30.9.25

Música celestial

 



Sé cómo suena. Incluso recuerdo el ruido del carro al volver a principio de línea. A Mahler sonaba. Épica pura. QWERTYUIOP. ASDFGHJKLÑ.ZXCVBNM. Ahí está todo. Se puede decir cualquier cosa si tecleamos con maestría. 

29.9.25

Vancouver 1966

 



Uno a veces se reconoce en calles que nunca ha pisado, da con recuerdos falsos, hasta, toda esa costura sentimental de lo que verdaderamente nos forja. Tampoco se sabe bien qué diferencia hay entre la ficción (lo vivido en los libros, en el cine) y la realidad, dónde acaba una y empieza la otra. De esta calle de Vancouver, registrada por un fotógrafo del que no sé nada, en 1966, el año en que yo nací, tengo un par de historias que contar. Probablemente mezcle, en su relato, trozos de películas que he visto, párrafos enteros de cuentos o de novelas que he leído. Mi cultura ha crecido en Vancouver de un modo inargumentable. Le debo más a Carver que a Baroja. Creo que me movería mejor por las calles de Manhattan que por las de Teruel. No habiendo estado en ninguno de esos lugares, sin haberme dejado llevar por el vértigo de sus calles, estoy más inclinado a pensar que disfrutaría más en las afueras, en lo que no conozco sensiblemente, pero sí de un modo interpuesto, dulcemente aprisionado en mi memoria, elevado al rango de mítico. Poseo al menos un par de buenos amigos que pasearían conmigo por Vancouver. Pero Quizá no el Vancouver actual, ya digo, sino el de 1966, creyendo que hemos ingresado en una película en blanco y negro y que Lee Marvin está en un bar, bebiendo un whisky, esperando a que le llamen para cerrar un trabajo. Yo soy muy de Lee Marvin, ahora que lo pienso. Muy de serie B a lo Samuel Fuller o Don Siegel. A la vida se le encomiendan en ocasiones cometidos que no puede cumplir. No podemos convertirnos en personajes de las invenciones de los otros ni tampoco que esos personajes salgan de la pantalla y circulen con nosotros por las calles, nos escuchen y consideren la posibilidad de que seamos nosotros los que hacemos el viaje inverso y paseemos Manhattan o Vancouver en 1966. Woody Allen nos dejó a Cecilia, la camarera de La rosa púrpura de El Cairo, esa película romántica en donde aceptamos cosas inverosímiles, fantásticas, mentiras que nos hacen más felices. Definitivamente uno, siendo muchas cosas, se queda con las que han dejado un poso más durable adentro. Como ya tenemos la realidad (a veces la constatamos de un modo brutal) pedimos un extra de ficción. Ah amable lector que me comprende, quedemos para tomar un café. 1966 es un buen año. Vancouver, un buen sitio

28.9.25

15 haikus de Manhattan

 


1

El mar y el cielo.

Un avión a lo lejos.

Tarde en Manhattan.


2

Puente de Brooklyn.

Me da que Woody Allen

Lo está grabando.


3

Busqué en la nieve

los pasos de los otros

por si eran míos.


4

Prospera el frío.

Lo peor del invierno

Es que no acaba.


5

Es la catedral.

Adentro no está Dios.

Reina la Visa.


6

Torres en vilo.

¿Quién dijo miedo al vértigo?.

Hablan de nubes.


7

Medra allá arriba

la luz en su esplendor.

Templo del aire.


8

Sólo es ladrillo

el imperio del hombre.

Diez mil ventanas.


9

Puro embeleso

El del agua en la hierba.

Como un fornicio.


10

Pensé en el rey Kong.

Yo era muy pequeño. 

Sàbado tarde. 


11

Tiene el paisaje

Un aire de tristeza.

Clausura y frío.


12

El parque en blanco.

En la espesura.

Adentro habito.


13

Yo que un Monet.

Tú dices que un Rubens.

Será un Renoir.


14

El perro ignora

Las nubes en Manhattan.

También que llueve. 


15

Todo tu cuerpo es

vigilia de la carne, 

fiesta del alma.

27.9.25

Gramática del pozo

 Cada hígado es un mundo. Tanto es así que puedes llegar a ser un foie. El aforismo, admito que no el más feliz de los posibles, lo hicimos Antonio Sánchez, José Garrido y un servidor sin saber que estábamos haciendo un aforismo. Cada uno dio un matiz. La idea trajo las palabras o ya ellas mismas, las sobrevenidas palabras, acogían con rotundidad al deslumbre de la idea. No hace falta ahora (tampoco sé si podría) extenderme más en todas esas maquinaciones del numen. Yo me he limitado a ordenarlas y darles un registro. Hay novelas de mil páginas que requieren únicamente de una intendencia singular, precisan tan solo de la comparecencia de un obrador solitario que maneje a su antojadizo capricho el fluir de la trama. En ocasiones, sucede una especie de revelación a la que no se debería hacer censura alguna. No sobra ni falta palabra alguna: "Cada hígado es un mundo". Podríamos añadir idéntico despliegue de concisión (permítanme el atrevimiento) al corazón o a los pulmones. Hay órganos que merecen una bibliografía aparte. El hígado ha sido contenido: no tiene el pedigrí de otras partes de más noble y entero fuste. Conocí gente que se malogró por no cuidarlo. También (con mayor empeño) a quienes descuidaron ese corazón o esos pulmones: amaron mucho o no amaron nada, fumaron hasta que el humo les entenebreció la carne. 

