27.8.12

La noche y la ciudad

Soy urbano de un modo absolutamente obsceno. Rehúso con torpe amabilidad si me invitan a dar un paseo por el campo, distingo el placer fiable de las ciudades en las que viví del placer antojadizo y hostil de la montaña o de la campiña que circunstancialmente me rodea, acepto (en fin) un paseo entre buganvillas o la contemplación gozosa (lo es) de unos riscos en los que se advierte con más entereza la mano de la belleza, pero amo la ciudad. La amo de un modo absolutamente desinteresado. Mi entrega no pide un peaje al objeto amado. Ando las calles de las ciudades con la secreta certidumbre de que estoy asistiendo a una especie de película proyectada solo para mí. Importa escasamente que sean calles repetidas y que los personajes que las pueblan sean cercanos. Lo que me entusiasma, el hecho que activa la fascinación de la que hablo, es el atropello feliz de las cosas, el vértigo de las aceras, la vida misma como un carrusel, ofrecida a destajo, derramada, oliendo y oliéndose a sí misma, contándome a cada instante que soy espectador privilegiado. Amigos a los que cuento esta desviación mía me amonestan con afecto, sancionan la parte de mis vicios que no es sana del todo. Admito cualquier cosa que digan. Digo lo que alguien dijo sobre un asunto de más espinoso trato que no viene a cuento: estar en la ciudad es una forma de no estar en el campo. En las anchurosas lomas de las afueras, más allá de la periferia de las ciudades, donde apenas es apreciable la mano del hombre, no hay cafeterías ni tampoco ese amable río de gente en el que me pierdo y en donde me encuentro. La agitación de lo que sucede alrededor de uno lo envuelve, lo anula de algún modo. No hay día en el que la ciudad que paseo me parezco la misma ciudad. Ni siquiera el pequeño pueblo en donde vivo (felizmente) suprime esta querencia mía hacia los emplazamientos grandes. De lo que se trata es de que el viaje sea novedoso cada vez que se emprende. Da igual si visitas la Itaca del poema de Kavafis o sales por la noche a andar sin un destino fijo. Lo importante es la sensación de plenitud que se adquiere cuando uno verdaderamente ama algo y sabe que no se agota. En ese no agotarse, en esa infinita maquinaria de asombro que es la realidad, está la felicidad tal vez. Dichoso el que la encuentre en la cima de una colina o ensimismado en la belleza del mar de olivos que veo si me asomo ahora mismo a la ventana de la habitación en donde escribo. Mi viejo amigo Juan Aragonés la encuentra en la visión de sus pájaros, cámara en ristre, pertrechado de paciencias y gigas, esperando que la criatura haga bendito acto de presencia para que él pueda registrarla. Lírico Juan, que has provocado que escriba esto. Yo soy un ser de ciudad. Mía es y en ella me entiendo en lo que puedo, pero ah mis deseos, ah la luz que me aturde, no me pidan que renuncie al mar. Es frente al mar o es en el mismo mar, sumergido en su visión pristina y mitológica, en donde creo que de verdad me hallo en paz conmigo y con lo que mis desajustes emocionales barruntan. Mañana dejo la ciudad (ésta, al menos) y busco el mar y no escribo en unos pocos de días. Ni sobre el mar ni sobre John Coltrane. Ahora mismo esta ensimismado, en un trance de no salir jamás del altavoz derecho por donde suena.

17 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

¡Me gusta tanto la noche...! La noche es el parón definitivo a las inquietudes de la vida. Me imagino la muerte como algo así, con estrellas, con árboles, con una Luna redonda y con casas habitadas por espectros discretos.¿Quién es esa mujer que taconea detrás de ti? No temas, es la noche, que te sigue los pasos.Ay,la noche que acaba de pasar se va al mismo sitio en que está la noche más antigua del mundo.

Abrazos,amigo,abrazos

Juan Herrezuelo dijo...

Confieso que en esta cuestión me siento próximo a tu viejo amigo Aragonés y plenamente identificado con esa mirada tuya sobre el mar. Temo ser un misántropo irrecuperable, porque mi inquina no se dirige hacia las ciudades en sí mismas, sino hacia esa enorme cantidad de gente que, hacinándose en ellas, se obstina tantísimo en hacer notar su falta de educación. Por eso la ciudad me gusta a esas horas en que apenas hay nadie en las calles, preferentemente muy temprano y digamos que un domingo. Eso sí: prefiero la literatura urbana a la rural. ¿Tiene sentido? Un abrazo.

Isabel Huete dijo...

La belleza está allá donde la quieras encontrar y su disfrute es ajeno al lugar donde la descubras. La belleza, aunque no lo ocupe todo (a veces es diminuta), está en todos los lados. Quizá por eso, porque juego con ella al escondite, disfruto tanto en todos los sitios en los que me encuentre.

José Luis Martínez Clares dijo...

