11.6.11

Cohen, Borges

Hay vidas extraordinarias de las que no sabríamos elogiar nada, pero que admiramos en lo más hondo y con las que contamos para hacer la nuestra más valiosa, noble, digna o ejemplar. Lo de las vidas ejemplares queda para la novela decimonónica. Son éstos tiempos de zozobra. Lo son de un modo natural. Como si no cupiese en la narración de sus acontecimientos otro modelo que no sea el ajetreado, el espídico, el que se deja querer por la inercia y no considera bajo ninguna circunstancia la reflexión, el estado manso de las cosas y la serena contemplación de lo vivido. No sabemos ensalzar las proezas de la vida de los otros porque no sabemos qué criterio manejar para explicar las razones del elogio. Está en desuso eso de cantar la épica intelectual o estética o social de los contemporáneos con los que vivimos.
Podemos decir, ahora que viene un aniversario de Borges, cosas increíbles sobre gente que ha muerto, pero no entra en nuestro carácter esa hagiografía sentida hacia los que todavía dan guerra o pueden darla. Por eso se explaya uno cuando ve que a Cohen, al que admiro, al que profeso una rendida admiración sin condiciones, le premian a sabiendas de que Cohen va a estar ahí, detrás del premio, haciendo nuevos discos, saliendo de gira, aunque sea para pagar deudas, y educando a un montón de gente nueva que no ha sentido la punzada de su voz cavernosa y melancólica, lírica hasta el desmayo sináptico por lo menos.
Al muerto se le hace un templo si hace falta. Al muerto pertenece la prosa más exquisita. Del muerto podemos decir bondades infinitas. No va a traicionar nuestro entusiasmo con obras menores ni se va a pronunciar de forma imprudente sobre los asuntos sobre los que nosotros tenemos discurso propio. Del muerto se amortiza hasta el polvo que hospeda la lápida. No sé ( o si lo sé, pero no me apetece entrar en materia) si la vida de Borges está por encima de su obra. Probablemente no. Quizá no de una forma tajante y sin aditamentos. Pero he disfrutado hoy viendo la prensa del día, apreciando el esfuerzo editorial por hacer constar que hace 25 años que se fue el maestro. He leído todo lo que se ha publicado hoy en los diarios a los que acudo cuando tengo tiempo de acudir con tiempo a algo. En vida, al pobre Borges, le negaron tantas cosas. Sólo faltó que el cáncer lo devastara en Ginebra. Ahí se abrió la temporada laudatoria. Yo he disfrutado y voy a seguir haciéndolo estajanovistamente con la obra de ambos. Hoy he releído La casa de Asterión. Y he descubierto que ése ha sido el primer cuento de Borges para mi hija. En cuanto tenga ocasión, dejo caer Suzanne de fondo mientras está distraída. Lo dice hoy Boyero en El País: una vez que entras en el universo de Cohen, no es posible la fuga.

3 comentarios:

Miguel Cobo dijo...

Existen hombres
que debieran tener montañas
para eternizar sus nombres en el tiempo.

Leonard Cohen

(También he leído en Babelia el artículo de Carlos Boyero. Me ha gustado bastante).

Anónimo dijo...

Rafael Álvarez Madariaga:
Me he leído todo Borges muchas veces. Es natural ser exagerado siendo cordobés: algunas veces, pero me parece que va siendo hora
de empezar de nuevo. Viejos y estupendos libros de Alianza hechos polvo, que se caen por el uso y por
el abuso.
No conozco bien a Cohen. Leí el comentario que hiciste cuando le dieron el Premio Principe de Asturias y me abstuve de comentar nada. Con Borges de pareja de baile, me lanzo: Me gusta de Cohen su integridad, no sé si eso está de moda o si eso vende, pero es íntegro.

Anónimo dijo...

Juega al mus, hombre; HAZ deporte...
Llegarás a viejito escribiendo así de rechulo