puta. No me pregunten cuánto vale un gramo de coca. Pregunten otra cosa. Por mi mujer o por los concursos de la televisión. Por el colegio al que van mis hijos. No leo libros ni periódicos. Me da lo mismo si ganan los demócratas o los republicanos. Obama es negro, de acuerdo. A mí me ha dado vida la oscuridad que toda la luz de los cielos. B.B. King sigue de gira a sus 85 tacos, pero John Holmes se fue al infierno con la polla ardiendo y sin un céntimo debajo del colchón. Yo no quiero terminar como John Holmes. Por eso mi mujer me ha contado un cuento para las noches de invierno en el que Tom Waits sale del pozo y pasea las calles de la ciudad como un ciudadano corriente. Un cuento lindo para las frías noches de invierno. Haría lo que sea por redimirme. De hecho ensayo salmos cada noche. Rezo al cielo infinito y me hinco de rodillas, cerrado el corazón, callada la boca, pensando en mis adentros la salmodia que me exhima del tabernario relato de mis pecados. Fueron muchos y todos se conjuraron para que mis canciones describieran el estado putrefacto de mi alma. Me empujaron: me dijeron que yo era el diablo y me lo creí. Solo era un hijo de puta, pero ya no lo soy. Ahora pago los impuestos con una sonrisa y leo el horóscopo con un café mientras en televisión Johnny Cash canta una pieza de cuando era otro hijo de puta. Lo miro de reojo, me pregunto cómo sería la vida sin todos los discos de Cash. Cómo se puede vivir sin ser Tom Waits, y me gusta la cara de animal que me enseña el espejo. Creo que necesito un tiempo para encontrar mi sendero.

Un tren descarrila en mi cabeza
Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniels. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un te aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Dejé los de Johnny Cash, el viejo Cash, para los días oscuros. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi manager me pide sangre, pero yo sólo sé darle algodón. Sólo me sale un canto de bonanza. No soy capaz de entonar las melodías de perro de antaño. No ladro como sé ladrar. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, alimentados con hamburguesas del McDonald's. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. El hombre domesticado. El marido a la mesa camilla, pendiente del dow jones y de las huelgas en el metro.

Kentucky como una botella
Soy Tom Waits y ya no sangro cuando canto. A mi voz le ha crecido un cáncer y soy incapaz de disimular la enfermedad en un escenario, pero sabrán disculparme si no regreso al activismo de antaño. No esperen perros en la lluvia, hagan el favor de concederme la posibilidad de perderme. Yo no me siento con fuerza para escribir mi biografía. A veces se me escapa un aullido. Cosas del lobo que no ha dejado de romperme por dentro. En todo caso queda una brizna del salvaje que fui. Si me miran en detalle, si observan el mapa de mi rostro, advertirán la erosión, el roto que los excesos han dejado en los ojos. El santo bebedor es ahora un sencillo funcionario. Gano la paga como la gana usted. Me levanto temprano. Oficio el rito preciso para aparentar la normalidad que anhelo, pero basta con prestar la suficiente atención para percibir la metástasis. Soy un zombi. El cuerpo está muerto, pero la cabeza sigue ordenando el mundo. Soy una especie de dios rudimentario y caprichoso que ha encontrado un placer sublime en corregir los errores del plan y en cuidar de que no se reproduzcan de nuevo. Kathleen, mi venerada esposa, me ha librado del veneno. Me ha dicho: o el veneno o yo. Y a esta altura de la travesía, bebida media Kentucky, libradas todas las batallas con las que el hombre se cree divino, ungido por un don, Kathleen es el sol y también las estrellas.

 La melodía es como el humo
Soy Tom Waits y la melodía es como el humo. El ritmo, ya lo saben, son las toses. Ya no importa que cante con el culo y recite a diario el evangelio de mi salvación. Fui un borracho rentable y ahora soy un crooner de mis recuerdos. Si quieren les canto My funny Valentine o Summertime como si no hubiese hecho otra cosa en la vida. Ladro lo justo, lo siento. Me sale la voz de perro, pero me duele lo que dice. Si quieren volver al ogro, saquen sus discos, inviten a los amigos, díganles que fui un dios salvaje. Fui un dios con un alambique de whisky en la mesita de noche. El dios ebrio con su don preciso. Chet Baker sin trompeta. John Holmes con menos hombría.

