9.8.09

Todo va bien

Mantengo escasas convicciones en materia política porque la vida civil enseña a descreer de que un mundo mejor es posible y que podemos erradicar o al menos paliar las pandemias que lo desangran. Las últimas de esas convicciones caen sin estrépito y uno se malconvence de que el ser humano es un animal chusco en el fondo, que atina esporádicamente y exhibe altura moral y estética, aunque sean briznas, episodios sueltos de una novela cuyo desenlace es siempre terrible y alfombra de muertos los títulos de crédito. La política va dejando de ser un instrumento de lo razonable y de lo mesurado, de lo atenido a justicia y a equidad y se va enfangando de cuchilladas a traición y de mercenarios titulados, limpios de sospecha pero capaces de aliviar su tedio burocrático y su promesa de servidumbre social a beneficio de caja, la propia, que termina siendo uno de esos pozos sin fondo que ilustran los cuentos que abastecen de miedo atávico a los niños impresionados por la oscuridad. En política la oscuridad es el destino, aunque haya nobles obreros que empeñen hasta el alma por asear la cara al oficio y se obcequen en cumplir (sin más) la normativa y la confianza depositada en las urnas. En verano, la política nunca sale indultada: la atrofian más, la enturbian, la convierten en un sainete lamentable, en un ópera bufa, en un apaño resultón y hueco. Nada hay en la prensa política que llame a la ilusión, pero tal vez la ilusión no sea un componente intrínseco a la función política y aquí sólo se alegra y refocila el que recibe una prebenda, le arreglan las farolas de su calle o confía en que sigan las cosas como están porque incluso en tiempos de crisis puede seguir pagando la factura del plus y la banda ancha, las vacaciones en Torremolinos o el convite en la comunión de sus hijos. Quizá por todo esto algunos políticos alcancen en carisma y en glamour a ciertas estrellas del espectáculo. Por eso, aunque acepto que es un argumento muy liviano y simplista, Obama prende el corazón de una ciudadanía diezmada por los truhanes, hecha a que le malogren las esperanzas que brotan grácilmente de los programas electorales, convencida de que el gremio de los que gobiernan no está casi nunca a la altura de las circunstancias y, por último, consciente hasta el desmayo de que la culpa de esta tibieza en lo público nace precisamente en lo público, en la apatía de una sociedad acelerada, negada al entusiasmo, débil a la hora de envalentonarse y plantarle cara al vaciamiento progresivo del Estado del Bienestar, sea esto lo que sea, que yo no acabé nunca de entender cómo es posible que el despilfarro conviva con la precariedad o incluso con la pobreza más antológica y nadie se lleva, por lo menos, las manos a la cabeza y ponga freno al desmán. Cuando nadie me refiero al político sensible, al que le dimos instrumentos para vencer estas disfunciones del sistema, pero ay, ese político está más ocupadísimo en poner o en probar que hay micrófonos ocultos, cámaras chivatas, espías estivales que distraen del quebranto verdaderamente relevante: la miseria, la anuencia de que un poco de miseria es inevitable y de que un poco de despilfarro conviene para que la vida parezca que va de puta madre. Está uno un poquito harto y todavía hay fondo que llenar y más hartura que exhibir.
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3 comentarios:

Anónimo dijo...

No tengo fe en la política pero tampoco tengo otra cosa a la que aferrarme. Entiendo tu razonamiento y lo comparto en parte, pero no puedo pensar que todos los politicos son malos y que hacen y deshacen solo para hacerse mas ricos. La erótica del poder, eso debe ser, creo yo, pero yo sigo pensando en que estamos en sus manos o ellos se ponen en manos de quienes les critican tanto. Eso sí, el panorama no está para tirar cohetes ni tiene pinta por la crisis deque vaya a ver m´´as confiabnza de la que hay. En seguida nos quejamos, pero ?qué hacemos? Saludos. Paco Morillo.

Alex dijo...

Precisamente la esperanza en Obama nace de su poco contacto con la política profesional. Está poco o nada maleado, ése es su bagaje. Por lo demás, nada que añadir a tu brillante reflexión. Sabes cómo pienso, por qué soy un escéptico (politicamente hablando) y el por qué de mi nula confianza en la clase política. Al final todo consiste en salvar el propio culo. Los políticos honrados y servidores del pueblos que les ha votado, no muchos, pero los hay, bastante tienen con cargar con la etiqueta que les han endilgado.

Isabel Huete dijo...

Lo peor de la política es lo que nos cuentan y cómo nos lo cuentan y lo mejor lo que nunca nos muestran.
Desgraciadamente vivimos en un mundo demasiado mediático y nuestros canales de información siempre son limitados, cuando no sesgados por ideologías que tienen más que ver con el negocio que con la objetividad.
Yo me defino como escéptica no sólo respecto hacia la política sino respecto al poder, sea el que sea, en cualquier ámbito de la vida.
Los políticos la cagan, claro, porque la perfección no existe tampoco para ellos. Lo peor no es cagarla sino esa actitud miserable de sostenella y no enmendalla.
Y nosotros, todos, comiendo palomitas ante la tele viendo pelis de Van Damme deseando que salga de la pantalla para salvarnos de nuestra parálisis cerebral.
No somos ajenos a nada pero actuamos como si nada fuera con nosotros.
¡Uff, qué agosto! :)
Besitos.