3.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 31 / Luisito Sotomayor



Al niño Luis Sotomayor se le ve aplicar con arrobo y vehemencia el rigor del sol castellano inyectado en una lupa sobre la cabeza de una hormiga. Extasiado, alocándosele el corazón en la residencia del pecho, pensaba en su abuelo Francisco en ese mismo patio: tales, según supo, eran sus distracciones de infancia. También las del abuelo de su abuelo, Benito, y con fiable certeza las de otros abuelos de sus abuelos hasta donde la memoria alcanza. El juego, algo más que un juego acabaría siendo, era de desempeño sencillo: buscar una hormiga o un grillo o una lagartija, fijarlos con alguna herramienta y dejar que el fuego de la luz los devastase. Arrobado de malsano gozo, contempla Luis la cabeza de esa hormiga a la que somete con pulcra determinación el infierno del astro rey. Arrobado de malsano gozo, contempla la inquina de los rayos en la testa del insecto. Cree entender que esa tortura a la que concede su empeño más severo no le traerá más tarde reconcomio, arrepentimiento, cualquier forma de desasosiego, pero todo cambia a partir de ese momento de travesura infantil. El corazón, antes loco, parece como si de pronto le doliera y, en lugar de brincar de alegría, se acongojara, se templara y razonara la inconveniencia de su proceder. Una epifanía, un coro de censores, un salto sináptico nuevo sucede en su cabecita de niño. Al dar la hormiga su estertor póstumo, pues ya estaba la faena francamente adelantada, una comezón como nunca había sentido antes lacera su alma, la doblega, la arroja a los perros, y Luisito se duele sin consuelo. He matado una hormiga, confiesa a su madre, que anda ocupada en el trajín de la cocina. Espera que le reprenda con contundencia. Que le vuelva a decir que debe esmerarse en las matemáticas de quinto, en hacer sus tareas, en despejarse con otros métodos menos cruentos. No está bien, hijo, le dice finalmente, sin verdadero enfado. Son criaturas que no te han hecho daño alguno, no debes actuar con ese desprecio por la vida, aunque sea la de una criaturita. Así habla una madre cuando quiere llevar al hijo por el buen camino, pero no la suya, que hasta parece comprender, estar al tanto de sus costumbres zoológicas, saber más de lo que pudiera pensarse. En cierta ocasión, no se había lanzado a hablar todavía, le sorprendió descabezando una lagartija con los dientes. La fijación por esa parte de la anatomía supera en Luisito a cualquier otra que su inspirada crueldad haga concurrir. En otras, ensimismado, entornados los ojos, como en trance, eran las alas de una mosca las elegidas para su festín salvaje. Ninguna de esas escaramuzas quirúrgicas parecía contentar a Luisito. Al correr de los años, adquirió el hombre Luis destrezas insospechadas: extraía órganos con delicadeza, se esmeraba en ocasiones en aplicar una Intervención lo menos lesiva posible, pero ninguna de esas artes le procuraban el goce de la intervención a pelo, motivada por el mero daño, por la inercia misma de la tragedia, inmisericordemente. 

