No sabe uno nunca bien por qué se despierta a mitad de la noche y decide no conciliar el sueño de nuevo, levantarse y escribir. En principio, tampoco sabe sobre qué escribir, pero media hora más tarde ha hecho un poema de manera que el poema se integra en el sueño posterior y lo puebla. La realidad impregna la ficción. Lo inventado impregna lo inventado. La ficción se fagocita y se agranda y se adensa.
Leído el poema esta mañana, después de una buena ducha y un desayuno completo, no lo considero de mi autoría, no lo recuerdo incluso, está entre brumas. Es el eco del insomnio, su registro. La literatura es el volcado de ese relato onírico. Sabemos razonar todo lo que nos ocurre, le hemos puesto nombre a todas las cosas, somos los dueños de la realidad, pero no hay propiedad de los sueños, no se puede manejar la voluntad cuando los cruzamos. Es secreta su fortaleza y su reinado.
El poema, largo como pocos que yo haya escrito, acaba en el sueño, no podrá ser leído nunca, ni acabado. Tal vez regrese, quién sabe cuándo.
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