El árbol ya no era el árbol bajo el que se besaron hacía cincuenta años esa misma noche, pero permanecía erguido, el viento movía impertinentemente las hojas y había un corazón raspado en el tronco en el que no estaban sus iniciales.
Debemos a Juan Diego de Villarroel que haya gongoristas en Hannover, en Montevideo, en Villafranca de Córdoba, en Samarcanda o en la Poline...
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