Baltasar Gracián escribió, y hoy recoge en su rinconcito maravilloso José Luis Morante: "El que ha satisfecho su sed da la espalda al pozo". Es de la sed el pozo, suya su hondura etérea, su cuerpo siempre seco  El hígado es un órgano frágil. Se le zahiere al prolongar más de la cuenta la ingesta de alcoholes, qué les voy a decir. Un tío mío murió de cirrosis, llegó a beberse la colonia del cuarto de baño. Era yo pequeño, no supe de esa afición en primera persona, pero me la creo. Tenía la cara amarilla, eso recuerdo. Un día antes de que yo tuviera un examen de latín me dijeron que había fallecido. Creo que suspendí. Mi tío me regaló un atlas, recuerdo también. Todavía lo tengo. Aprendí los ríos y las montañas, sentí volar mi cabeza por valles y por fiordos. Las primeras palabras impresas de nuestro bendito idioma estaban en ese libro majestuoso y extraño. Supe que el Nilo era un río que serpenteaba por África. Y lo más curioso es que vi la serpiente antes que al propio río. El cuerpo también es un mapa. Posee su secreta y su visible orografía. Hay fosas abisales, hay cráteres, hay bosques a los que asedia el fuego, todos los fuegos. 

No sabemos cómo cuidar el cuerpo. No se nos ha instruido. Qué decir del alma. Ella tiene extensos y cuidados volúmenes en las baldas de la memoria del hombre. La filosofía es una disciplina del intelecto que se persona para proceder con una intendencia fiable, pero no lo es. Incluso cabría esperar que no se la comprenda y se porfíe en asedios livianos. El instrumental es ineficaz. Como agua a la que se pretende retener y da con resquicios por donde fugarse. No podemos proceder con estricto empeño, decir cosas cabales, no dejar una puerta abierta por la que se escape la elocuencia o la sensibilidad o la razón. Las palabras son el severo brocal, la vertical seducción de la tierra y la sed infinita. 

25.9.25

Mazinger Z nuevamente





 Franz Kafka, Fritz Lang, Lester Young, Herman Melville, Francis Bacon, Van Morrison, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda, Helmut Newton, Robert Johnson, Edgar Allan Poe, Gabriel García Márquez, John Lennon, Rick Wakeman, Constantine Kavafis, Raymond Carver, Ernst Hemingway, Howard Phillips Lovecraft, Gilbert Keith Chesterton, Edward Hopper, Billie Holiday, Marcel Proust, Darth Vader, Luis de Góngora, Saki, Miles Davis, Robert Fripp, Peter Lorre, Eric Clapton, Peter Gabriel, Bill Evans, Philip Marlowe, Martin Scorsese, Paul Newman, Bette Davis, Alfred Hitchcock, Jaco Pastorius, Art Blakey, Freddie Mercury, Vladimir Nabokov, James Joyce, Antonio López, Katherine Hepburn, Pier Paolo Passolini, Michael Caine, Robert Louis Stevenson, Darth Vader, Atticus Finch, Indiana Jones... Antes que ellos, tan queridos, antes de que guiaran mi vida de algún modo, fue Mazinger Z. Hace unos años le compuse un texto conmemorativo de esa feliz estancia en mi joven y goloso espíritu.