El bastardo
Soy Tom Waits, el bastardo, el huérfano, el loco, el limpio ejemplar de una especie en vías de extinción, el que no se vendió a Dios, pero miró a los ojos al diablo y encontró refugio en el mal, en la belleza que el mal siempre alienta. Siento que no me hayan sabido comprender. De verdad que siempre intenté ser yo mismo. Lo fui cuando me senté en un cabaret y entoné un blues fúnebre. En el fondo no he hecho otra cosa en mi puta vida. Cantar un blues. En la intimidad, a salvo de las cámaras, de la mtv y del billboard, lo repito en ocasiones a mi amada Kathleen. Le digo que se acomode y lo hace con un desperpajo que me intimida. Luego busco una canción antigua. Y le ladro. ¿Eras perro o lobo esta vez?, me dice después de la reverencia protocolaria. Y la beso como un animal y miro las estrellas en el cielo de Beverly Hills y espero que revienten.

El infierno
El infierno son los otros. Yo estoy del lado de la luz. La he visto y he visto mi cara tatuada en su reflejo. Soy como un eco de las cosas que fui y me oigo en la distancia reclamando mi lugar y mi poltrona. Sé que no hay lugar en donde pueda refugiar mi alma recién estrenada. Está al alcance de los monstruos. La devastará la fiebre, se la comerá el vértigo, la despedazará el caos. Entonces quizá me plantee volver al escenario, a los tugurios. Tengo un silla alta delante de un micrófono en un club de barrio. Está ahí a la espera de que me acomode, recule la voz, me enjuague las consonantes difíciles y entone mis canciones antiguas. Tengo una para cada estado de ánimo. Yo soy Tom Waits y de verdad que ya no quiero ser un hijo de la gran puta. Ahora me duermo nada más acostarme. Ahora leo al Gran Walt Whitman en el sofá mientras en la televisión programan Los Simpsons. Salgo de diablo. Me como a una quinceañera de caderas rumbosas. Qué tiempos. No crean que estoy vencido del todo.

18.11.12

Todas las banderas se fabrican en China




 I
Tras varios siglos de nigromancias y conjuras, invasiones e incestos, fanatismo y miserias, tenemos ya un país de una edad razonable como para saber por dónde debe andar su camino. Tenemos ya en España una heredad incombustible de moros y cristianos, de ricos y pobres, de gente de izquierda y gente de derecha, de píos y blasfemos, que viene a acentuar esa idea antigua de que la discordia, en ocasiones, une más que separa, de que de la crispación puede nacer algo relevante. La Historia de España se escribe a golpe de gresca, pero tampoco la Historia ajena se salva del lenguaje de los palos. A estas alturas del metraje, no hemos aprendido mucho, a pesar de que España se ha beneficiado del concurso de variadas civilizaciones que han ido modelando el turbio paisaje doméstico. Pues ahora la casa se desmembra, se abre: se cimbra por los costados. Terminará por derrumbrarse por el Atlántico que es ancho y proceloso y consiente declives de imperios. La reventarán a puñetazos por mor de un viejo y, en voz de muchos, legítimo derecho: que cada uno haga de su capa un sayo, que cada uno se beneficie de la prosperidad del vecino, pero sin renunciar, bajo ninguna circunstancia, a la intimidad de la casa propia. Vascos, catalanes, gallegos, pues estos son los nombres de algunas de las tribus, se arraciman en sus reivindicaciones: se congratulan de su pensamiento parecido: se postulan para ir por Europa levantando cabeza nacionalista, y se engolosinan de banderas cuando Europa les abre, ignorante, los brazos, no sabiendo que la herida puede venirles grande y ver, en tribuna, su propio desangramiento.



 II
Ahora que se estila la casa común es cuando algunos desean abrir fonda propia. No saben lo que dejó dibujado El Roto hace un tiempo en su ventana de El País: que todas las banderas las fabrican en Hong Kong o en la China interior. Olvidan (porque les conviene a veces el olvido) que aquí cabemos todos o no cabe ni Dios, como cantaba en los primeros ochenta Víctor Manuel. Todos este aire levantisco de países dentro de países, de habitaciones alquiladas que quieren hipóteca propia, viene de muchos vientos y todavía no ha habido, por más que muchos dediquen esfuerzo y talento a cerrar el boquete, nadie que dé con el inventario de compensaciones que sofoquen tanto levantamiento interno. No sé yo si esta insufrible (por insistente, por vacía de contenido para el espectador ajeno) campaña soberanista catalana va a llegar a la cima de que el Rajoy de ahora o los Rajoys siguientes les den carta blanca y aireen por el mundo la catalanidad por la que abogan. Sé que en el mientras tanto este servidor va a terminar aprendiendo catalán en los almuerzos en casa, mirando los informativos, escuchando a Mas y a los que se le oponen. Me da lo mismo (en el fondo) lo que pase, pero me está pasando factura fonética el catalán como idioma. El enturbiado país de los desahucios en el que vivimos, comido de tantas urgencias, contaminado por tantas pandemias económicas y culturales, no necesita este capítulo de la Historia, que tendrá que llegar, quién lo duda, pero quizá no sea éste el momento en que se deba abrir el debate. Hace falta algo de lo que España ahora adolece enormemente: cohesión. Que en los mercados internacionales, en los foros políticos y en las altas instancias de la Unión Europea se advierta que nadie dentro de esta barca que se hunde rema hacia atrás o coge un hacha y se dedica graciosamente a abrir boquetes en el fondo.

