18.10.14

Una carta


Mariano, la de veces que te habrás preguntado cómo ha llegado la cosa a desmadrarse tanto. Es curioso eso de que las cosas se salgan de madre. Como si la madre fuese un asidero fiable, un refugio probado. Del padre no se dice nada, al padre no se pone en conversación cuando hay que sacar los trapos sucios o contar los pecados propios o los del vecino, no necesariamente en ese orden. El Estado viene a ser una especie de padre al que de pronto le hemos plantado cara y le he estamos pidiendo que se aclare o que se vaya. Hay muchos padres por ahí que han descargado en las madres o en el azar el cuidado y la educación de los hijos. Creo que somos unos hijos razonables. Otros, en mitad de este barrizal, ya habrían adoptado soluciones más drásticas o habrían salido por pies del caos y se hubiesen mudado a otro rincón del planeta. Todo por salir de la casa familiar. Aquí no hay quien viva, salvo los que tienen la manduca asegurada, que son muchos, menos mal. Pero igual hay demasiados que la tienen más que asegurada. Hablo de los que esto de la crisis les trae al fresco y pasean su abundancia y hasta, en el paseo, la engordan. Por eso hay que hacer algo, Mariano. O lo haces tú o encomiendas a otros que lo hagan o nos dejas que pongamos a otro en tu despacho por ver si de verdad nos pone en el buen camino. No sé tampoco si los candidatos que postulan poner el culo donde tú lo tienes plantado ahora merecen ese honor. La política puede ser considerada un honor, pero quienes la ejercen la están emporcando, llevándola a un terreno donde no va a ser posible sacarla, a no ser que hagamos una especie de amnistia sentimental, un reseteo a todo el sistema. Lo malo es que en el arreglo se quede pillada la máquina y no sepamos cómo echarla después a andar. No tengo edad para recordar el trabajo que costó ponerla a funcionar, pero he escuchado y he leído y sé que no fue una empresa fácil. Habrá quien piense que todavía está de pruebas la máquina, que le estamos haciendo un rodaje, uno largo, mayormente. Así que, Mariano, espabila o espabila más de lo que lo haces. Espabilado, atento, nos sacarás del fango. O tú u otro, en fin, ya sabes. Solos, sin la ayuda del padre, no podemos. Al pueblo hay que administrarlo, conducirlo, estabularlo, aplicarle las leyes, no concederle la potestad del libro arbitrio. Un pueblo bien comido y bien leído, el que tiene la cabeza en paz y el panza cubierta, no se tira a la calle, ni vapulea a quien tiene la encomienda de que las cosas, al menos, no empeoren, no pierden el brillo que han ido consiguiendo al correr de los tiempos. Es que hemos ganado mucho, Mariano, para tirarlo ahora por la borda. Y se están tirando cosas. No es ésta una carta escrita a modo de inventario de reclamaciones, qué va. Es un volunto mío de sábado, una especie de oración laica para que se me escuche. Yo, que no creo en la derecha del padre ni en la salvación o la condena de las almas, creo, sin embargo, en la autoridad del Estado. De no haber autoridad tal, no pasearía a gusto por las calles de mi pueblo, no esperaría sin angustia que se me ingresase (ay bendita nómina) lo que mi trabajo me reporta, no dormiría feliz, pensando en frivolidades, en cosas de menor fuste, en lo que hace que mi alma se enriquezca a diario y no tema, como a veces suele, que se venga todo abajo, que se vaya todo a la mierda, Mariano, que no es plan, ya digo, que a estas alturas del viaje tengamos que regresar o que pararnos. Debemos ir hacia adelante, no me imagino otro modo de placer que el viaje pensado como un descubrir continuo. Y en ocasiones me da por pensar, con miedo, con mi poquito de miedo, de que vamos hacia atrás, Mariano. En educación, en sanidad, en derechos, en libertades, no sé, todas esas grandes cosas, esas grandes palabras que llenan las bocas de los políticos como tú, permite que te tutee, las que sacan cuando ocupan las plazas de los pueblos, los pabellones deportivos cuando hay elecciones. Siempre sabe uno a quién no va a votar, pero no sabe a ciencia cierta quién se llevará mi apoyo, mi palmadita en la espalda, mi palabra de afecto en estos tiempos difíciles. Son tiempos difíciles, Mariano. Por eso, por lo difíciles que son, se entiende que cueste sacar esto hacia adelante, evitar que todo se acabe desmadrando más de lo que está. El desmadre se percibe sin mucho esfuerzo. Está ahí afuera. Mientras tú das cifras y cuentas la historia del país que va a mejor y que sale del hoyo, nosotros, los que hacemos las cifras y vivimos en el hoyo, no te seguimos, no vemos que el brote sea verde, aunque la metáfora no sea tuya, no nos alegran las estadísticas. Nosotros, los de aquí abajo, nos fijamos en detalles más pedestres, de menor fuste macroeconómico. Nos quedamos con titulares sueltos, con conceptos como el de umbral de la pobreza. De verdad que no se nos ocurría que en España hubiese, en el siglo XXI, tanta gente muriéndose de hambre o de tristeza o de ansiedad. Las tres cosas o incluso las tres juntas acaban con la fiereza y el estilo del mejor discurso, hasta del discurso más contrastado, el que exhibe números más redondos. Yo creo que todo lo traduces a números, Mariano. Se te ve el plumero agrimensor, la rémora de los años en que mesurabas las fincas y salvabas el prestigio con la rendición de toda esa matemática gris. Todo es gris. Todos somos grises. Nos estamos volviendo de ese color. Es el que mejor nos define. No te tomes esto como algo personal. Cualquier en tu lugar cometería los mismos errores. Debe ser duro el peso del poder, la responsabilidad del poder. O quizá es que la máquina estaba muy averiada, en fin, es posible, y lo que no se ha dado es con los mécanicos que la echen a andar de nuevo. Cuando lo hacía, cuando funcionaba, iba bien, pero fue un trayecto muy corto y la memoria es a veces poco fiable. Ahora te dejo. Sigue a lo tuyo. Contamos contigo. O con otro, pero que sepas que el ánimo de contar con alguien continúa firme. No está bien desmadrarse. Un pueblo entero, desmadrado, no cavila cosas buenas. Bueno, ya le dejo, tendrá sus despachos. Habrá percibido el tono educado con el que me he servido escribirle. No merece otro. No creo que merezca otro, pero entendería a quien se le ocurriese salirse de esta corrección mía, a quien le alegrase el alma desmadrarse un poco, un poco al menos. 