En 1978 yo tenía doce años y la sobremesa de los sábados pertenecía a Mazinger Z. No había otra cosa que me entusiasmara más que el robot gigante construido por el doctor Kabuto y manejado por su intrépido nieto Koji para frenar los planes malvados del temible Doctor Infierno y su esbirro, el barón Ashler, mitad hombre, mitad mujer, híbrido cabrón de dos momias resucitadas. Recuerdo el planeador encajado en la cabeza del robot gigante y su compañera de metal, Afrodita A. Los puños de uno y los pechos de otra derrotaban invariablemente a la interminable legión de robots que las hordas del mal gobernaban. Adoraba las fábricas ocultas en donde se montaban las máquinas del enemigo. No tuve ningún muñeco de Mazinger Z, ni coleccioné cromos (creo que de Panrico), ni busqué el cómic, siendo yo entonces consumidor habitual, más en préstamo de amigos que por propia iniciativa doméstica. La economía familiar permitía pocos excesos y las cosas buenas que daba la televisión eran gratuitas. La palabra merchandising no existía. Los niños éramos cándidos, de una inocencia rayana en la austeridad. Queríamos imágenes, aventuras, espectáculo, pirotecnia. Supe muchos años después que la serie se canceló por ser sus dibujos "demasiado japoneses, demasiado violentos", así que no pudimos verla entera. La sustituyó una cosa absolutamente risible que se llamaba Orzowei, un Tarzán lánguido y de pocas luces. No vi ni un episodio, aunque la machacona melodía de sus créditos pueda tararearla sin rubor. Creo que no me importó conocer un final. Mi deseo era meramente plástico, pictórico, mitológico. Aquel coloso mecánico sorbió el seso a toda la chiquillería. Heidi y Marco, otros productos de factorías niponas, eran lacrimógenas incursiones en un territorio que nos era ajeno, aunque nos las tragáramos sin chistar, por no haber otra cosa con la que entretener las tardes en casa. La imaginería bélica de la serie era fastuosa. Aprendimos que existen los misiles o esos haces de energía destructiva (fotoatómica, puede ser) que no tenían rival en nuestra memoria violenta. Aprendimos la palabra "aleación", lo cual es mucho más de lo que a veces se extrae de una clase de química en un aula: la de nuestro amado robot era Z. Esa pintura sobrenatural lo hacía invencible. No hacía falta una nomenclatura más épica. Como no teníamos interés en etiquetar el placer, no supimos que ese tipo de dibujos animados se llamaba Anime. Duró 27 sábados, parece, pudiendo alcanzar la más longeva cantidad de 92. Cuando Telecinco la repuso, no tuve disposición anímica de retomarla. Las tetas de Afrodita, robot fémina pilotada por una chica, Sayaka, dibujada con atrevida minifalda y locamente enamorada de Koji, podrían haber sido la primera incursión erótica de muchos de nosotros, si se me permite el atrevimiento. James Ballard o David Cronenberg aplaudirían que un muchachito imberbe y sin hacer todavía se engolosinara con toda aquella cacharrería improbablemente lúbrica. Ni Comando G (La batalla de los planetas) ni Bola de Dragón, más adelante, encandilaron mi imaginación como ese robot maravilloso que todavía (han pasado 40 años) me hace sonreír y pensar lo felices que fuimos. La canción del intro de la serie sigue en mi cabeza. Hoy he sabido que su autor (Ichiro Mizuki) ha muerto de cáncer. Había compuesto más de 1000 canciones de animación japonesa. Yendo esta tarde hacia el trabajo me he puesto esa pieza antológica. "Planeador abajo...". "Puños fuera...". Quienes hemos pasado de los cincuenta sabemos de qué hablamos. Hoy probablemente, en esta parrilla infinita de divertimentos, pasaría más desapercibida. Lo de Transformers, perdónenme adeptos, es un émulo vago.

24.9.25

En 3746

 




En el 3746, mi cumpleaños cae en viernes. Creo que ese día tiraré la casa por la ventana e invitaré a cenar a todas mis apreciadas amistades. Beberemos whiskey irlandés del bueno y cervezas checas, daremos cuenta de las viandas más exquisitas, pondré rock progresivo de los setenta, vestiré como un astronauta naïf y recitaré versos de algún poeta contemporáneo. Imagino que entonces todavía habrá poesía y se editarán libros. Tal vez los libros sean una reliquia, objetos de una época en la que leer todavía era una herramienta de conocimiento y de jolgorio intelectual. El calendario del iPhone es inagotable, infinito como los números que maneja. Yo creo que es una broma metafísica. El humor tiene un algoritmo. Hagan planes para el futuro, no tienen mucho que perder. Planeen fiestas en las que se celebre el vuelo de un ave en la lejanía o el advenimiento del frío cuando el verano concluye. Concédanse la posibilidad de que la inmortalidad sea una aspiración legítima.  Los constructores de las tripas de Apple son unos cachondos. No sé si demandarlos por crear expectativas falsas. 

22.9.25

No querer ver morir a quien se ama


Se atribuye a Greta Garbo la triste sentencia de que la vida sería maravillosa de saber qué hacer con ella. Andrei Tarkovsky dijo que si buscas un significado, te perderás todo lo que sucede. T.S. Eliot escribe en sus cuatro cuartetos “tuvimos la experiencia, pero perdimos el significado”. Hacemos tolerables la penuria y la desgracia por esa conformidad parecida a la del que cae de una séptima planta y, yendo por la segunda, comenta a alguien asomado a una ventana: “De momento la cosa va bien”.  Somos optimistas a veces sin que sepamos por qué. Como si ya vivir bastase y el futuro, el que viniera, fuese una bola extra en una de esas maquinitas de pinball que entretenían nuestra mocedad en los bares. La cosa va bien. Hay con qué amenizar la caída. Hasta podemos ignorar los motivos de esa alegría pequeñita con la que a veces el día fulge como una estrella de cien puntas de puro y limpio fuego. Arderemos, sí, pero la combustión es lenta y no tenemos manera de aplazar la ceniza. Y no querer ver morir a nadie a quien se ame. Hay cuatro verbos en esa frase. Tres de ellos van en comandita, bien trabados. El lenguaje es un juego. Como vivir.

21.9.25

In memoriam

 

La humanidad no soporta la idea de que el mundo surgió por casualidad, por error, sólo porque cuatro átomos insensatos chocaron en cadena en la autopista mojada.

Umberto EcoEl péndulo de Foucault.


Una vez tuve un ardor metafísico. Sentí una opresión en el pecho, un quebranto existencial a medio camino entre la revelación cuántica y la homilía dominical y, ya por fin, una verdadera paz de espíritu. Es en esos momentos cuando uno adquiere verdaderamente la dimensión exacta del cosmos. Se ve arrojado al cosmos, pero ha descubierto la vía por donde se puede obrar la extracción. El cosmos es un lugar terrible porque está muy oscuro. La luz comparece siempre. El hombre es de luz, no acaba de vencerlo la tiniebla. Yo mismo puedo asegurar que hubo ocasiones en que flaqueé, pero vi esa luz y recompuse el ánimo. No entendí el porqué de ese prodigio ni tampoco su evanescencia, su arredro, sus remilgos a perseverar y quedarse ya conmigo. No sé de costuras de átomos, pero el traje de la vida me viste y yo aplaudo. Qué júbilo darse de bruces, sin esperarlo, con su fulgor. Hoy domingo, tan insensato como cualquier otro domingo, he asistido a la bondad absoluta leyendo los poemas de Antonio Rivero Taravillo. No puedo evitar pensar que no se ha ido. 