14.11.12

Hank ha vuelto


 
 "Conozco a muchos escritores estadounidenses que matarían por estar aquí. A mí me da lo mismo”.
[Bukowski en Apostrophes, tertulia literaria televisiva del crítico Bernard Pivot]


1978. Charles puso una condición: “Volveré a Europa si me dais dos botellas de buen vino francés mientras espero salir en antena”. Se las pimpló junto a Linda (su segundo matrimonio, la mujer que le acompañó hasta su muerte) en el estudio de Bernard Pivot, crítico literario con un programa que hoy, una tarde lluviosa de octubre, trataría sobre escritura y marginalidad. Junto a Charles, invitado de honor, habría una escritora de largas ojeras, un escritor de mostacho curvo y el loquero que trató al poeta surrealista Artaud con electroshock. Bukowski aguantó estoico el maquillaje, las luces blancas y un pinganillo en la oreja. Salió al plató mamado. Vaciló a Pivot. Y como vio que el moderador pasaba, comenzó a mascullar y a cortar la corrección de sus compañeros. “Súbete la falda y te diré si eres una buena escritora o no”, le dijo a la mujer. “¡Cállate!”, le espetó Pivot. A lo que Bukowski se arrancó el auricular, acabó la botella a morro y se piró a grandes zancadas. En la puerta del programa se armó el jaleo. Terminó agarrando a un guardia. Amenazó a todos con un cuchillo: “¡Dejadme salir de este jodido sitio!”.

(Rolling Stone)



Heredó cuartuchos baratos, cucarachas tristes. Su amigo Jed nunca jugó en Nôtre Dame y acodó un resto de cordura a una barra de bar. Wagner bebía licor de malta de Tailandia y Rockefeller fumaba colillas sin apurar frente a un retrato del abuelo, que murió en Normandía. Siempre le dolieron los años, las horas, los minutos y los bocadillos de embutido de hígado entretenían las tardes en unamesa de tugurio con dos fulanas contando monedas. Dios se paseaba por su cuerpo y le tatuaba frases hermosas con forma de corazón. Dios y Hank compartían cosas verdaderamente hermosas. A Dios el mundo le salió mal y a Hank le parecía formidable esa imperfección. Esperó la muerte como todo el mundo, y tal vez la mereció antes. Sus poemas no eran exquisitos ni engolosinaban a las críticos trajeados de los suplementos culturales de los domingos. La verdad absoluta no existe. Ni la poesía absoluta. Está la cerveza, el bourbon y el sexo. Como en un blues de John Lee Hooker al que le hemos robado un término. Noches infestadas de ratas: el infierno junto a una máquina de escribir. El whisky en la guantera del Buick. Hipódromos reventados de sonrisas de tahúr. Putas con pezones como dedales. A la resaca no le salen bien las conjugaciones y la prosa desbarra. Alguien se descerraja un tiro en la boca delante de la madre de Hank. Ha pedido que retiren al muerto.Salvo el vals número dos, el que extrajo Kubrick del olvido y lo colocó en el centro del cosmos, Shostakovich hace una música muy triste, Hank se acerca a Brahms con respeto, pero termina tuteándolo. Todos tenemos una canción en el corazón, pero la tuya es muy larga, le suelta. Mis novelas son erecciones imposibles, no creas. Anoche cayó un cuento del maestro de lo sucio en mis manos. Hacía tiempo que no sabía de él. Ha vuelto, pero nunca se ha ido. He ido esta semana de Lovecraft a Bukowski, metiendo de por medio unas cuantas crónicas de desahucios y un par de marcas en el bar en donde desayuno. Me he encontrado un disco de Prokofiev y he buscado uno de Stephane Grappelli sin éxito. El spotify te garantiza cierta salud melómano, pero ahora solo es un cielo de diez horas al mes. Primero te regalan la derecha del padre y luego te la van quitando sin que se note. Es el método tradicional: te fidelizan por la calidad del producto. La vida es un producto perfecto a pesar de algunos que se obstinan en enfangarla. No sé si Hank iría mañana a la huelga. Tendría un millón de razones para ir, pero tampoco tendría un trabajo remunerado, cotizable, que le permita expresarse en término de huelga. De mí, de mi posición en la huelga, no hablo en el blog. Decidí hace un tiempo no manifestarme en términos políticos. Debería incluso no manifestarme en ningún término. Uno no sabe nunca para qué sirve esta rendición de vicios y si mezclar un Buick y una sinfonía de Prokofiev, un libro de Bukowski y un página al azar del periódico de hoy dará un texto que me contente al menos a mí, al que escribe poco antes de cerrar el martes. Lo cierro con un moderado entusiasmo. Mañana abriré el miércoles con Prokofiev. Porque llevo un par de días prokofiado y siento que me va a costarme salirme de las masas orquestales y de la nube sinfónica. Se está bien a veces dentro de un cuento de Hank. Bien recordando lo estupendo que era leerlos en los días de instrucción castrense, en mitad de la nada, rodeado de gente absurdo, absurdo uno, en el fondo, metido hasta el cuello en las bondades del alcohol. Ah el tiempo, el inefable, cómo nos agotas.