Fue entonces cuando su madre le habló y esto fue lo que el niño escuchó: "Hijo, ten a bien prestar atención, te voy a contar algo que debes saber. Es una historia antigua. En el año de gracia de 1688 y en la muy noble y venerable ciudad de Toledo nace un antepasado nuestro. Hay un retrato suyo en el salón. Se llamaba Vicente Jesús Sotomayor. Educado en la estricta observancia de la fe, devoto de misa y lector precosísimo de vidas de santos, se le conocía por andar como a saltitos, ridículamente. No era capricho ni consecuencia de algún trastorno. sino vicio adquirido al sortear como bien podía la populosa cuenta de grillos que alfombraba el patio de su hacienda y de esta forma no lastimar o quebrar sus cuerpecitos inocentes. Por más que la sangre ardorosa de la familia y el poco sentido común que un niño tendría le conminaran a diezmar la plaga que ocupaba el patio, el niño Vicente Jesús, tu antepasado, se reprimía, pensaba en Dios, que todo lo ve. Quién era él para arrebatarles la vida, cómo podría contravenir su voluntad. En sus cortas miras de infante entendía que, siendo precavido, mirando por donde pisaba, dando esos penosos saltitos, no incumpliría mandamiento suyo alguno. Los grillos eran obra del Señor, prodigio de su creación. A fuerza de esquivarlos, empecinado en girar el cuerpo y convocar el paso, el niño Vicente Jesús tomó como hábito involuntario y, a la postre, pernicioso, andar con una muy ligera inclinación del torso que le obligaba, a su pesar, a caminar ridículamente, hubiese o no insectos en el suelo, y desplazarse a conveniencia sin que el trayecto contrajese la muerte de ninguno de ellos. El párroco de la Villa, Don Ramiro Céspedes, le sugirió que procurara desplazarse sin esos torcimientos que le hacían parecer lo que no era y despertaban entre las malas lenguas del pueblo argumentos maledicentes,  rumores y razones para insultos. Trajo entonces Vicente Jesús a sus cortas entendederas la causa de su proceder y la creencia de que Dios le observaba sin reprobar ninguno de sus actos. El párroco, campechano en sus consejos, viejo y conocedor de los vericuetos del alma humana, vino a decirle que Dios no reparaba en minucias y que pisar un grillo o una manta de grillos no ofendía su Obra ni escandalizaba a su Divinidad. Que todos somos hijos de Dios, pero que su amor no ha sido repartido proporcionadamente y hay hombres y hay conejos y grillos y hasta moscas que no tienen el mismo escalafón en la mirada atenta del Padre. Añadió que podría , en adelante, matar cuantos grillos le viniesen en gana sin que esa inclinación extraña alentase forma alguna de pecado y que perseverar en tan piadosa conducta hacia la turbamulta asquerosa de grillos de su patio no devastaría su espalda y no terminaría jorobado o arrumbado en una silla sin moverse de por vida por mor de ese inquietante vicio. Palabra santa. Al día siguiente el patio de la casa del niño Vicente Jesús Sotomayor era un batiburrillo informe de alas y caparazones negros, de cabezas perversamente machacadas y de ojos negros escorados hacia el imposible limbo de los grillos muertos. Como no todas las acciones que hacemos convencen por igual a todo el mundo, Vicente Jesús descubrió que aquella matanza no era enteramente del agrado de su madre. No por la caridad cristiana, por demás firme, sino porque, a la postre, cometida la fechoría, desarmado el ejército infame de  bichos, el patio quedaba hecho un desastre, un espectáculo baboso de cadáveres crujiendo en el silencio blando de la noche. Así que ese niño, hijo obediente y recto como tú eres, mi querido Luisito, bueno por encima de egoísmo, regresó a su excéntrico paso y volvió a ser el exterminador de aquella algarabía caudalosa de criaturas. El párroco, al tanto de la renovación de tan fea costumbre, le reprendió severamente. Durante un tiempo, anduvo el muchacho en el frágil e incómodo lugar de no tener opinión propia, mecido por la voluble ajena, así que su ingenio obró el milagro de dar con una solución que contentase a todos: al párroco, a su madre y a Dios . Quizá también al Señor, que en todo repara y cada pequeña cosa termina expuesta a su criterio. Grillo que matase, grillo que recogiese del suelo y guardase en una vasija ancha de barro que haría las veces de túmulo cóncavo de grillos inevitablemente sacrificados. Una vez que la vasija estuviese llena la arrojaría a la fértil tierra de Castilla. Como si de un enterramiento protocolario se tratase. Este episodio juvenil, baladí y tal vez frívolo en el fondo, marcó indeleblemente el alma sensible de Vicente Jesús y treinta y poco años después, en las selvas del traidor Amazonas, siendo Capitán de un regimiento de su Majestad el Rey, acabaría  recordando los grillos del patio mientras se entregaba, varonil y heroico, a esquivar, con desigual fortuna, con saltitos torpes y patéticos, los cuerpos ensangrentados de la población oriunda, devastados por la pólvora y mutilados por la toledana espada, que alfombraba, como grillos, la tierra glauca de la selva. Y el Señor Nuestro Dios, en su Gracia Infinita, le habló al capitán Sotomayor en sueños, pues así en ocasiones se manifiesta según tenía entendido. Indio que matase, indio que arrumbara en un carro y arrojase después a la fértil Amazonia, luego de bendecir  su alma impía, en algún remanso del río, a la sombra, a salvo (mayormente) de las inclemencias y los rigores de los dioses astros. Así que, dilecto vástago, te pido que guardes en lugar seguro los restos de tus diabluras y les otorgues alguna oración que les haga dulce su ingreso en el cielo de los mártires. Sólo así podrás dormir en paz con Dios y contigo. Esa es la enseñanza que los Sotomayor guardamos a mayor gloria de nuestro apellido antiguo. Ahora ponte a hacer las tareas de Mates.

