6.9.14

En un baile de perros


Hay algo de halago en el hecho de que no le caigas bien a alguien. Lo hablé precisamente anoche. Siempre hay por ahí alguien que no te traga, al que no gustas,  que prefiere no saber de ti o al que incluso le encantaría saber que te va mal, que la desgracia se te ha echado encima y andas triste por la calle, sin que te asista la alegría de antaño, en fin. Es un halago que no todo el mundo tenga de ti una opinión favorable. De tenerla, fallaría algo, como deja caer mi amigo Joselu, que es un librepensador, un señor que le da muchas vueltas a la cabeza y va registrando todo lo que buenamente va saliendo de esas cogitaciones. La idea de que gustes, no ya de que tengas amigos o que alguien te ame de verdad, digo el hecho de que los demás reparen en ti y aprecien lo que haces o lo que dices siempre me ha parecido enormemente atractiva. He conocido gente con un encanto fabuloso, que han conquistado el lugar en el que estaban, haciendo que todo girase alrededor suya, representando una especie de función muy natural de teatro en la que los otros eran espectadores y, en ocasiones, participantes de la trama. Alguno de ellos, al que considero un hermano, posee la facultad de caer extraordinariamente bien o de, si se lo propone, no caer bien en absoluto. Admiro ese milagro de los afectos inmediatos que yo, en lo que entiendo, practico a veces y que no siempre resulta oportuno. Mi abuela lo decía de otro modo: hay que ver cómo te gusta llamar la atención. Uno se ve desde fuera como si yo no fuese de su propiedad. Se contempla al modo en que contempla a los que lo rodean.  Lo cantaba Auserón en la mejor Radio Futura: Deja ya de intentar caer bien a todo aquel que se ponga delante, pues quizá todo el mundo a la vez va a cambiar de opinión contra ti. Lo digo de memoria. Puede faltar algo. 

3 comentarios:

José Ignacio Macías dijo...

Hace años, muchos años, que leo lo que escribes y es la primera vez que escribo un comentario. No me gusta. Prefiero leer, y leer buenas palabras, metidas en frases que están clavadas. Me gusta El espejo de los sueños porque está muy, muy bien escrito, pero sobre todo porque es muy rico. No comprendo cómo puedes tener esa incontinencia literaria. Escribes casi a diario, durante... cuántos años? Lo que escribes hoy es más o menos lo mismo. Se trata de buscar afectos, inmediatos o no, como escvribes. Yo soy un poco como tu amigo-hermano. Me encanta llamar la atención. Mis hijas me reprenden en cuanto hago el tonto para que se rían los demás. En el fondo me da igual lo que piensen de mí, yo creo que lo hago para reírme yo.

Me encanta tu trabajo.
Espero escribir en comentarios más a menudo.
Por hoy ya ha estado más que bien.


Ramón Besonías dijo...

Uno de los pecados más irredentos. Contentar. No tanto por bien del beneficario cuanto por alivio del mártir. Miedo a no gustar, al rechazo, a perder el crédito de la tribu. Quien padece esta enfermedad no puede impedirla. Presa de su mal, como el envidioso, se entrega sin redención posible a su maldición. Trágico, pues no hay nada tan fútil, tan infructuoso, como intentar contentar a todos todo el tiempo. Conozco a algunos presa de este infortunio. Acaban, contra su voluntad, generan el efecto contrario.

Anónimo dijo...

Porque los gatos no quieren bailar...

Ángela Cruz