13.11.12

El veneno de las letras

Me ha pedido el médico que deje de escribir. Que me limite, en todo caso, si no obedezco, a postales o alguna carta de condolencia. Leer tampoco conviene a su salud. Hay novelas que te aturden, historias que incomodan el sentido común de las cosas y te impiden razonar qué está bien y qué mal. En opinión de mi sabio y responsable galeno, Kafka da migraña, Pessoa pesa como una plancha de acero en el pecho y Baudelaire fomenta el recelo hacia el género humano. Le pedí que me permitiera veinte minutos al día de Cortázar, pero desaconsejó esa inclinación libresca y me refirió cómo otro paciente suyo enfermó más gravemente que yo al perderse entre cronopios, famas y paseos con La Maga por el viejo París

Leer, me dijo, nunca hizo bien a nadie, salvo a quienes lo hacen y creen, absurdamente, no padecer enfermedad alguna. Te juro que la padecen, Cristobal. Yo mismo he metido en cajas todos las revistas del Reader’s Digest y hasta los suplementos dominicales de prensa que tanto me gustaba hojear están en el trastero de la casa. Ahí he puesto los libros de Farmacología y los vademécums del oficio. Nada que pueda distraerme se ha quedado en casa. Y si no lo he quemado todo es porque a algunos de esos libros les guardo sincero cariño y me cuesta deshacerme de ellos. Leerlos, por supuesto, no entra en mis planes. Tampoco debería entrar en los tuyos
El problema es que no hay suficiente cantidad de cajas para embalar la biblioteca. Tampoco trastero lo bastante grande como para guardarla. Así que he mandado venir al cerrajero y ha puesto una cerradura buenísima en la biblioteca. El juego de llaves lo he guardado en un cajón y he pedido al azar, que suele ser generoso en ocasiones, que no me haga abrirlo desprevenidamente, como sin propósito, y toparme con ellas. Prefiero vivir sin libros unos años, a ver si el mal remite. En todo caso, en el futuro, cuando hayan prescrito mis dolencias y el médico haya confirmado mi mejoría, buscaré con ahinco las puñeteras llaves, abriré la esplendorosa biblioteca y me tiraré el resto de mi vida entre los libros, sin importarme el mundo ancho y ajeno de afuera, hocicando mi aburrimiento en Pavese, sin suicidarme, babeando con Borges, sintiendo la belleza inmarcesible de la poesía de Milton y, de postre, perdiéndome en un puñado de folios en blanco en los que pueda verter la angustia amasada en el destierro. Si nada de eso me complace y los años de exilio me han borrado todo amor por la literatura no dudo que buscaré en la guía el domicilio del médico y yo mismo me encargaré de reventarle el corazón con mis manos. Por inculto. Por facha. Porque me dará la gana.
.
Fuengirola, Julio de 2002 / Lucena,  Noviembre de 2012