2.4.26

La ley catorce de los objetos evanescentes



 No saber uno a qué asirse, si a la realidad tan elusiva ella, tan de no darse enteramente, o si afincar el asombro a la ficción, tan humana, de tan sencillo manejo. No saber si duelen las nubes o es el dolor su naturaleza y lo que sucede es que no hemos sabido (nunca sabremos) entender a las nubes. Por eso fascina la ignorancia, la extrañeza que todo lo impregna y de la que surge la tal vez única certeza de la que disponemos: la felicidad de lo inédito, la sensación de que solo nos concierne lo extraordinario, que la rutina (el saber, el cartesiano saber) es una trampa y se obstina en hacer que nos duelan las nubes y las piedras, los lunes y los huesos. 

Breviario de vidas excéntricas / 30 / Heraclio Barragán



A Heraclio Barragán se le apareció el diablo en una noche de farra y le comunicó que le quedaban tres vodkas caramelizados bien servidos y alguna fulana polaca a la que redimir en la barra del puticlub. Que se apresurase. Se tomó Heraclio la confidencia a chota, no hizo caso al malhadado augur y cayó de bruces en la barra de siempre con un rictus de perplejidad en el rostro y el vodka caramelizado a medio terminar. A los pocos amigos de farra a los que les manifestó la revelación diabólica no daban crédito o lo daban enteramente, según su experiencia.. Yo ya me lo veía venir, dijo uno. Te la estabas buscando, dijo otro. No escarmientas, mira que te cuesta dejarte ayudar, terció (perdón por la reiteración fonética) un tercero. Tú ni caso, Barragán, de verdad que no debes preocuparte, sentenció un cuarto. Siempre hay dos bandos, uno que acepta y otro que deniega, uno que asiente y otro que rechaza, el mismo viejo juego de siempre, el de acatar o el de desobedecer. A Dios, que bosquejó el bien y vio al mal salir de su mismo costado, le agradó la llegada de Heraclio. No sabremos nunca qué palabras exactas pronunció, cómo podríamos, pero lo acogió de buen grado. No había en su biografía falta que le impidera sentarse a la derecha del Padre, compartir con Él los dones de la eternidad, aunque algunos pecadillos malograran una entrada triunfal, sin tacha, de las que constan más tardes en los anales del cielo. 



