Fue Alex Herrera quien me puso en la pista de Taniguchi. Me fascinó la limpieza del trazo, esa especie de quietud que transmite paz y hace que todo se amanse un poco. La ilustración de Taniguchi no precisa un desarrollo narrativo muy elaborado. Su idea de contar una historia es de una concisión descorazonadora. Se precisa ahondar, dar con el hilo para que se desmadeje el cuerpo oculto. Es la imagen la que cuenta la historia. Nos hace pensar en la gente que sube a un árbol en busca de un juguete extraviado o en quien pasea bajo la lluvia sin avivar el paso, dejando que le cale. Lo que me agrada de Taniguchi es esa elegancia para hacer trascendente lo aparentemente irrelevante. Por eso tal vez prescinde de un texto boscoso, que agota la imagen. Es uno el que debe deshacer la compostura de las líneas, su trazo vertical y melancólico.Taniguchi es un bálsamo. Como cierto tipo de música que transmite armonía y paz, sus dibujos proporcionan calma, hacen que todo cobre un sentido.
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