11.11.12

Las ficciones necesarias

Por lo general, salvo alguna noble excepción, no suelo dejarme entusiasmar por las opiniones de los personajes públicos, pero si caigo en el entusiasmo, si de verdad hocico en lo que cuentan, entonces las hago mías y las defiendo con absoluta firmeza. Lo mismo podría hacer de las opiniones del panadero de mi calle en el hipotético caso de que sean las suyas las que prendan. Prefiero, las más de las veces, ignorar la persona y centrarme en lo que dice. Obvio al desagradable Cristiano Ronaldo de las ruedas de prensa y de los gestos airados y me quedo con el futbolista completo, con el profesional que marca los goles del equipo que le paga. No me gusta, en ese hilo de las cosas, el Borges que no escribe y me fascina el otro, el que hace las ficciones y construye laberintos. Hay personajes públicos en las artes o en la política que uno intuye odiosos y que respeta por el trabajo que hacen. Van Morrison y Miles Davis, el uno vivo y el otro no, no son individuos de trato alegre, gente sencilla, en fin, todo eso. Tampoco creo que haga falta. Las biografías me parecieron siempre literatura tan arrimadas a la realidad, de tan escaso afecto a la invención, es decir, a su primordial ingrediente, que no me llenan. Prefiero la realidad impostada de un bloguero al que no conozco que la realidad impuesta de un escritor al que admiro. Suele pasar incluso que me fatiga ese saber que no pido, ese acudir a la casa y husmear los dormitorios, saberme autorizado a abrir los cajones y mover las prendas íntimas buscando, más que objetos previsibles, alguno sorprendente, relevante, útil para fantasear con la posibilidad de entender mejor los libros de su dueño, la escritura que vierte. Nunca he sido fácilmente impresionable. Bien quisiera lo contrario. Abrir de cuajo la boca y permitir que la información recién adquirida modifique la información antigua, la de las historias urdidas por un señor del que no conozco absolutamente nada, excepto tal vez una cara, una adscripción a un movimiento literario o, a lo sumo, un contexto que me faculte para el disfrute completo de su obra. Las obsesiones de los escritores son parecidas a las de los lectores. El que lee, de un modo absolutamente mágico, es también un escritor. Uno inmóvil. El que nota el peso de las palabras en la cabeza. El que se siente conmovido o angustiado o violentado por el peso de las historias. Hay historias que no precisan un nombre detrás, una autoría. Esa literatura invisible es la que últimamente me interesa más. Tal vez en eso radique mi creciente interés por buscar blogs en la red y emboscarme en lo que otros como yo avanzan sobre lo que sienten. Yo mismo, influenciado por esta repentina inclinación casi arqueológica, he pensado de repente en cambiar el tono del blog. Hacer una especie de diario muy falso, muy verdadero, muy personal. Lo mentido, lo real y lo que resulta de mezclar esas dos texturas de la invención pueden producir textos interesantes. Iré viendo si alguno mío, una vez releído, me parece asunto volcado por otro. Como si no me perteneciera. Es más: ojalá consiga que todo esto que a diario entrego sea, en el fondo, un material ajeno. Una mentira dirigida. Por otra parte me cansa este hablar de mí continuamente. Cierto que no poseo a nadie más cerca ni del que tenga un conocimiento más exacto, pero esto, llevado a un extremo, no debe ser bueno. Perdonen si molesto.

10.11.12

Once historias del frío / Revisadas, ampliadas


1 The Tolstoi Experience
En la literatura rusa de los trenes que descarrilan en el invierno y las penurias de los escritores jóvenes a los que hieren el amor y los naipes es en donde hace frío de verdad. Uno coge al azar uno de esos libros maravillosos, tachonados de las ricas peripecias que sufre el alma, y se le hielan las manos. Con solo leer el título se aprecia el frío escalando la espalda como una lagartija salvaje, la noche tutelando una intriga a lo Pasternak.

2 Fellowship
Igual que los ríos van a parar a la mar que es el morir, el frío carece de trayectoria, el frío prescinde del volumen. El frío es un invento de los poetas románticos o un capricho de algún dios caprichoso y rudimentario, confinado a su retiro maximalista, impartiendo su cátedra homicida, su cuchillo de palabra. El frío es un recurso literario.

3 Una república de lobos
El frío sucede siempre en el interior. Existe porque desciendo a mi adentro y me encuentro solo. El frío es una república de lobos. Mi palabra es una bandera sin público. Soy un espectador de mi propio delirio.

4 El poeta siberiano
Cae la tarde sobre Lucena y pienso en Napoleón invadiendo la estepa rusa. Sumergí mi corazón en una solución poética y vi escorpiones de luz abrirse paso a través de la sangre. Es la hora más extraña del día. Cae la tarde con el pasmo de los hipopótamos cuando se sienten solos en el mundo y buscan la sombra para soñar una eternidad de barro lúcido y de sol como espuma. El frío hace que me sienta hospitalario con mi rareza. Soy un criatura del frío. Me acomodo en su lengua de fiebre y busco en la memoria las palabras que me consuelen. En todo caso, soy de los que encuentran en el frío endecasílabos escondidos, tramas tapadas por otras tramas, una especie de palimpsesto térmico.

5 Moby yo
Siento ásperas las manos y un arpón me ocupa el pecho. Tengo fiebre y me duele el frío que ahora mismo está galopando el mundo. Dejadme contemplar el mar antes de que termine la novela.


