11.6.15

Sin noticias de Heidi



Cuanto más miro la foto, a poco que caigo en la inocencia de la que carece, más me inclino a pensar que estamos en manos de gente admirable. No porque valgan más que uno y tengan valores que uno no posee, sino por la voluntad de vivir la vida que llevan, por aceptar ese vértigo y levantarse por la mañana vestido de personaje público - y estos dos de un modo masivo - y acostarse sin haberse desvestido, desprendido de ese traje. Hay oficios que se miden por la responsabilidad que conllevan. La de ellos es alta, aunque no desdeño la de un cirujano, la de un abogado, la del conductor de un autobús o la de un maestro o la del panadero, sí, cuidando que el pan que prepara por la noche en el obrador esté apetitoso y cumpla la normativa que exista en la fabricación del pan. Admirables Obama y Markel, sí; y reprochables también. No convencerán a todos. No lo hacen, de hecho. Les arreciarán las críticas y tendrán los halagos de algunos. Porque detentan puestos que suscitan adherencias fuertes y repulsas extremas. No les envidio. No me atrevo a criticarlos, aunque motivos tendría. Alguien tiene que estar en ese banco, aunque sea tan relajadamente, como si el mundo girara bien - y bien sabemos que no gira bien - y parte de esa eficiencia en el giro estuviese dependiendo de su gestión en el cargo. Hay cargos que deberíamos ocupar todos. Y de ahí ver la vida con otra perspectiva. La política es un oficio ingrato, al que con frecuencia se le zahiere a gusto. Hay una voluntad en menospreciarla, en recabar los máximos apoyos para que la tarea de defenestrar su prestigio obtenga éxito. Y a pesar de lo justa que parece esa empresa, habría que repensar la táctica y obrar de otra manera. No sé cuál. Esto es un dejarse ir, un hablar tras ver una fotografía, la de la Merkel y Obama en un descanso del G8. Parece, vista sin otra información añadida, un montaje. Parece de mentira, es cierto. Luego están los de siempre, los que agotan las posibilidades gráficas y le buscan el humor que igual no tiene. Qué bien está uno en la inocencia, qué pronto se descabalga de ella, qué rápido la echa de menos después.