26.5.26

Jazz / 7 / Lester Young

 


Lester Young hubiese sido un magnífico secundario de cine negro, una especie de Peter Lorre con su misma tristeza, con su cara de pobre, implorando que no lo maten o mendigando una copa en la barra del bar. En la vida real, tan fiel a la ficción a veces, fueron la incomprensión (quiso creer que era peor músico que Coleman Hawkins o que los nuevos valores del jazz blanco como Paul Desmond o Stan Getz) el whisky y el racismo lo que lo mataron. También se puede morir de pena. Entra en lo razonable que Lester Young se fuese ido dejando morir. Sospecharía que no valdría la pena ningún esfuerzo. No obstante, poco se sabe de su vida. