Para quien, a ratos, sin propósito, frecuenta estaciones de tren o de autobús existe una costumbre que consiste en imaginar las vidas de quienes parten o de los que llegan, pero a mí me satisface más fabular en el hilo narrativo de quienes están, en las vidas de los que no se van ni tampoco vienen, las historias personales de los transeúntes. Nada absolutamente sabemos de ellas y en esa certeza es en donde consolamos nuestro tedio y quizá donde ellos, a pie de andén, consuelan el suyo fabulando sobre nosotros. Autor y actor al tiempo, dios y su criatura, figuras que ocupan un escenario al modo en que en la ciudad los edificios y los árboles y los jardines ocupan cabalmente su lugar, aunque sepamos que el tiempo los retirará, arrumbándolos al olvido. Nuestra memoria está hecha de piezas canjeables. Somos también piezas en la memoria de los demás. Invisiblemente somos dispersos fragmentos de una realidad que no abarcamos, minuciosos objetos que se desplazan a diario por las mismas rigurosas avenidas y que de cuando en cuando extravían la rutina y entran en una estación de autobús o de tren para contemplar las vidas de los otros y fabular.
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