Aparte de la afición a cerrar los bares y visitar furcias, no tenía nada que recriminársele. Fue un hombre bueno, fue un amigo leal y fue un hijo cariñoso y atento. Se le ahijaron bondades todas ciertas y un rumor propalaba la fama de que en su corazón cabía la humanidad entera. A falta de encontrar mujer con la que fundar un hogar y una familia, se esmeró en hacer el bien, y en no incurrir en malandanzas. No entraban en ellas, o eso quiso pensar, las maniobras venereas, todo ese ardor etilico y putañero en el que se manejó casi toda su vida. Cumplió, a decir de quienes le conocieron,  los mandamientos de la iglesia lo más atinadamente que pudo y tenía ganados el afecto y la amistad de sus convecinos, a los que sólo les importunaba lo de empinar el codo y acudir con diligencia a los lupanares de la comarca, no porque les molestara particularmente, sino por el temor a que una de esas borracheras lo retirara de este perro mundo y Dios, en su infinita paciencia, en su clarividencia cósmica, no le invitase a sentarse junto a Él y lo arrumbase al infierno, donde las almas corruptas vagan una eternidad de aflicción y tormento. Como nadie que haya subido ahí arriba ha bajado después para confiarnos lo que ha visto, no sabemos si el buen hombre vio a Dios o al Diablo, aunque uno especule y se arrime a pensar que mereció la luz de la eternidad, si alguno de ellos lo abrazó con entusiasmo o fue expulsado y fatiga en infinita errancia el arcano éter. Su sacerdote de guardia, al que le abría el corazón en el confesionario y en las últimas horas de la noche, antes de ir al putiferio a cerrar la barra, en un descuido de taberna, bien contento de vino, refirió que en el fondo el bueno de Barragán no era el creyente que todos imaginaban. Tampoco un incrédulo. Nunca en sus muchos años de amistad le escuchó nada que tuviera que ver con santos o con pecadores, con dioses o con demonios. 


Puede decirse, sentenció el párroco, que no le hizo falta esa debilidad o esa fortaleza humana, la de la fe, ya me entienden. Hasta que acabó con el vodka del pueblo, el caramelizado era su favorito, si bien no hacía ascos a cualquier otra versión o hasta ginebras o escoceses si se daba el caso, fue de vida ejemplar, sin que intermediara la voz de Cristo, ni escuchase su llamada. Así que no tengo ni idea de lo que sucede con esas almas sin preocupaciones espirituales que de vez en cuando uno encuentra en el camino. Pensad la cantidad de veces en que tuve ocasión de sonsacarle o la de ocasiones en que una conversación suya, resuelta y abiertamente, incluyera algún detalle religioso o, en muchos casos, muchos juntamente. Sólo ando dándole vueltas estos días a lo último que dijo. No entra en cabeza que de verdad pronunciase esas dos palabras, las últimas, con las que se despedía de su existencia terrena al escuchar del diablo en primera y postrera persona las frases sentenciosas, las del adiós, ve diciendo me voy, que te quedan tres vodkas. Y luego las definitivas, las pronunciadas por él al ver que aquella confidencia podría ser lamentablemente cierta. Perro mundo, tales fueron. Yo creo que, en boca ajena, no escandaliza, pero el bueno de Miguel no terciaba por ahí, créanme. A ver si, en el fondo, expresó una queja, una debilísima queja. Igual, a su secreta manera, le estaba hablando a Dios, a quién si no, requiriéndole explicaciones. Como si en el momento último de su vida, en ese instante de absoluta sinceridad con uno mismo, quisiera intimar con Él, hacer que le confesara qué habría más adelante, si su apatía religiosa (dejadme que lo exprese así) fuese un obstáculo y no sólo tuviese cerradas las puertas de la vida en la tierra sino que también estuviesen cerradas las del cielo. A lo que yo, en una de esas pruebas de fe que hasta los pastores del Señor tenemos de cuando en cuando, me pregunté si no llevaría razón y todo lo que he ido predicando no será poesía para iniciados, metáforas de black friday, y no Palabra del Señor. Dios, en su infinita dulzura, en su Gracia dulcísima, podría haber preservado a los buenos de corazón, no dejarles que los humanos defectos de la carne o de los sentidos los lacerasen con la misma saña que a otros. Cuando pensó Dios cómo sería el mundo y tuvo esos seis días para montarlo todo, debió crear una especie a salvo de las enfermedades, que muriera de pura vejez, pero no forzados por las calamidades, no por tres vodkas que sienten mal, coño, que ya no se frena uno y dice lo que nunca ha dicho, joder, hostia, me cago en todos mis muertos, con lo bueno que era Heraclio y los buenos ratos que echábamos en la barra los viernes por la noche, con todas esas lucecitas de colores danzando sobre los vasos. Y prometedme que estas palabras mías no saldrán de aquí. No sé qué pensarían de mí todos esos feligreses que me aprecian y escuchan con atención mis homilías cuando vienen trajeados y bonitos al oficio si supieran que blasfemo en privado, sin orden ni mesura, que hago evangelio en lugares de pecado, que no sé mantener el decoro y odio con toda mi alma la sobriedad. En fin, dejadme solo, no me encuentro bien. Me voy a meter uno de esos vodkas, a ver si hablo con Heraclio en sueños. Dios lo tenga en su bendita gloria. 