Soñarán los perros

 Con lentitud, sin que se aprecie la mudanza, la ciudad se prepara para el otoño. El frío hace que se abran las ventanas de las casas y el arrullo viscoso del verano no es más que un rumor sin peso, algo soportable tras su saña en los meses anteriores. La noche irrumpe con una dulzura novicia que invita a pasear y a sentarse en las terrazas. Ahí es donde el día empieza a claudicar. Luego regresamos a casa. Se tiene en ella entonces la impresión de que acudimos a una especie de tregua en donde la realidad aduce sus excusas con timidez, un poco con la ligereza de quien sabe que repite un gesto antiguo que domina, pero del que no presume. No hay noche en que no bendiga la invitación al sueño. Por descansar. Por retirarme. Por no estar, a sabiendas de que se regresa. Incluso por soñar, que es una perseverancia involuntaria del escritor que todos llevamos adentro y que no siempre irrumpe, ni se tiene certeza de que exista. No recuerdo qué personaje de Borges dijo no saber soportar la vida eterna, la repudiaba por insoportable. Son cosas de los personajes de Borges. Algunos no tienen nada que ver con el que lee, los miramos desde una distancia segura, sabiendo que no hay nada que digan o hagan que pueda afectarnos y cambiar nuestro modo de vivir. Quizá debiéramos permitir esa intromisión narrativa, la de los personajes que no se nos parecen, pero a los que admiramos secretamente, como si hicieran algo que nos estuviera vedado en nuestra rutinaria existencia. La literatura es una lujuria intelectual. Cuando todo se nos pone en contra o cuando todo se torna gris, da igual el orden, pueden concurrir ambas cosas al mismo tiempo; de hecho, suele suceder esa circunstancia, deseamos que la literatura nos salve. Siempre estamos en peligro, siempre anhelamos que alguien nos rescate. Hay quien confía a Dios esa empresa. Yo se la entrego a los libros. Mi biblioteca es una catedral. Anoche me postré y oré. Abrí la ventana y dejé que entrara el fresco inédito de la noche. A lo lejos ladraba un perro. Creo que es el mismo que ladra ahora. Estará agradecido a la dulzura de la noche. Hará como yo, aunque no sepa decirlo. No sabemos nada del lenguaje de los perros. No recurren a una sintaxis, pero la hay, a poco que se esmere uno en escucharla. También agradecerán tener un lugar en el que refugiarse. Adorarán la inminencia del frío del otoño cuando lo abrace. Descansarán, olvidarán las penurias de la jornada. Ignoro si agradecerán que les cerque la modorra y los ojos se anublen y cieguen. Soñarán los perros. No sabemos si al despertar algo de esos sueños ocupará la firmeza de la vigilia. Si el ladrido del perro que oigo todavía a lo lejos es la escritura de un sueño milagrosamente recordado.

20.9.25

Oro en el barro / Una lectura de "Un lugar mejor" de Pedro Ugarte


 

Se puede escribir un cuento sin que lo parezca o vivir sin que intervengan acontecimientos extraordinarios, luctuosos o vibrantes. Cuentos verosímiles que incluyen en sus costuras visibles un hilo de inverosimilitud y vidas aburridas, de las que nada relevante pueda ser dicho que de pronto exhiben trazos de la más pura y asombrosa ficción. Será que los cuentos proceden de la vida misma, de su vestimenta extraña, o que la vida es un cuento, un fragmento de algo mayor que no conocemos, pero de lo que se nos permite contemplar un episodio, una pieza, no me pongo más  metafísico. Hacer que en ellos, en los cuentos, las circunstancias sucedan con naturalidad y confiar en que ellas mismas se expliquen, den asiento al azar y, en ese recado nebuloso, como de cosa frágil que se palpa con perplejidad, esperar que él mismo, el cuento extraído de la nada, con su sensibilidad o con su inteligencia o con su fragilidad, busque su sitio, encuentre al lector que lo hará suyo de modo que ni el padre de la criatura, el que lo impuso a la realidad, como si la realidad precisase de añadidos y no se bastase para contentar el ánimo o para echarlo abajo, tenga propiedad sobre él. A mí, tras haber leído y escrito los suficientes, nunca será eso verdad, me sigue fascinando que la literatura cuentística contenga algo de la luz que la realidad detrae cuando se está muy hecho a verla. Y, ya explícitamente, los cuentos de este libro de Pedro Ugarte me fascinan, hacen que me reconcilie con algún lector que fui y que, ya mayor uno, va quedándose por el camino, no vendrán ahora aquí las causas. La literatura debería ser un andamio del que no se tiene idea sobre qué propósito hizo que se montara y tampoco sobre la utilidad de su izado. Leer es a veces encaramarse a la altura desde la que se contemple más libremente el paisaje ofrendado. En ese aspecto, "Un lugar mejor", el espléndido libro de cuentos de Pedro Ugarte, abastece de preguntas, sin que importe en demasía la concreción de algunas de las esperadas respuestas, crea la sensación (duradera, ya verán) de que no hace falta que las historias comiencen, avancen y concluyan, aunque a su brillante manera lo hagan, sino que haya un territorio igual de eficaz en el que todas esas historias existan. Algunas (No éramos tan felices, Un lugar mejor, Ulises y los mapaches) se incrustan, permanecen como uno de esos sueños recurrentes de los que tenemos cabal propiedad, aunque se nos escapen los motivos, quién los quiere. 


