Con la insistencia de ciertas costumbres que parecen no querer abandonarnos del todo, regreso a la revisión de películas en blanco y negro de los años treinta o cuarenta cuando, ya confinado el trajín del día, el remanso de la noche invita a dedicarse a cualquier cosa que no tenga parecido alguno con cuanto hemos hecho antes de que irrumpiera. Prefiguro que son películas que no he visto y, sin embargo, las escojo con absoluto certeza de lo que me darán, aunque se hayan escabullido en el tiempo trazos de su trama, líneas sueltas en los diálogos (antes recordaba muchos) o pequeñas impresiones sobre la pertinencia de la música. La memoria es amable conmigo y hace que ninguna de esas certidumbres prevalezca, asiente su condición de recuerdo. Lo bueno de olvidar es que puedes manipular la realidad para que se restituya la parte dañada o esquilmada. Y si la vida fluyera como uno de los guiones de las películas de Frank Capra, otro vida sería. Son impecables, avanzan sin que nada quede atrás, recogiendo y volviendo usar los trozos hasta conformar una masa compacta y única, una historia sólida (a pesar de la liviandad con la que se ofrece en apariencia) de la que no te apartas hasta que salen los títulos de crédito.
7.10.20
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