El mar como retiro innegocible; la ciudad como escenario cinematográfico. Creo que de tanto leer y ver películas, de tanto rondar historias ajenas, de tanto soñar como Cortazar con nuestra ciudad (magnífico artículo de F. Machuca al respecto), pasamos más tiempo en una realidad paralela que en aquella que realmente precisa de nosotros. O tal vez no tanto. Tal vez seamos más necesarios aquí. Abrazos y feliz descanso

Conrado Castilla dijo...

Como sabes amigo Emilio siempre me he considerado un ser urbano. Me gusta pasear por la ciudad, muchas veces entre gente que no conozco, por sus parques, pero el campo, eso es otro cantar. ¿Y el mar? la mar de Alberti, esa si es mi amiga, tranquila como la contemplo ahora desde mi terraza o algo más brava, pero siempre inquieta. Ya pronto volveré a la ciudad pequeña que compartimos y el mar pasará a formar parte de la nostalgia y el recuerdo hasta el año que viene.

Marta García Cuesta dijo...

Me quedo con el campo, virginal, ya menos, con la paz sin contaminación, pero es la ciudad la que fomenta la Granliteratura y el Grancine que adoro. El mar siempre lo tuve cerca- viví en Benidorm 30 años- y lo echo de menos a medias. La noche nunca me fallarà, es mi compańera. Felix descanso, feliz regreso a tu Espejo.

Denise Aldonza dijo...

La ciudad no duerme y el campo madruga. En la ciudad: las luces, las prisas, los alquileres, las hipotecas, los bancos... ¿El sudor del campesino o el nudo de la corbata en la oficina? Díficil decisión. Bonita descripción.

J.C.Alonso dijo...

Es curioso. Tengo un amigo—de esos que se cuentan con los dedos de la mano—que le pasa algo parecido: un urbanita puro (mata por la ciudad). No le gusta la playa, ni la montaña ni nada relacionado con la naturaleza. No le gusta el jazz—affaire, donde chocamos—pero es un devoto del Garage rock. Espero el inmiente otoño para charlar con él de los Cramps (me encantan). En verano se encierra en su cripta y yo desaparezco en la inmensidad del mar. A veces, busco en algún bosque Navarro el silencio. La ciudad es hermosa y tentadora, sobre todo, si está desnuda como le gustaba a Dassin. Feliz asueto y saludos

Ramón Besonías Román dijo...

No envidio a quien no sabe dejarse embriagar por la presencia de las cosas a su rededor. Contemplar es una actividad en desuso. Hoy se ve, se observa; si acaso se mira. Pero contemplar es un privilegio que solo es concedido a quienes se exponen con vulnerabilidad a la vida. Bien, my friend, el hombre contemplativo, gozando de su estar en el mundo (Heidegger dixit).

Juan Manuel Gómez dijo...

El tiempo en este siglo 21 es urbano. Me quedo con la ciudad, aun sucia y perversa. La idea es retorcida: se ama el mal porque el bien no engancha y queremos tralla y toxinas.
El campo, en donde paradójicamente nací, me cansa, no me da lo que busco.
Tu blog, tu forma de contar las cosas, tu escritura: se agradece mucho. Un lector futuro y fiel.

blas del pinar dijo...

La ciudad terrible ciudadcon sus paredes muertas,solo reflejo del laberinto de nuestras vidas ,enmudecidos cual marionetas . sin el silencio no descubriremos la armonia verdadera del Universo.

blas del pinar dijo...

La ciudad terrible ciudadcon sus paredes muertas,solo reflejo del laberinto de nuestras vidas ,enmudecidos cual marionetas . sin el silencio no descubriremos la armonia verdadera del Universo.

blas del pinar dijo...

La ciudad terrible ciudadcon sus paredes muertas,solo reflejo del laberinto de nuestras vidas ,enmudecidos cual marionetas . sin el silencio no descubriremos la armonia verdadera del Universo.

blas del pinar dijo...

La ciudad terrible ciudadcon sus paredes muertas,solo reflejo del laberinto de nuestras vidas ,enmudecidos cual marionetas . sin el silencio no descubriremos la armonia verdadera del Universo.

blas del pinar dijo...

La ciudad terrible ciudadcon sus paredes muertas,solo reflejo del laberinto de nuestras vidas ,enmudecidos cual marionetas . sin el silencio no descubriremos la armonia verdadera del Universo.

Flick El Sapo dijo...

Soy el alterego del posteador universal con índices masivos de psicofonías culturales. Flipo en cromatismos cuando leo textos con adherencias místicas. Me vuelvo y resuelvo y lanzo y me disgrego. Viva el amor psicofónico. Viva el posmortem sideral sin Dios ni oficio. Estoy en deuda con este post.
Me salgo a dar un paseo que me está haciendo falta.

Olga Bernad dijo...

El mar es lo mejor para mirar, y la ciudad es lo mejor para volver. Me gusta regresar a mi ciudad de secano en la madrugada y ver desde el llano ese ejército de luces esperando. Aún me sorprende, acogedor y temible. Ahí está todo, "en ese no agotarse".
Me quedo esta entrada.