2.4.26
La ley catorce de los objetos evanescentes
No saber uno a qué asirse, si a la realidad tan elusiva ella, tan de no darse enteramente, o si afincar el asombro a la ficción, tan humana, de tan sencillo manejo. No saber si duelen las nubes o es el dolor su naturaleza y lo que sucede es que no hemos sabido (nunca sabremos) entender a las nubes. Por eso fascina la ignorancia, la extrañeza que todo lo impregna y de la que surge la tal vez única certeza de la que disponemos: la felicidad de lo inédito, la sensación de que solo nos concierne lo extraordinario, que la rutina (el saber, el cartesiano saber) es una trampa y se obstina en hacer que nos duelan las nubes y las piedras, los lunes y los huesos.
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