Lo que hace con absoluto dominio Ugarte es convidarnos a un festín sentimental, uno familiar, del que sabemos y en el que trasegamos. Una de las cosas más encomiables de esta colección de cuentos es que sus protagonistas no difieren mucho de uno mismo o de alguien a quien se conoce: esa prospección de las emociones más acendradamente humanas la acomete el autor con una naturalidad pasmosa. Se cree que la escritura debe enseñorearse, prenderse de arabescos y de sutilezas semánticas, pero hay alguna que recurre a lo sencillo maravilloso, permítanme. Quiero decir que el estilo es de una fluidez que nos atrapa: aquí se lee con voracidad, pero también con cautelas. Hay que estar atento, cualquier pequeño detalle puede constituirse en pilar de la historia, en sustento de su maquinaria narrativa. El padre que enferma trágicamente y se advierte su decaimiento y postración (Éramos tan felices) malogra la convivencia feliz de los suyos y contempla la paulatina demolición de la unidad familiar, que no comprende la naturaleza metafórica de su intimidad con la muerte. Que el moribundo persista en su moribundia y asista a la defunción de los que lo velan no deja de ser un signo de estos tiempos de azar y relativismo. No precisa Ugarte nada extraordinario para que esa conversación entre los vivos indudables y los muertos previstos fluya hacia "un lugar mejor", idea que cruza todos los cuentos, citada expresamente, anotada con pulcritud, y que impregna a todas las historias de un mismo paño sentimental. Es una aspiración noble ese medro, pero tal vez importe más determinarnos a buscarlo, no la certeza de su logro. Como aquel verso de Cavafis que pedía que el camino fuese largo. Yo añado: largo y lleno de obstáculos. Ellos nos curtirán, harán que la travesía nos haga amena (eso quizá) la espera. He aquí lo cotidiano, cuanto es de todos y lo que nadie entiende como ajeno, lo prosaico (con su ironía, con su mala leche incrustada a veces) convertido en metafísico. También la providencia del azar, su desdén infinito. Por eso leer los cuentos de “Un lugar mejor” es una invitación a inmiscuirse en ellos personalmente. Son nuestros, hablan de uno. Hay episodios o fragmentos de episodios tan cercanos que duelen y, al tiempo, conmueven y confortan. Es un universo minuciosamente íntimo el que erige Pedro Ugarte para asentar su extrema capacidad de observación. Yo creo que un escritor debe ser, ante todo, un contemplador avezado, alguien que hurga con delicadeza, tal vez para no descomponer la realidad y poder extraer de ella el matiz deslumbrante que podría pasar inadvertido. El libro entero es un muestrario de esas delicadas prospecciones. 


La familia es el territorio que mi lectura más apreció. De ella compone un cuadro desalentador que, una vez se traspasa, desalienta, si cabe más aún: el núcleo doméstico es abono para lo mejor y lo peor del ser humano, no es nueva esa idea, viene de los griegos, más atrás también. Y Ugarte afila el lápiz del amor y del odio para manuscribir (prefiero ese verbo de más calado emocional) la verdad del alma, su dialéctica feliz y malvada. “Un lugar mejor” se postula con dignidad que apabulla en el prontuario de las relaciones sociales, en una especie de pulcro vademécum del discurso de la convivencia. ¿Y queda bien parada? Sí, a pesar de la mediocridad de los sujetos intervinientes, con sus dolores y sus triunfos, con sus cobardía y con su épica, el hombre (así, arquetípicamente) sale reforzado: porque estamos hechos de contradicciones. Por encima de todo, los personajes de este libro viven. Entiéndase: se equivocan, se duelen, lloran y, en última instancia, sobreviven. Cuando no es la familia, tan apetecible para los paladares recios, son las relaciones laborales (Balada de Rowena Trevanion), en donde el autor se complace en descuartizar el ecosistema de las oficinas y exhibir el músculo semántico con notoria brillantez. Qué bien escribe este escritor, qué fácil parece escribir leyéndolo y, sin embargo, qué trabajo hay detrás, qué pulcra locura la de contar con esa voluntad de no agotar al lector, sino arrimarle comodidades, conducirlo sin que parezca que haya movimiento alguno. Como esas vidas grises en apariencia que, de pronto, al ser observadas con esmero, muestran brechas delirantes, pequeños o grandes pasadizos que abren un prodigio. 


