6.1.15

Día de magia





A día de hoy, en mis cuarenta y muchos, todavía no he dejado de pensar en la bondad de los Reyes Magos de Oriente, en toda la magia con la impregnan los sueños de los niños. De pequeño, bendecido por la inocencia, brincaba de la cama, organizaba una fiesta en el pasillo y desparramaba todos los regalos, ideando cómo jugar con todos a la vez, de qué manera no perder un minuto de placer antes de que se acabase el festín de los sentidos. Porque incluso entonces uno entendía que las cosas buenas tienen un plazo. No lo sabe de un modo nítido, no tiene las palabras que lo verbalizan, pero comprende el concepto primario de inicio y de fin. Lo que hoy descubro no deja de ser un festín también. Importa muy poco que la inocencia haya sido barrida por la experiencia, pisoteada a veces; de verdad que importa lo justo que tengamos noticia del fraude. La magia, cierto tipo de magia, persiste. Lo hace de un modo épico, venciendo todos los obstáculos del mundo, dejando atrás todos los impedimentos posibles, adquiriendo la suficiente fuerza como para no dejarse importunar por el caos, por el vértigo y por la fiebre, que son los males del mundo y los que lo tienen enfermo. Hoy el mundo debería exhibir una salud de roble, sin que nada malograse la felicidad sencilla, muy primaria, muy frágil, de que por unos minutos, ojalá fuese más tiempo, todo marcha bien y la vida es un regalo y hasta la tierra gira en armonía con el cosmos. No sucede nada de esto, no es una fiesta que hoy los Reyes Magos de Oriente entren en unas casas y pasen de lado por otras. No lo es que las noticias cuenten el dolor y lo cuenten otra vez y sepan que contarlo es un negocio. Yo me quedo con mi taza Breaking Bad para el café, que estrenaré hoy, una con Walter White diciendo que es el que llama, el jefe, el puto amo. Me sigue fascinando la magia de una mañana perfecta. Lo era cuando yo era un niño y mis padres se esmeraban en que algo me esperase a pie del árbol, lo fue después, cuando yo tuve los míos, y lo sigue siendo ahora, cuando ya somos todos adultos y a ninguno se le escapa que los Reyes no existen y que todo depende de la salud de la libreta de ahorros. Los míos, mis reyes de anoche, han sido espléndidos. Me he debido de portar muy bien, he debido ser un chico bueno, uno que no ha hecho mucho mal a nadie. Es imposible no hacer alguno, es del todo imposible que no haya habido un día en que alguien te haya mirado aviesamente y te haya deseado carbón, pero no se cumplieron sus pronósticos, no anoche, al menos. Espero que por aquí, entre quienes leen lo que voy soltando, la magia les haya ocupado el pecho y haya dibujado una sonrisa en la cara. En lo demás, en la celebración del resto del año, uno desearía que no se perdiese esta voluntad, que no se acabara despeñando por las cunetas de los días, las que van alfombrando el camino, no sabemos bien a cuento de qué, como si debiéramos ir superando pruebas y merecer, qué sé yo, el aplauso al llegar a la meta. Quizá el problema es que todo se maneja como si fuese una carrera y tuviésemos que figurar en una lista, en un ranking que cuente quién llegó el primero, en cuánto tiempo, si muy cansado o fresco y con ganas de continuar. Esta felicidad de hoy flaquea por su condición de simulacro. No persiste, no se extiende conforme el año avanza, deja de pronto de tener el valor que le dimos, le sustrajimos su capacidad de fascinarnos. Dicen que la religión es la que hace que los pueblos se cohesionen y prosperen. Ojalá (vuelvo a pedir, insisto en mis plegarias)importe de verdad este instante de abrazos y de festejos. Lo digo a sabiendas de lo inconsistente de lo que expreso. Ya se sabe: perdimos la inocencia, la apartó del camino la experiencia, sea eso lo que sea. Que tengan un buen día y todo sean abrazos. 

5 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Tengo a mi abuela Isabel presente en cada momento. Ella fue mi alma y mi luz. Cuando llega la Navidad era la primera en sacar la zambomba y ponerse dale que te pego. La pobre trabajaba en una fábrica y le regalaban una cesta y llegaba a mi casa con ella a cuestas y nos decía que podíamos coger lo que quisiéramos. Tocaba la pandereta y a veces cogía una botella de anís vacía (ella se encargaba de ello) y se ponía a rasgarla con un tenedor y cantaba villancicos. Tenía una paga y se la gastaba conmigo, con todos sus nietos. Hacía rosquillas. Hacía tantas que cuando llegaba el verano todavía se podían encontrar a algunas debajo del sofá o de la cama. Cuando llegaba Reyes ella me cogía del brazo y me decía: “Vamos a buscar tus juguetes”. Recorríamos todas las tiendas y me dejaba elegir. Decía: “Tú debes elegir lo que más te guste. Y eso de los Reyes es una estupidez. Soy yo quien te los regala. Quien está contigo. Quien te coge del brazo y te quiere y no esos barbudos que están en las cabalgatas y no levantan el culo de sus asientos falsos y saluda con hipocresía. Además el que hace de Gaspar salí una vez con él y es un borracho machista”.
No sé por qué cojones dejo esto tan personal en este espacio. Hoy no es día de Reyes para mí sino día de recuerdos de una gran mujer que echo mucho de menos.

Un fuerte abrazo, amigo.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Grande tu abuela y el modo en que te cogía del brazo y te enseñaba el mundo a su manera, que era hermosa y noble.
Y con su chispa también.
Las cosas personales, a veces, conviene airearlas. Para que se sepan, como decía Serrat.
Feliz entrada de año, señor amigo, que no he tenido el detalle de señalártelo

Anónimo dijo...

Aunque no creas, Dios te bendiga. La paz es lo que hemos perdido, la armonía en el cielo, la inocencia esa que hablas...
Luisa

Sergio DS dijo...

Yo me sigo ilusionando, ya no bueno pero "inocente" que es uno.

Un abrazo, rey.

Conrado Castilla dijo...

Me encanta como has contado el día de Reyes. Sin duda un poco de esa ilusión sigue manteniéndose en nosotros aunque seamos adultos. Siempre ha sido la fiesta que más me ha gustado.