15.8.13

El trapero del tiempo / Rafael García Maldonado: La novela de sofá





A diferencia de lo que suele pensarse, la novela es un género de minorías: las mayorías prefieren el mundo de la realidad tangible, el del espacio privativo de la imagen. He ahí la oportunidad de la "novela de sofá", por cuya pervivencia está el autor, en contra de los cultivadores y explotadores de la "novela light".

Mario Vargas Llosa



A veces es el azar el que alienta a que todo fluya armónicamente. No es algo que uno provoque o algo a lo que uno se arrime voluntariamente. Es el bendito azar el que nos amarra a la bondad de las cosas. Luego está el reverso tenebroso, que viene a decirnos cómo el azar malogra la armonía, nos desamarra del placer y da al traste con todas las buenas intenciones de donde partimos. El azar se llama hoy Rafael García Maldonado, novelista, farmaceútico y hombre atento, en lo que poco que lo traté, amable, tocado por el hechizo de la escritura, como otros, convencido de que se pueden escribir novelas de asunto, de narrativa larga, extendidas por muchos espacios y por muchas épocas. El trapero del tiempo (Almuzara, 2013) es la constatación de que escribir es un oficio maravilloso y de que leer sigue siendo una de las cosas en las que uno puede seguir confiando. La historia de Rafael es ambiciosa, traba elementos en apariencia inasibles y acaba tejiendo (primorosamente) un espectacular (y también crepuscular) retrato de una sociedad a la que le han extirpado de cuajo algunos de los pilares sobre los que aspiraba a sublimarse. Ignoro si la crítica seria, la de postín, la vendida en los suplementos y bragada en libros de literatura de fuste, habrá despachado como una pieza sacrificable la novela de García Maldonado, pero el lector eventual y el avisado, liberados del peso terrible de la responsabilidad y encomendados al maravilloso oficio de la lectura, habrán disfrutado de un libro notable, al que mimarán los años y del que saldrán (porque el novelista de verdad lo es a modo completo y no se me ocurre que no haya más libros de Rafael en adelante) otras historias y en donde se pulirá el volumen (a mí me ha gustado su grosor pero reconozco que no estoy hecho a enfrentarme con tochos de ese rango) y se afinará el pulso. A pesar de que no desbarra nunca, aprecio que se embebece en ocasiones. Se deja llevar por la inercia de las palabras (que lo son todo, pero que son también un instrumento) y se precipita en peligrosos despañaderos, que aportan información y crean un contexto para lo que está por venir, aunque hacen que se extienda en demasía la trama. Nada de esto que acabo de escribir menoscaba el placer de la lectura. Bien al contrario, habrá quien haya encontrado precisamente en esto que recalco (en la dureza de la empresa, en la aventura considerable de no perder un detalle y llevar en la memoria el sinfín de situaciones que alimentan la historia principal) la razón principal de su disfrute.

En todo caso, agradezco a Rafael, hombre de una amabilidad antigua, de las que ahora no cunden, que tuviese el detalle de enviarme el libro y pedirme que lo leyese y consignase aquí la opinión que me merecía. No está a la altura mi comentario a lo leído. He tardado más de la cuenta (ah las ocupaciones, ah el tiempo, ah la pereza del verano) en llegar al asombroso final (nada de spoilers, aquí yo he venido a darle cuartel a un libro y hay que metérselo entre pecho y espalda para saber de qué hablo) y he de consignar aquí el trabajo de concisión, la voluntad de recuperar la alegría que a veces dan las novelas, que no siempre. Se queda uno en paz con el mundo, comprende algo que probablemente ya sabía: que la novela es un género fundamental para que el mundo en que vivimos siga girando y lo haga con la armonía que la gente de buen corazón le exigimos. Los otros, los descarriados, los que se obstinan en malograrlo todo, no van a leer nunca una novela y mucho menos una de esta complejidad. Eso es tal vez lo que más me fascina: que sea tan ambiciosa, que su construcción sea tan sólida y chirrie lo justo, en algunas curvas demasiado pronunciadas. Dupont y Adames perdurarán en la memoria del lector: lo hará la historia de amistad que forjan a través de los años. Todo lo demás (la Gestapo, la corrupción urbanística, la malacología o la infame Guerra Civil Española) son el chasis, la caja en la que Rafael ha introducido unos zapatos estupendos. Que los saque pronto y eche andar con otra historia.

A modo de coda
Queda (pues) fe en la novela; no ya en ésta, apetecible, lustrosa, rica, sino en el género, en la constatación de que la Historia (con mayúscula) se escribe cuando se la literaturiza: al ficcionarla, en el momento en que se registra lo real al cobijo de lo fabulado, la Historia se incrusta en el acervo narrativo de los pueblos. Quizá por eso debamos cuidar de que se sigan editando novelas y que gente joven como Rafael García Maldonado sean benditos reclutas de un oficio antiguo, noble como pocos, a los que algunos que escribimos no sabemos cómo hincarle el diente y andamos ahí, barruntando proyectos, especulando con la posibilidad de ser lo suficientemente audaces como para escribir una. Mientras tanto, disfruta uno (yo, al menos, mucho) con el genio ajeno. 

3 comentarios:

Jorge Ampuero dijo...

Certera reseña, espero leer la novela por aquí.

Saludos.

Alberto Soria dijo...

Apuntado. Lo busco y lo degusto antes de que acaben mis vacaciones.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Te va a gustar, Jorge. Una novela. Con todas las letras.

Apuntado, luego leído. Que no se te pase, Alberto. Un abrazo.