6 Metafísica

Es posible que Dios, allá en su unidad indivisible y enciclopédica, hiciera el frío en un mal día. No hay razón que lo explique. No tenemos quien venga y nos lo razone con palabras justas y con argumentos serenos. El frío es una de esas cosas que Dios pudo habernos ahorrado. En lugar del frío, Dios pudo haber pensando en estaciones eternamente disfrutables, en el edén en el que algunos sitúan el idilio del hombre consigo mismo y con sus mitos. Pero Dios no ha estado al raso porque en su naturaleza no existe la conmoción molecular ni la sed yendo y viniendo por la boca. De Dios sabemos estas cosas y hay más de lo que sabemos absolutamente nada. El frío fue un mal día, un accidente en su bosquejo del mundo, un sincero atropello al confort de sus criaturas en la bendita tierra. Salgamos hoy a la calle, miremos al infinito azul del cielo y hablemos a Dios con desparpajo: teniendo tanto tiempo, cómo pudiste hacer las cosas tan rápido. Pero es bueno saber que no habrá respuesta. Y es mejor que no la haya. Se empozoña la fe si se observa en detalle su condición de magia.
No hay dios ni reino de los cielos sin el frío en el fondo del alma como un cuchillo.


7 Los guardines y el frío

Velar porque el frío persista. Saber del frío y de la música con la que contribuye al orden del cosmos. El cielo se desploma con dulzura de parto. El lobo no sabe que es lobo. La luna que es luna. Pero el frío se obstina en ser frío y se reproduce con impredecible fiereza por las avenidas de la noche. Se gusta en su papel estelar de dios invisible. Los diioses subalternos como la lluvia o el frío penetrando el hueso del hombre. Invadiendo la parte dura del hombre blando que sigue en pie, asombrado, feligrés de su ignorancia.



8 CSKA de Moscú

El frío es Marcelo atropellando a zancadas la banda izquierda de un estadio ruso en un miércoles de champions league de hace un par de años. Mi hijo, embutido en su batín de casa, arrebujadito en el sillón de orejas, comido de padre y de brasero, me lo dijo sin titubeos: cómo pueden corrar sin que se les paren las piernas.



9 The Mahler Experience

Adoro el frío victoriano. Su planta alta de anaqueles invadidos de tragedias griegas y de retórica frívola. Su fuego degollando el aire. Su whisky de malta historiado en la mano izquierda mientras la derecha acaricia el pelo dócil de un golden retriever. Afuera la vida es un enigma insoportable y yo desmadejo alejandrinos mientras la filarmónica de berlin ataca el cuarto movimiento de la sinfonía número cinco en do sostenido de Gustav Mahler. 



10 Un libro en una estación de tren
He sido feliz en una estación de tren con un libro en la mano. Los libros, en las estaciones de tren, leídos con un ojo en el andén y otro en el reloj son prodigios al modo en que no lo son en ningún otro lado. Quizá en la cama, en el limbo que precede al sueño. Los sueños son libros también. Nosotros somos la estación de tren. 


11  Hometown
Hay veces en que la ciudad es el frío que te proporciona, la sensación inestimable de ocupar un espacio entre los espacios, de saberse cómplice de una trama invisible en la que nadie conoce el autor y de la que el frío, de nocOhe, en las calles, volviendo a casa después de un día duro e infinito, es uno de los ingredientes capitales. Entonces acomodarse en la mesa camilla, arrebujar el cuerpo en el sillón favorito, abrir el libro y perderse en las afueras. 

9.11.12

Evergreen

Hay vidas improbables que le tocan a uno en suerte.
O es una sola vida y su vértigo la multiplica.
Duele siempre su conclusión, la noticia del cese,
la evidencia notarial del acta que rigurosamente consigna
la ebriedad de los días, ese dulzor en los labios
que nos escolta, ufanos y líricos, al sueño.

7.11.12

Pequeño poema a lo Tom Waits

night club de comarcal
once de la noche
se oye fango
turbia precisión de hombres oscuros
que se resguardan del frío
frente a un bourbon aguado

hay días que caben en el fondo de un vaso

6.11.12

Compañero Kafka

            
Años entonces felices de sábados con trenka, doce canicas en el bolsillo y cromos adhesivos con la delantera del Atleti. Trajo más tarde la vida la turbia evidencia de su incierto propósito. Años de amores imposibles y el corazón siempre tan blando. Años mestizos de un rubor sucio en las palabras. Los días en su turbia versión de jaula consentida. Luego vino Kafka, tan solemne y severo, herrumbrando pétalos en el  jardín. Kafka, como un inmenso capitán de tristeza, invisible y puro, escribiendo el texto de todas mis más dulces jaquecas, Kafka, el gris, haciendo que la lluvia arreciase en los recuerdos, Kafka el de los cuentos sin sonrisa, convocando a su paso el infortunio y la melancolía, pero qué tardes adolescentes mirando a los ojos a Samsa, qué placer adulto en la secreta administración del dolor, qué dulce castigo entrar en la cabeza de Franz Kafka y comprender que está uno en casa.