 

Salvo en un relato (Ermita de San Sebastián) el autor recurre a Jorge (que es padre en ocasiones e hijo en otras) para que lo acontecido posea la hondura afectiva de lo contado en primera persona, sin que ese narrador sobrevenido (honesto, escrupuloso en cribar lo irrelevante) afinque su relato en una continuidad expositiva: no es el mismo Jorge y, tomando el costumbrismo como herramienta, ningún cuento crea vínculos con los otros. Comparten cierta querencia por fisgonear en la intimidad de sus personajes, gente en la mayoría de los casos poco complicada, de vida resueltamente mediocre o apenas inclinada a malograr su felicidad con aspiraciones inalcanzables, pero he aquí la azarosa irrupción de la fatalidad, ella los arroja a la desgracia. Son las menudencias las que toman el mando de la narración. Ya digo que se eluden las grandes palabras y se conceden a las pequeñas (tan cainitas ellas a veces) la encomienda de que ese lugar mejor tomado como anhelo no comparezca determinativamente, pero se entrevea, adquiera sustancia tangible y así el buen lector dé con él. Pedro Ugarte no pretende aleccionar, dar algún tipo de enseñanza: se arroga la virtud de la altura de la palabra, que se manifiesta limpia y fluye para que contar (ese recado ancestral) sirva los subrayados de la realidad, vasta y no dócil a veces. Ni siquiera, supongo, le mueve la voluntad firme de crear un espacio particular, un reino con su castillo y su declarado himno o su recia bandera, fácilmente identificable: se conforma (sigo especulando) con el deleite de observar y, a partir de ese acto con frecuencia banal, encontrar oro en el barro. Yo, agradecido, pido que se le lea. Cada vez me gusta más escribir de lo que me gusta. 



















17.9.25

La esperanza


 Yo quiero amar

como amaba Gabriel Celaya.

Quiero extender mis brazos,

tocar el azul mismo del cielo,

la verdad del alma.
Saber que mi amor
vuela a lo divino.
Que mi voz cuando canta
convoca un esplendor
al que no alcanza la tiniebla
ni el estrago con el que el tiempo
disuade a los amantes.
En un latido único
la sangre ocupará
la travesía de la carne.
Yo quiero amar
como amaba Gabriel Celaya.
Quiero amar
el deseo sin propósito.
Confundirme adrede
con toda la elocuencia
del agua cuando irrumpe
y traza un mapa de luz.
Delira el ocupado
trasegar de las palabras.
Son del amor
todas sus respiraciones.
Es aire puro
que sublima el cielo.
Ser la limpia
convocatoria de la dicha,
la esperanza.

16.9.25

Polina y Renata (Dos historias de amor)

 Tuve yo una novia rusa doliente y flacucha que distraía mi torpeza en su idioma con bolcheviques caricias y mencheviques besos. Nos quisimos unos meses, hicimos planes, iremos a Siberia en tren, veremos la soledad infinita de la nieve. Dimos esa apariencia de novios formales por las concurridas calles de mi infancia. Luisito se ha echado una novia de fuera, su madre está deseando que siente cabeza, a ver si esta dura un poco más que las otras, mira qué buena pareja hacen, ayer los vi besarse, eso dirán. Hasta una señora convecina, quejosa hasta la hartura, amiga de no disfrutar jamás de amores ajenos, bendijo pomposamente el nuestro. Seréis muy felices, tendréis cuatro o cinco niños rubios, parece que la oigo. Alguno será ministro o poeta laureado. Ninguno, me temo, se parecerá al padre. 

Ella, la novia rusa, eso se aclarará después, me dejó a poco de vivir juntos. Abandonó en la mesita de noche, testigo caoba de nuestros ardientes asedios, una página arrancada de una novela de Tolstói, creo que tal vez Guerra y paz, escrita en caracteres cirílicos, subrayando un pasaje al que he vuelto varias veces. Estoy por pedirle al traductor de Google que me lo componga en castellano, pero prefiero no estar al tanto, no tener deseo alguno de saber, imaginar que en esa hoja apartada de las demás está la respuesta a nuestro fracaso, suponer, sin mucho empeño esa especulación, que las trabas, más que sentimentales o logísticas, fueron lingüísticas. Quise con toda la inocencia de la que dispuse no indagar, no despejar las incógnitas, guardar los instantes de plenitud, mi brazo en su talle, su español atropellado, mi ruso terco e invisible, las botellas vacías de vodka en la mesa de la cocina. 

Anoche, escuchando el vals número dos de Shostakovich, me acordé de Polina. Duró poco el romance, era tan hermosa, nos quisimos tanto. Una vez le dije te quiero en ruso. Otra, cuando entramos en confianza y resolvimos primerizamente los apremios de la carne en el aseo de unos grandes almacenes, le dije que no me gustaba Dr. Zhivago. Le pregunté si sabía por qué Ana Karenina se arrojó a las vías del tren o qué pasó con el oro de Moscú. La canción de los Beatles que más me gusta es una de unas niñas de Moscú, me encanta la montaña rusa, mi madre hace una ensaladilla rusa de otro mundo, mi padre votó a un alcalde comunista en las municipales. Cosas de ese estilo. Un día saqué el tema de Stalin; otro, con menos fortuna todavía, el de las mafias y los planes quinquenales. Leí, yo no soy de mucho leer, lo que pude sobre los zares y me envalentoné con el vodka, por si la ingesta me avivaba la inspiración, pero nunca daba la talla en Historia y el traicionero vodka me daba ardores y grandes quebrantos en la cabeza. Por no dejar pespunte sin hilo, dije me cae bien Putin, adoro los desfiles con todos esos tanques por las anchas avenidas que rodean el Kremlin. 

