14.8.10

El pobre toro


En España, a cuenta de la tradición o al amparo de alguna distorsionada versión del folclor popular se cometen en ocasiones tropelías que en otras circunstancias, en otros países o bajo la tutela de la cordura ética serían delito, acto punible. Como aquí la definición de delito se reescribe casi a diario, las tropelías se cometen a tutiplén, se presume de ellas y hasta buscan patrocinador que las justifique y haga caja del expolio moral. En España existe la matanza del toro de la Vega: una facción sublevada de la razón que alancea un toro y lo termina matando, un gremio de exaltados que se aferran al terruño, al árbol genealógico o al tirón de la sangre para acometer un barbarismo que no tiene defensa alguna salvo las que el feligrés de la causa estime conveniente para dormir en paz y dar cuartelillo a sus ensoñaciones. Cruel hasta el desmayo óptico, en la fiesta de marras, con la anuencia del mando en plaza y jaleado todo por el desquicio popular, ebrios de alcoholes y adrenalina, crecidos de mito, matan con la semiótica del delirio más desbocado. Y lo cuelgan en youtube y lo dan en primetime en televisión. Los afines lo subliman y los reacios lo lamentamos. Y la autoridad, ay, no entra al trapo. Pasa en Tordesillas, en estos días, pero no es privilegio de esa villa. Ni sólo en ella se acometen estas barbaries. /Escrito en septiembre de 2.009 en este blog y releído (retomado) ahora por razones evidentes./

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Justo un año más tarde, nada de lo escrito prescribe: se siguen cometiendo atrocidades en toda España en nombre de las tradiciones. Pienso, ahora que la prohibición de las corridas es ya una realidad en Cataluña, que el toreo no entra en esta representación perversa de la diversión. No comparto que torear sea un arte porque no he sabido entender qué belleza existe debajo de la coreografía del torero y de las embestidas del toro. No comprendo la Fiesta, pero sí que entiendo que no se puede comparar el hecho de lidiar con un animal y, al final de la lidia, matarlo o morir en ese intento, que humillarlo, herirlo, vejarlo como vemos a diario en decenas de pueblos de España. Soy de la opinión que las personas estamos en un grado superior a los animales. No puede haber leyes que nos igualen. En modo alguno. No puede ser que un oso en peligro de extinción mueva más papeleo en un ministerio que un senegalés o que un rumano. Sucede, a veces, que los fanáticos de la prohibición se emparentan con los fanáticos de su uso y todos terminan embroncados, impidiendo un diálogo, confiando en que los políticos salden la trifulca. Lo de Cataluña, confiado a la clase política, ha salido como ha salido, es decir, mal. Se podían haber prohibido por muchas razones y sería cosa de razonarlas en los foros que se estimen adecuados para su razonamiento, pero se ha despachado la historia de torear o no en la Monumental de Barcelona con mucho aliño soberanista, con mucha refriega patriótica, sin escuchar los argumentos y, sobre todo, sin ser objetivos y, ya puestos, arramblar con todo espectáculo en que se abochorne, linche, degrade o, al final, se mate a un animal. Hay toros que corren con el fuego en los cuernos y hay quien, untado de tradición, contento de Historia, no ve que ese circo entra en la misma categoría que el otro, que el censurado, el que ha abierto a España en dos, cosa que no es la primera vez que sucede. La España taurina gana a la que no lo es. Se van a seguir matando toros, se van a seguir despiezando en los mataderos, se van a seguir usando en patéticos juegos de plaza de pueblo. Y a lo mejor, puestos a ser prudentes del todo o imprudentes del todo también, hubiese convenido dejarlo todo como estaba y darle tiempo y dinero del erario público a asuntos de más peso que éste ahora que azotan vientos de tormenta y se nos vienen encima nubes negras, como la piel del toro, encima, cayendo sobre nuestras cabezas. A plomo. Sin piedad. Sin asociaciones que alivien del peso caído. Sin defensores de los pobres, literalmente pobres, que contemplan, entre el bochorno y la ira, que les van dejando de la mano y que se ocupan, perdonen que me ponga tozudo, de asuntos de menos enjundia. Ésta lo es. Ya habrá tiempo de meterla en cintura dialéctica. Quizá no sean éstos buenos tiempos para desmantelar la fiesta en Cataluña. Por lo menos hasta que se aclare si es España o es otra cosa. Igual eso (salga la refriega por donde salga) importa más que el pobre toro.