1.4.26

Breviario de vidas excéntricas / 29 / Flavio Piernaflaca



El amor, a decir de Ovidio, dispara dos flechas de efecto contrario. Una, forjada en oro, procura júbilo y placer mientras que la otra, cerrada en plomo, entrega quebranto y clausura a quien sufre la ponzoña del metal. El amor, oh nudo dichoso, oh gran capital del alma, tela bordada por Himeneo, luz invisible que mueve el sol y también las estrellas, conviene de vez en cuando, pero hay quien sostiene que harta igual que embelesa, que satura en la misma medida en que conforta. Que el amor absoluto hiere más que sana y que su falta, en ocasiones, protege de las penurias de los años y hasta cuida de que sobrevivamos al vértigo y a la fiebre y no precisemos ángel de la guarda que nos guía ni mano noble que nos acaricie. 


Era, permitid el hipérbaton, el enano Flavio Piernaflaca hombre preocupado por estas frivolidades del apetito metafísico. No disimulaba su emoción al escuchar el fervor con el que su párroco ponderaba las glorias del amor. Leía con devoción y hasta recitaba en público, con mejor dicción que compostura, achispado en ocasiones, poemas de un candor notabilísimo, pero siempre con magisterio y sabiduría los elegidos versos, subiendo y bajando el timbre, declamando como solo los actores muy expertos y confiados saben hacer cuando se entregan en el escenario a su público. Flavio era la crema misma de la sociedad pudiente de su pueblo. Se le respetaba por su posición social, por su árbol genealógico y por el escandaloso tintineo, casi sinfónico, que hacían sus monedas en los bolsillos. Desgraciadas las facciones, deslenguado, culto, solía codearse (es un decir esto del codo habida cuenta de su muy escasa estatura) con nobles de sangre y con autoridades  y a todos entretenía con su chanza y con sus ocurrencias. Huérfano de pudor, se exhibía lo que podía, entrando y saliendo de las fiestas que la aristocracia de la villa organizaba para olerse los unos a los otros el ombligo y escucharse las historias de los ancestros, las de las guerras de antaño, las de las putas que se trajinaron y la de los bastardos que dejaron por los reinos vecinos. Nunca faltaba el concurso de Flavio, su visión de los hechos, la forzada evidencia de que los Piernaflaca fueron amigos de reyes, sufragaron ejércitos y compraron y vendieron voluntades con el único propósito de fijar el apellido, de engrandecer su heráldica, pero sobre todo con la firme convicción de que la tierra y la fortuna podían enmendar un apellido en descrédito, arruinar a capricho el linaje de quien importunara el suyo o, si la ocasión así lo exigía, borrarlo de las crónicas y de las églogas, enfangarlo, convertirlo en algo impronunciable, casi pecaminoso. 