A veces recuerdo nuestros paseos, su mano en mi mano, la luz temblando en las copas de los árboles, las palomas con su bendición vertical y briosa, la manera en que todos nos miraban, lo ruso que yo parecía. Hasta compré unos de esos abrigos recios de invierno, como los que se ven en las películas de espías de la Guerra Fría, acompañado por un gorro calado, con orejeras, y unas botas altas de cordones, marciales como pocas he visto. Me dejó poco días después de la ocupación de Ucrania. Años más tarde, la vi en una conferencia sobre la perestroika. No me hizo aprecio, no me saludó, tal vez fuese otra, es posible. Iba del brazo de un tío cachas con cara de garrulo pulido. Ya no era flacucha ni tenía la cara recogida en ese gesto de dolor tan suyo. Era más ancha de caderas, igual había parido, llevaba un escote intimidatorio. Cuando me acerqué para saludarla, me miró como si no me conociera, dijo algo en ruso. En la invitación posterior, la vi hablar con un señor metido en años, gordo y parlanchín, no me extraña que rico. Su español era fluido, no se atropellaba, no tenía tampoco el acento rudo de entonces. 

Más por hacerle ver que mi corazón no se había hecho trizas, busqué entablar conversación con una mujer que bebía una copa de vino. Me llamo Luis, tuve una novia rusa doliente y flacucha que distraía mi torpeza en su idioma con bolcheviques caricias y mencheviques besos, nos quisimos nos meses, hicimos planes, iremos a Siberia en tren, veremos la soledad infinita de la nieve, aprendí un poco de ruso, me dejó por un tío cachas con cara de garrulo pulido, míralos, están ahí, ¿querrás ser mi novia unos minutos?, quiero que nos vea, quiero que comprenda que sigo en pie, quiero que vea mi corazón y vea mi sangre brincar loca por la tristeza de mi carne, te aseguro que mis intenciones son nobles, cuando acabe el acto, podemos tomar algo por ahí, pero puedes rehusar, lo comprenderé, no es de fiar la gente hoy en día, no he dicho nada, discúlpame, me pongo así cuando me dejan, no es la primera vez, ni será la última, a ti qué te importará, yo luego me arrepiento de estos abordajes, pero ahora no hay nada que desee más en el mundo que me cojas del brazo o que me hables como si de verdad me amases, tú sabes cómo se hablan los que se aman, yo lo he visto muchas veces, y caigo en la cuenta de que ni te he preguntado el nombre, ni si eres de aquí, ni si te gusta el vino que han servido, las frases normales con las que uno rompe el hielo y habla con un desconocido. 

Ella sonríe, abre mucho los ojos, sonríe más, abre más los ojos y me coge del brazo y me habla con una voz afrutada, como de quien ama y el amor embriaga su lengua y se le ve el amor en el hilo fino que une las sílabas y me dice que es argentina, de Buenos Aires mismo, me llamo Renata, trabajo en un asador, sirvo las mesas, me encanta las cosas que dices, no sé tu nombre, ni si te gusta el vino. Y salimos del brazo y la rusa nos mira y creo que se acuerda de la página arrancada a Guerra y paz y se pregunta si al final la traduje o sigue encerrada en sí misma como una piedra dentro de una piedra o como un beso que alguien nos da en un sueño y del que no podemos contar nada porque sigue en el sueño y no hay manera de que salga y conozca el aire y suene. Estoy leyendo Borges completo y tomo dramáticas clases de tango. Bebo mate a todas horas, con voluntad, pero no me entra el sabor. Me he buscado un tutorial en YouTube para preparar el asado con soltura. Por cumplimentar satisfactoriamente los requerimientos previstos, más que por mi equilibrio mental lo precise, estoy yendo a un psicoanalista argentino que ha abierto consulta en mi misma cuadra. Digo vos, che, pibe, mina, quilombo o laburo con esa entonación melódica que tanta gracia me ha hecho siempre. No le pienso sacar a Renata el asunto del golpe militar de Videla, ni la ópera de Evita. A lo sumo, si se tercia, diré que adoro a Maradona, pero temo que sea fan declarada de Messi y me deje ahora que La Pulga está en retirada. En el idioma nos va bien, nos entendemos a la primera. Si se planta y le da por dejarme y subraya unas líneas en una página arrancada de un libro, uno de Cortázar o de Fogwill, entenderé lo que dice, no tendré que usar el Google, pero nuestro amor es fuerte, no me pongo en lo peor, me lo dice mi psicoanalista, al que tengo al tanto de todas mis maniobras galantes. Las vecinas, las de siempre, que saben de estas cosas, nos ven con buenos ojos. Mira qué buena pareja hacen, a ver si esta novia le dura más, Luisito es que es muy exigente, no se conforma con nada, con lo  mona que era la rusa, un poco flaca tal vez, pero preciosa. 