7 comentarios:

Juan Herrezuelo dijo...

Bueno, de padre bien podría decirse aquello de "y muy señor mío", que es más o menos el grado del lío en el que nos han metido, del marrón, iba a decir, pero como bien dices esto ha regresado a un gris marengo como el de los tiempos del Nodo, así de atrás hemos llegado. Y los de la manduca asegurada se rigen por aquello de que la buena vida es cara, hay otra más barata pero no es vida; pero sí que lo es, qué remedio: vida es el nombre que le dan a la suma de sus días los que han quedado al otro lado de ese umbral, de ese hambre, de esa tristeza, de esa ansiedad. Vaya mi firma junto a la tuya en esta oportuna carta, Emilio.

Anónimo dijo...

Perra está la máquina, desacostumbrada a moverse, Emilio. Vaya mi firma con la de Juan también. Yo creo que le llega al presidente y le pone un marco.

Ana Plaza

jonhan dijo...

El paternalista Mariano, no leerá su carta. Ni nadie de los que le rodean cual moscas lo hará, y es una pena, y así nos va.

Estimado maestro, usted lo dice bien claro y educado, un pueblo con hambre, ansiedad y tristeza, tan gris, tan sin fuerzas, no osa rebelarse, y así nos va.

Siempre es un placer pasar por aquí.

Marife Santaella dijo...

No es mala la carta. Es inocente, pero el punto era que fuese inocente. Los que somos inocentes somos los dueños del mundo todavía. Nos lo están quitando a puñetazos. Un gustazo leer un texto así.

Isabel Huete dijo...

Siempre tan templado, Emilio. Así eres tú y por eso entras en el cupo de mis favoritos, quizá porque yo soy una beligerante crónica. Prefiero no decir lo que yo le diría en el caso que alguna vez se me ocurra escribir una carta a semejante fantoche. :)

MANZANA phone dijo...

Que pena que esta carta no será leída por aquel a quien va dirigida.¿ O quizás esta carta vaya dirigida a cada uno de nosotros?

Mycroft dijo...

Traer al enfermo contagioso, que había elegido estar allá, y no llevar los médicos allí, sólo me lleva a una conclusión: El gobierno quería el ébola en España.
Pánico, histeria de masas, portadas de ABC a lo Orson Welles, y mientras tanto, nos comemos el Mcgufin de si Mato, una ministro amortizada, dimite o no dimite (aparte de Cañete y Gallardón, al que mató políticamente dándole el encargo envenenado, no ha habido crisis de gobierno) pasan tres o cuatro meses, y uy, ya le queda menos para acabar la legislatura.