5.11.12

Lo imposible / El telefilm más caro del mundo


Poseo la suficiente sensibilidad como para sentirme conmovido ante lo que ofrece Lo imposible. Entiendo que el dolor, plasmado en imágenes, es una mercancía grosera si no se cuida el formato y la textura en que van a ser ofrecidos. Creo con firmeza en la idoneidad del cine como vehículo para transmitir emociones, pero Bayona ha llevado ese estado idílico de las cosas a un extremo deplorable y ha facturado un espectáculo de un acabado fascinante sacrificando, sin el más mínimo pudor, la construcción honesta de los sentimientos. Filmar el dolor es más difícil que registrar en fotogramas una ola de veinte metros de altura comiéndose un centener de edificios. Bayona escribe un guión mínimo al que le presta una atención técnica máxima. Para rellenar los cien minutos de metraje nos vende unos personajes a los que no se puede conceder otra cosa que compasión y ternura, sobre los que uno se ve obligado a entablar una empatía forzada, inducida por la infamia narrativa de un autor que se regodea en la sentimentalidad fácil, en un amaño discursivo que toma por tontos a los espectadores y los entretiene con un soberbio tour de force recreativo, impecablemente orquestado por un equipo técnico sobresaliente
.
Otro asunto, y no precisamente menor, es el que apela al alma de las cosas, al sustrato íntimo de la materia sensible a la que a veces encomendamos el bendito acto de sentarnos en una butaca de un cine y dejar que nos cuenten una historia. Yo pido que me la cuenten bien. Puedo omitir la parafernalia infográfica, pero me sigue fascinando que haya una hondura  a la que debo acceder a tientas, un poco temeroso de perderme, otro tanto de llegar demasiado aprisa. A Bayona se le va la mano en la manipulación afectiva: comete el error de hacer una especie de pornografía moral que hurga en la condescendencia, en el barrido de toda posiblidad de investigación sensorial y a la que solo podemos halagar el hecho de que escamotee el lado gore de la historia y no se recree, como otras grandes superproducciones, en la rendición de las vísceras, en la exhibición impúdica de los cuerpos devastados por el rigor de la catástrofe. A su contra, se le puede imputar al director, que haga que su film prevalezca como un monumento maravilloso al cine como industria. Que haya decidido que domine lo puramente visual y que acepte sin chistar cierto rebaje cinéfilo a beneficio de caja. Nada que reprochar, en todo caso, en estos tiempos de zozobra financiera: vale que el público responda en masa como está haciendo, vale que Lo imposible sea, para bien o para mal, comidilla de tertulias, diana sobre la que verter (como yo ahora) reflexiones irrelevantes quizá. El cine subsiste precisamente por el cine malo. El bueno es otra cosa. El bueno no está en esta película.


4.11.12

Innisfree

después de todo ahí está siempre esa siniestra manía de hurgar en la memoria con objeto de rescatar algún remotísimo resto de cordura o de encanto personal o tal vez únicamente un aviso mínimo de filantropía, pero acaba uno preñado de mala leche y andar así como encabronado no conduce a nada bueno o el encanto es un complot entre la líbido y el dow jones que contradice las más elementales reglas de la diplomacia
los que acuden siempre son los vicios, apuntes bastardos de una vida tirando a crápula, un cierto abandono en las formas, noches en duermevela, blues sin complejos, todas esas sólidas buenas intenciones que al levantarnos abrazamos como maná metafísico y que luego devienen tristeza o algo que no puede ser nombrado con esa vaga fonética cómplice
a partir de aquí el día suministra su ración de atropellos
el autobús está lleno
las calles están llenas
el ascensor está lleno
el rapidshare se pone imposible
el megaupload lo acribillaron en un despacho del fbi
luego la mesa de la oficina, el cajón, windows xp presenta, la agenda metódica y el ruido sin dobleces del reloj muerto en la muñeca
se trata de ir vaciando la pereza en carpetas azules que van al armario de madera de pino de la habitación de la señora de la limpieza
o se trata de ir escuchando todas las noches un disco nuevo de jazz y acostarte con la sensación de que algo hermoso se ha registrado en la memoria
al final del día queda uno amorosamente rendido y se ocupa del tic tac del estómago, esa procesionaria del rhythm and blues onomatopéyico
un corazón al descubierto
un diario que se abre y cuenta los secretos
racimo opulento de uvas o la boca carnosa de la muchacha carmesí, la muchacha del pan, que en ratos libres lee a proust, lee a kavafis, lee a rimbaud, lee toda la carne ardiente de la belleza endecasílaba 
la muchacha mil novecientos ochenta y cinco a la que besaste en un bar y de la que no ya recuerdas nada salvo quizá la turgencia de los pechos en tus manos nuevas, la boca rompiéndose en la boca, el olor a tabaco en el paladar como una bendición 
apunta en una hoja de pedidos los versos más esplendorosos, la rima mayestática, los nombres más íntimos de las cosas
tuvo un novio que la dejó a los quince, pero ahora tiene un novio a los cuarenta que la espera en un coche de segunda mano, de tercera mala mano, para besarse después con melodías de europa fm
ella en el beso recordará pasajes de mann, pasajes de balzac, todos los pasajes líricos de la novela decimonónica, pero el novio sólo aspira a una noche de sílabas tónicas, una visión a ras de epidermis de la harina obrera
el tiempo no acaba en un abrazo
el tiempo no acaba en un abrazo
lo supo ana karenina
lo supo madame bovary
lo supieron todas las heroínas de la decadente opulencia de los palacios con alfombras y cortinas historiadas
lo dejo a riesgo de que se me olvide
la memoria es la que escribe, no yo
 

