2.11.15

El examinador examinado





Mientras arriba, en donde se legisla, no haya personal cualificado, bregado en el aula, con los pies en el suelo, a pie de pizarra, no habrá eficacia abajo, en las escuelas, en los claustros, en los consejos escolares. La educación es un juguete en manos de los políticos que la han ido rebajando, adaptando a su ideología, sin mirar en el daño que hace al enfermo aplicarle el dictamen de tantos médicos. No se duda de la buena voluntad del que administra, pero se percata uno, sin que haga falta mucho empeño, que los planes son caprichosos y obedecen a criterios oportunistas, cuando no clientelistas. Está bien que se examine al examinar, por supuesto, pero no parece que el cuerpo de profesores, tan vapuleado, tan puesto en evidencia, de tan rebajado prestigio en la sociedad, acepte que se le evalúe desde el desconocimiento, sin una sólida base pedagógica. Hasta que no se formalice un Pacto de Estado, la educación seguirá avanzando a empujones, con el esfuerzo absoluto del cuerpo de profesores que la ejerce. Porque los docentes hacemos un esfuerzo digno y noble. Nada que deba ser aireado públicamente. No es ninguna heroicidad: es nuestro trabajo, el trabajo por el que cobramos y en el que creemos.

Lo de cobrar por la calidad de lo que se enseña me parece un asunto espinoso. No sé qué procedimientos se pondrán a funcionar para que de verdad el profesorado del que se duda - pues no hay otra cosa que duda - se remangue y haga lo que se supone que no hace. Este gremio nuestro no es el idílico, pero es tan sensible y de tal trascendencia el trabajo que realizamos que se impone una revisión, un mirar lo que se hace y corregir lo que está mal. a LOMCE, con su infame devoción por las estadísticas y por la rendición estajanovista de marcadores y de estándares, de cifras que lo asfixian todo, no es la panacea, ni mucho menos. Es una ley hecha por tecnócratas, gente de buen corazón, en fin, quién va a dudarlo, pero más preocupados por los resultados que por la práctica que conduce a esos resultados. Mientras Méndez de Vigo diga, sin rubor, que va aprendiendo poco a poco a entender este asunto de la educación, pero que está bien rodeado de asesores, España seguirá siendo un país sin futuro. Dicho de una forma bruta, un país sin futuro.


La mejor evaluación de un docente debe proceder del propio centro, no de un agente externo, en ocasiones desavisado, ajeno a las singularidades, obligadamente ajeno, por otra parte. Que un centro tenga mecanismos fiables para acometer esa evaluación es el asunto capital de toda esta conversación. Hay que formar a los docentes. No evaluarlos, así sin más, por lo bien que queda eso en los titulares de un periódico. Antes de que pasen por la evaluación, se les debe contar en qué consiste la nueva escuela, cómo se está rehaciendo, en qué formatos se va a exponer el trabajo de clase, qué espera afuera a los alumnos que estamos instruyendo. Los formadores deberían ser los principales agentes. Primero, involucrándose en el centro; después, orientando su diagnóstico hacia la naturaleza de cada centro; más tarde, preparando a los tutores y a los especialistas; dándoles autoridad, convirtièndoles - de nuevo - en una parte consciente y entusiasta del proceso de enseñanza. Todos los palos que han recibido - debo decir hemos - han enmohecido algunas tuercas de la máquina. Su corazón sigue indemne. 

Marina, un filósofo echado a la calle, a lo que se ve, se ha metido en un barrizal. Hace mucho que nadie se ha llenado los zapatos como este hombre. A ver si ese no es el camino y no hacía falta llegar a eso. Quizá tan sólo haga falta una voluntad económica, un dotar a las consejerías de un presupuesto más amplio: el que posibilite que se cubran las bajas, el que haga que los sueldos de los profesores sea el que merecen, el de antes del bocado que le dio la crisis y que no ha sido compensado. A veces se ve bien a las claras la tacañería de los que mandan. Sí, ya lo sé. De una cepa enana no puede salir buen vino, como cantaba Serrat en la copla de Curro El Palmo. Pero duele que se recorte precisamente aquí, en la educación. Parece que no ven - o no quieren ver o no les conviene ver - que no hay futuro si la escuela se deja así, sin la firmeza que la haría funcionar. Estamos mal. No sé si vamos todavía a peor.

1 comentario:

Joselu dijo...

Espinoso tema el de la evaluación de un docente. Sin duda hay buenos y malos docentes pero ¿quién los evalúa? ¿Con arreglo a qué criterios? Tu sugieres que sea el propio centro. No sé. Durante doce años he padecido (hemos padecido tal vez) a un director chusquero, grosero, con limitada capacidad intelectual aunque sobrado en astucia que manipulaba el centro, que humillaba a quienes disentían de él. No había alternativa. ¿Es este personaje -que me detestaba-quien me tendría que evaluar? Con el cambio de dirección el ambiente se ha enriquecido en modos y prioridades y he encontrado a la nueva directora mucho más receptiva. La evaluación por el propio centro es conflictiva. La mejor evaluación podrían hacerla los propios alumnos, son los que realmente reciben una buena o mala praxis, pero esto también es conflictivo. Todo depende. Lo cierto es que es imprescindible una evaluación pero ¿cómo implementarla? No lo tengo claro. Ha habido extraordinarios profesionales en mi centro, con métodos muy personales cuya dedicación total levantaba suspicacias en muchos miembros del claustro. Era un excelente profesor pero iba demasiado por libre. Tremendo debate que terminará sin ninguna conclusión puesto que cualquier solución es espinosa.