8.6.11

La realidad y el deseo

Sigo pensando que es la ficción la que imita a la realidad. José Luis Borau contó una vez que los lujosos interiores que se ven en las películas de Hollywood no existían en verdad. Que los vistos miles de veces en las obras de Douglas Sirk o de Billy Wilder eran invención pura, conveniencia mobiliaria para recrear una trama, creación de un ser superior que dictaba la moda que luego ocupaba las casas señoriales y los suntuosos apartamentos de las grandes avenidas. Una vez cruzada la travesía de la ficción, los interioristas veían la luz de lo real, las casas de Sunset Boulevard, los caros apartamentos que rodean Central Park o que se elevan en las calles más distinguidas de Broadway. Y veían con disimulado asombro que todo aquel desparrame estético había sido ideado por ellos. Puesto en bandeja para que lo registraran, lo recrearan y lo convirtieran en otra cosa, Contrariamente a lo traído aquí, vi pocos días después en televisión un programa que documentaba la existencia de una señora cuya función en el engranaje de la maquinaria de un film consistía en localizar casas. Así que buscaba un salón que cumpliera tal o cual cometido, buscaba una cocina que respondiera a un criterio muy exacto. Un piso en Madrid, desde el que se veía toda la Gran Vía, había servido para una decena de películas. Le habían cambiado unos muebles, lo habían mudado de cortinas y convertido en otra cosa, probablemente, pero era el mismo piso. En esencia, la realidad y la ficción, en ocasiones, se emparejan, se matrimonian, adquieren ese grado de naturalidad aparente con el que a veces la propia vida se enreda con nuestros sueños y no sabemos nunca si vale la una o la otra, si es la realidad la que gobierna al deseo o bien al contrario.

El cine precede a la vida en muchos registros. El talento creativo (o el ingenio) mira a la ficción, la observa en plan entomológico, como rebañando píxels, y luego cae en la cuenta de la existencia tímida y tal vez un poco pacata y triste de la precaria y siempre desmontable realidad. O es al revés, vuelvo a insistir en el mismo brumoso asunto, y el autor se basta con esa observación de lo que le rodea (decimonónicamente) para garabatear el esqueleto de su historia. La literatura, transportable luego al lenguaje visual o reposada en letra o en discurso oral, es la que mueve el sol y las estrellas, a pesar de Dante y muy a pesar de la Conferencia Episcopal, que pondrá ese motor invisible en Dios o en la salvación eterna del alma. La letra, ah la letra. Y si está herida de honda inteligencia y de pálpito sensible, mejor. Esa letra, cabalgada de genio, es la que hace esta vida sobrellevable. Sigo pensando que si no fuesen por todos esos frívolos subidones de ficción, la vida sencillamente no sería soportable. Me satisface pensar que existen operarios que van buscando pisos por la Gran Vía para que Almodóvar filme una escena en la que una pareja se rompe o se ama o se abre el alma y declama toda la obra de Shakespeare en un minuto de inspiración. Me produce todavía una satisfacción que en modo alguna sé explicar la certidumbre de que la realidad está ahí afuera, a la espera de que la monte, la encabrite, la sodomice, la preñe, la insulte, la cape, la convierta en un escenario de mi trama. Yo soy, al cabo, mi propio operario.

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2 comentarios:

Ramón Besonías dijo...

Uno de esos registros, maese Emilio, en los que el cine precede a la vida es en la ciencia ficción. Muchas películas inspiran las utopías tecnológicas y sus gadgets. De Verne hasta Spielberg o Nolan, la ficción sueña el futuro.

Es cierto que es imposible crear una obra de la nada. No somos creadoes absolutos; siempre partimos de materiales de la memoria, retales del pasado y algún que otro parche que adornamos de novedad sin serlo. Pero cuando la obra acaba, cuando la película se proyecta sobre la pantalla, por mucho que allí estén retratados elementos pretéritos, en la obra maestra, en el arte audiovisual, todo se revela como nuevo, como un milagro. La obra se hermana con el pasado, pero aporta nueva sustancia a lo ya creado por otros.

Todo arte busca la ausencia, aquello que no está, pero se sabe recóndito, resistente, tímido. Heidegger dixit.

¿Qué tal ese inicio de verano en Córdoba? Aquí, en el reino Aftasí de Badajoz la caló no quiere arrancar del todo. Por cierto, ¡algún día debo volver a Córdoba! Una barra libre real, prometido.

Juan Herrezuelo dijo...

Más curioso aún que la recreación de interiores (que es cosa que llega a nuestro tiempo) fue la reproducción de exteriores, calles enteras, granjas al aire libre de un estudio con forillos de nubes fijas. Curioso que resultara una aventura empezar a rodar a pie de calle, Días sin huella, en 46, o Un día en Nueva York, en el 49...
Curioso también eso de ceder tu casa para hacer de ella un escenario de ficción: ¿Qué será volver una vez que se ha visto la película en el cine? ¿Se sentirán sus propietarios empujados a empezar a actuar como los personajes? ¿Se convertirán las casas cedidas en Casas Tomadas que expulsen a sus habitantes a una calle que acaso sea también otro decorado?