29.8.10

Un disco de los ochenta






Hay discos que uno aprecia ya desde la portada. Siempre pienso en las alambicadas portadas de la época gloriosa de Yes o de Pink Floyd. O las portentosas portadas de Blue Note o de Verve, nobles sellos del jazz que amo. En el otro lado está el descuido, la absoluta incongruencia entre el contenido y la enseña que lo ofrecía al mundo. Alberto Corazón hacía que un libro de Alianza, en su edición asequible, fuese un portento de inteligencia creativa. Recuerdo perder deliciosamente el tiempo en las tiendas de discos: devoraba ese universo de imágenes, disfrutaba de la ilusoria sensación de asistir a una especie de exposición gráfica, de museo moderno. Había una impregnación casi mística entre el objeto comercial, material entregada al inevitable y a veces bochornoso vértigo del mercado, y la memoria mitológica. Con los años, embutidos en la eficiencia de los discos duros, el espacio es el que manda y uno se pliega a otras leyes, no a las del mercado, sino a las del hambre cultural, al hecho de que uno puede descagarse sin problema la discografía completa de Leonard Cohen en un clic, y almacenar ese tesoro melómano en un limbo, en un archivo predecible, alojado en un universo de bits, de realidad virtual, de demoníaca realidad virtual. En esa transacción hay pérdidas lamentables. Pierde uno la presencia física de la portada, la cálida cercanía del libreto de créditos, la certidumbre de que se está más cerca del objeto amado y si podemos tocarlo, si está a nuestro alcance físico y se puede acariciar, contemplar, crear un vínculo doméstico, puro y pristino, en donde la religión de la cultura crea adeptos más involucrados. Ya lo somos menos. Por eso me fascinan todavía las tiendas de discos y entro en ellas con un respeto escolástico y salgo robustecido, convencido de haber contribuído indeleblemente a mis vicios, que son míos y lo son más fanáticamente a cada día que pasa.

La portada del disco de Moody Blues es una de las más queridas por mí. La acaricié amorosamente en el vinilo que compré en 1.981, el año en que salió. Tenía entonces un más que precario tocadiscos Stibert, herencia paterna. El Stibert era uno de esos tocadiscos con el altavoz convertido en tapa del plato y que se colocaba a capricho cuando uno ponía un disco. Cuando lo jubilé y mis padres me compraron un equipo más en condiciones (un Sony decente, con su amplificador, plato y pletina a cassette como módulos separados) encontré matices admirables, descubrí partes ocultas, y acabé destrozándolo. Después, nada más nacer el mundo del compacto, compré el disco en ese formato. Guardo los dos, pero sigo mirando con embeleso el vinilo, admirando la rotunda cercanía del cartón, su fantástica entidad como objeto totémico. Todo eso se ha perdido de forma lamentable. Se lo ha llevado el vértigo de la tecnología. Ahora han vuelto a vender discos de vinilo, 33 revoluciones y un orgiástico tercio de tozudo romanticismo. Los venden a precio escandaloso. No sé por qué. Será porque sus potenciales compradores están dispuestos a aceptar que un vinilo es vintage puro, una cosa como de la prehistoria sentimental. Y hoy, al pensar en discos bonitos, he pensado en éste, y me ha dado un escalofrío que me ha agitado el corazón. Soy eso, un sentimental. Estoy varado entre dos épocas. No pienso salir de ese territorio brumoso. No estoy dispuesto a perder esos recuerdos. Tampoco a renunciar al futuro. Feliz, al cabo, muy feliz por haber nacido en los sesenta.


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5 comentarios:

Anónimo dijo...

The voice, Gemini dream: qué gran lp. Porque era elepés, qué románticos estamos. Has hecho que busque mi plato, un viejo Jvc, y lo acople al equipo. Gracias x los recuerdos.

Albert Jordá

Ramón Besonías dijo...

Moody Blues, denso, se come al oirlo, cálido, como una noche extremeña. Buena elección y apropiada para los termómetros de agosto. La portada no la conocía. Me recuerda a los azulejos portugueses, una delicia.

A mí también me pasa que tengo en el trastero mi viejo tocadiscos ochentero, útil aún, pero de difícil ubicación en una casa que comienza a necesitar una reurbanización de enseres.

El mp3 y sus hijos potenciales acaberán aligerando nuestra habitación, pero deshabitando nuestra alma de recuerdos.

Anónimo dijo...

Increíbles lozs Moody Blues. Perdidos estàn, como tantos, pero ahí podemos recuperarlos. En fin, los vinilos tienen su lado román tico, pero gana el mp3 por goleada. Yo ya no uso cd's ni lp's, y será sacrílego, pero...

Luisma

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Sólo por eso, Albert, vale lo dejado en el blog. La portada es grandiosa; el disco, más.
Saludos

Si no conoces el disco, ya sabes, sube y, una vez arriba, bájalo. Como dicen por ahí, no sé si me entiendes. El caso es que AOR puro, del bueno. Un clásico. Una delicia. Lo del mp3 es un crimen al que nos acojemos casi religiosamente. Yo me incluyo. No tenemos espacio. Me van a echar de casa los discos. No sé dónde meterlos. Los discos duros vienen como la caballería, al rescate, rutilantes, hermosos, opulentos, pero incluso los discos duros se quedan pequeños si uno es un obseso. Yo lo soy extremosamente, Ramón.

Luisma, sacrílego, pues ahí andamos unos pocos, hombre, no te preocupes. Da gusto, no obstante, regresar a los vinilos. Los cd's todavía están. Y mucho. No creas.

Alu dijo...

Me has hecho recordar muchas viejas canciones, ¡gracias!