En lo que Melquíades jamás se sintió cómodo, en lo que su dinero y su apellido no pudieron hacer nada, en lo que ni siquiera su cháchara alegre y su saber libresco alcanzaron épica alguna fue en el amor, en el amor de Ovidio y de todos los poetas clásicos, los que ocupaban metros silenciosos de anaqueles en la inmensa biblioteca de la casa antigua. Y de noche, cuando cerraba la luz de la lámpara y depositaba el libro en la mesita, Flavio pedía a Dios, al Dios al que jamás visitaba en su iglesia pero con quien sostenía muchas conversaciones íntimas, que le diese otra vida y que le privase de fortuna y de heráldica, con la prebenda de que le naciese alto y ganase el amor de las mujeres sin que interviniese la plata en la faltriquera y el miedo a que negarse al comercio carnal trajese infortunio a los suyos, negándole el pan, cubriéndoles de pobreza.


Era Flavio, como su padre, como su abuelo, putañero y avaro. No había moza concupiscible en el pueblo con la que no hubiese retozado y que no hubiese maldecido su estampa de enano berraco y rico. Clarisa, una fulana que no cobró lo que creía merecer y que estaba de paso por el pueblo aireó la historia de que el enano calzaba la hombría justa y que cumplía el fornicio con precoz resolución, vertiéndose entre gritos ridículos nada más entrar en faena. Hizo ver que si nadie había revelado antes este asunto era por miedo y que ella, fajada en muchas camas, molida a palos muchas veces, concubina de obispos y de autoridades, de paso por el pueblo,,no le tenía miedo ni al mismo diablo, al que vio con frecuencia y con el que departía en cuanto los dos disponían de un alto en sus quehaceres.


Contrariamente a lo que el lector avezado en estos trasuntos de lo más acendradamente humano piense, esto es, el tamaño de las vergas, los honores de la estirpe y la maledicencia de las furcias, el enano Flavio Piernaflaca, tocado en su honor varonil, no vilipendió a la furcia Clarisa , tampoco la echó del pueblo ni le amenazó con quemarle el alma hasta que sus chillidos se oyense por todos los fulanarios de la provincia. La acogió en aprecio, la entendió a su manera e incluso hizo que uno de sus lacayos más diligentes la trajese, de buenas maneras, eso sí, sin forzamientos ni peligros, a su dormitorio, a probar de nuevo las bondades de la carne y hacer que la verdad resplandeciera, y quizá por una vez en su muy licenciosa y aristocrática existencia no fuese el dinero ni el temor popular o el influjo de su lrespetado y antiguo escudo el que lo liberase del rumor que lo oprimía. Preparó unos versos alambicados y dulces, extraídos de un antiguo libro galante que usaba cuando la soledad le devastaba el pecho y pasaba las horas muertas en su alcoba, pensando en la hondura del alma y en la infame trayectoria que iba tomando la suya propia. Y hete aquí, oh lector cómplice, a la furcia Clarisa, toda rotunda en carnes, a quien jamás la flecha bicéfala del alado Cupido rozó ni en el ubérrimo pecho ni en la promiscua lengua, entrando en casa señorial, evitando que la familia (una hermana ciega y un padre desmemoriado y enfermo) notasen su ingreso en la alcoba, puesto que su cliente, lúbrico a su pesar, jamás pecó bajo el techo familiar. No sabía el enano putañero, el enano endecasílabo, que ése sería el último de sus días en la tierra. Que la muerte le descubriría asaetado de amor, emponzoñado de esa luz absoluta que el amor entrega a quien, ciego, inocente, le abre el corazón y le entrega el alma..

Breviario de vidas excéntricas / 31 / Luisito Sotomayor

Al niño Luis Sotomayor se le ve aplicar con arrobo y vehemencia el rigor del sol castellano inyectado en una lupa sobre la cabeza de una hor...