15.9.25

El veneno mudable

 


No es qué hacer sino qué deshacer. Hay que aplicarse a veces en la tala antes de ocuparse en la germinación. Es una especie de síndrome de Diógenes inverso en el que uno va acumulando emociones y experiencias en la confianza de que habrá sitio para todas y cae de pronto en la cuenta de que la cabeza precisa una remodelación, un ejercicio de mudanza íntima que arrumbe lo que no se usa y dé vistosa preferencia a lo recurrido con mayor frecuencia, pero no hay gobierno ni patrón fiable ni criterio para decidir qué meter en cajas y qué no, qué sacrificar y qué mimar. 


Pareciera que carecemos de  intendencia que pese el valor de los recuerdos y sepa a cuáles dar salida. La cabeza está zarandeada por tormentas, dice mi amigo K. No hay día en que una no haga naufragar un barco. Tenemos muchos navegando por ella. Cada salto sináptico es un barco que está intentando llegar a buen puerto. Algunos hacen agua; a otros los espolea la fortuna. Cada vez suceda algo bueno es porque la química hizo su trabajo y la idea prosperó, salvando el oleaje impetuoso, esquivando las rocas en la inminencia de la orilla. 


Las monedas tienen dos caras. Una no puede existir sin la otra, en fin. La tragedia no es distinguible a veces de la comedia. Incluso las adversidades poseen un rasgo de pertenencia de la que no siempre deseamos desembarazarnos. Hay quien es feliz cuando los muchos reveses lo atenazan. Es una felicidad paradójica porque carece de bondad. Se basa en la costumbre. Millones de años de evolución han hecho que el hombre tenga admirables mecanismos de defensa. A todo le sacamos beneficio, todo lo malo que nos ocurre contiene en su interior una brizna de bondad que emerge y se planta ante nosotros deseosa de que la acojamos. Quizá en el fondo lo que se tema sea ser igual de desgraciado cuando no hay motivo que justifique la desgracia. Mis males son míos, podría aducirse. No tenemos la voluntad firme de deshacer el rumbo equivocado, aun a pesar de constatar su daño. Cada uno se administra su porción de veneno. Todos tenemos nuestra parcela en el infierno. El cielo es solo un deseo. Cuánto más a mano se tiene, más conforta aplazar coronarlo.  Por eso el cielo está siempre a medio hacer, como dijo el poeta. Así que salimos a la calle y pedimos que nada nos contraríe. Hacemos esa petición sin verbalizarla. Es un pensamiento fugaz, una especie de invocación a la divinidad, como una oración pequeñita que ensayamos en la creencia de que alguien la escuchará. 


Dios está en la cabeza, forma parte de la sangre desde que el corazón empezó a ensayar sus primeros latidos. El pobre corazón. De ese no hemos dicho nada. También tendrá su opinión en estos asuntos. Dicen que son suyos. Le damos una carga excesiva, no tenemos consideración. Bastante trabajo tiene con bombear, con percutir, con cerrar los ojos cuando no le gusta lo que ve, con advertir que no le hacemos aprecio y lo forzamos más severamente de lo que deberíamos. Todo es muy complicado. La sencillez es una adquisición costosa, pero aprende uno a tutearla, la ve con familiaridad, siente que es parte suya. Somos más felices cuanto más sencillos somos. 


Escucho un labio que tañe la sorda ecuación de todas las campanas del mundo. Escribo un cielo en el que niños con la boca borrada azuzan perros al infinito. Uno toma aire como si tomara absenta, dice Luis Felipe Comendador. El aire se está poniendo tóxico. La absenta la expiden los galenos para amenizar la respiración, que se pone costosa en ocasiones. Si uno fuese Poe le sacaría partido a este sindiós de mundo que se nos está echando encima, pero no es Poe. Luego el poeta Poe tuvo un final triste y terrible. No andamos para encostrar sino para abonar. Lo que no sabemos es qué echarle al campo. Qué pastorcico de los de las letrillas de Pablo García Baena velará la integridad del rebaño. Los lobos son muchos. Hay más lobos que ovejas y quedan pocos pastores. 


Está el campo convirtiéndose en un oficio de fantasmas. Ni se le saca la fruta feraz ni el poeta lo registra y encierra en un soneto. En este tramo canalla de siglo XXI el aire se ha viciado. Huele el mundo a esos pisos que han estado cerrados mucho tiempo. Huele a lobo cercado por los perros, por el pastor, por el hambre atroz que no le deja pensar en los motivos del hambre. Hay que deshacer antes de hacer, hay que reformar la casa. Días de absenta en el aire, días de ebria danza sin porqué. Días para qué. Ebrios vamos. Colgados. Insensibles. La cara que tenemos no nos la vemos. Quienes la observan no reparan demasiado en ella porque temen que les cuentes a ellos la suya. Somos los pastores que no tienen ni idea de cómo meter otra vez en vereda a las bestias. Somos el lobo malo de los cuentos antiguos. Somos las ovejas descarriadas. Somos parte, autor y público de una cosa gris que encostra (me ha gustado el verbo, viene de perlas a este sinvivir metafórico que nos invade) las palabras y las rebaja de su cualidad más hermosa. La de conmover. Ya no nos conmovemos. Y hay motivos. 

Breviario de vidas excéntricas / 37 / Juan Diego de Villarroel

 Debemos a Juan Diego de Villarroel que haya gongoristas en Hannover, en Montevideo, en Villafranca de Córdoba, en Samarcanda o en la Poline...