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4 comentarios:

Ramón García dijo...

Dejarlo todo como estaba, no me cabe duda. Tampoco yo soy amigo de los toros, pero es más humano el trato del torero al animal que el espectaculo criminal, más criminal todavía, de esos pueblos en donde tiran toros al agua, les ponen fuego en los cuernos o los emborrachan, que hay de todo, no sabes tú bien. Me parece muy b ien tu manera de pensar, muy acorde a lo que yo pioenso, pero es muy dificil de desarraigar ese uso de los costumbres, y no habrá quien meta mano al asunto. Los politicos, qué decir, los políticos van a lo suyo, a ganarse los votos con lo que buenamente pueden. Y así nos va a todos.
Enhorabuena por el blog, que acabo de descubrir.

Pedro dijo...

Buena faena Emilio.
Como Ramón, también yo coincido contigo. Se porhiben los toros en la Monumental, pero no las salvajadas populares. Esto tendría mucho coste político.
Hipocresía de la progresía.
Un abrazo, amigo.
Uf, ¡ya nos queda menos!

Francisco Machuca dijo...

Es una lástima que en Cataluña se emplee el tema,más como arma político-nacionalista,que en defensa del toro.Aquí cuando mencionas la palabra "toro" los nacionalistas más exacerbados lo asocia con "España",otra palabra que no puedes mencionar.Estoy totalmente en contra de las corridas de toros,pero mi rechazo es exclusivamente por el pobre animal y la brutalización de los espectadores que se deleitan con la sangre y el sufrimiento al mismo tiempo que comen pastelillos de crema.Lo sé por Manuel Vicent,claro.
Es un tema muy delicado que requiere una reflexión profunda que va más allá de lo que nos quieren vender,al menos aquí,en Cataluña.
Un cordial saludo.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Sí, Ramón, sin duda. Los políticos, a lo suyo, a ganarse la nómina, en muchos casos, no en todos, supongo, espero. El del toro es un asunto interesado como pocos. Acabo de ver correbous en un pueblo de Tarragona, en televisión, y es más denigrante, en cierto sentido, que la lidia en sí, el combate desigual, pero combate, al cabo. Gracias por el comentario. Un saludo.

Salvajadas, amigo Pedro. El coste es insalvable. No se atreven. Prefieren ir a lo seguro. A darle al pueblo lo que el pueblo pide, pero yo me reservo mis dudas. Creo que el pueblo, en lo catalán, va a veces por detrás de los políticos, y son éstos lo que mueven a las masas, las que lo jalean, los que manipulan la información saliente...
Hipocresía de la progresía suena bien, Pedro. Bien del todo. Expresa lo justo en pastillita semántica. Nos queda poco, pero seguimos aprovechándolo. Yo sigo en tierras norteñas. Ahora llueve, no te digo más. ¿Dolerá el sol en la piel a la vuelta?

Toro es España hasta en los anuncios. Viene de una época gris que duró decenios. Es muy difícil borrar el franquismo asociado a muchas cosas, pero ahora se está invirtiendo el argumento, y el toro se está convirtiendo en un arma arrojadiza entre distintos, entre los que desean fugarse y los que desean quedarse, entre los de siempre. Si no es la lengua, es el toro. O cualquier otro asunto que surja espontáneamente.
No me gustan los toros, Francisco. Respeto, no obstante, que les guste a otros. Legislar sobre toros es complicado. No es lo mismo, en mi opinión, insisto, la tauromaquia que la atrofiada festividad de usar al animal como objeto, destrozándolo, forzándolo hasta la muerte a veces.