2.11.12

La sangre es un cántico

La sangre tutea a la muerte.
La sangre es un delirio en la noche nupcial.
La sangre es un purgatorio dulcísimo.
La sangre es donde el alma festeja sus incendios.
La sangre no tiene pudor.
La sangre no cree en Dios.
La sangre nunca es frívola.
La sangre alumbra milagros.
La sangre es una revelación absoluta.
La sangre es vasta y nocturna y da bríos al jinete en la cópula.
La sangre destila cánticos de luz, cifra el mundo, derrota a la tristeza.
La sangre tienta al azar en el centro mismo de la palabra.
La sangre es el numen de todas las cosas.
La sangre rescata la semilla de la semilla y asciende altivamente a lo sublime.
La sangre no se discute nunca.
La sangre no conoce patria ni se deja aprisionar en banderas.
La sangre reparte las causas y los azares.
La sangre embosca a la razón y la vence.
La sangre es el tahúr enamorado de su manga.
La sangre nos instruye en los vicios de vivir y luego nos destroza.
La sangre no sirve para que abreven los hombres ni para que galopen las bestias.
La sangre no tiene épica en sí misma, pero le inventamos excusas y le damos vuelos.
La sangre es simple.
La sangre zurce los rotos del alma.
La sangre invita al goce.
La sangre es una intriga.
La sangre es lasciva.
La sangre es el aliento primero del mundo y esconde en su cauce el secreto del universo.
La sangre abastece urgencias y sofoca pálpitos.
La sangre a dentelladas escarba la tierra y gobierna el mundo.
La sangre es el insomnio de la muerte.
La sangre desboca su fiebre antigua de oleaje perfecto.
La sangre antes que vértigo o incendio o fuga es un desmayo abundante y un gozo exacto.
La sangre escribe la herencia de la tierra.
La sangre iza la hombría y preña los espejos.
La sangre viene a recordar quién manda.
La sangre es putañera y bastarda.
La sangre es el texto visible del único libro posible.
La sangre es la herrumbre.
La sangre es el peso muerto de las horas.

El alma, el amor, el verbo

I/ El alma
Está el alma sencilla y está pura, la invade la armonía secreta del cosmos, la que jamás se busca y únicamente acude de furtivo, en un descuido, en un extravío. Construyo júbilo adentro. Está el alma en ardentía, robándole sílabas al tiempo, dando fuego al olvido.

II/ El amor
Visto lo suficientemente cerca, el amor es un desvarío, un acceso de fe en el dios pequeñito que el objeto amado lleva dentro. Descreer es cuestión de tiempo. Seguir creyendo, mantener el alma firme en la fe, es cosa de alucinados. El amor es el trabajo diario de quienes celebran la llegada de cada nuevo día. El amor es el texto del optimista. El sendero por donde mueren los que no están perdidos por dentro.

III/El verbo
Escribe uno porque quizá no sabe hacer otra cosa. Escribe porque casi nada satisface más que escribir. Soy Kurtz en el Mekong. Funes en su memoria. Cristo en el huerto. Humbert Humbert en un espiadero. Sam al piano.  El capitán Ahab registrando ballenas. Sancho Panza esquivando molinos. La teniente Ripley apartando aliens. Mi hermano norteño en Providence anoche. Dios en sus nubes. Dentro del yo que escribe hay más voces que afuera en donde a veces no hay nadie. Dentro de mí están las palabras y lo que hago es arrimarlas sin que se lastimen. Algunas, en ese vértigo, mueren.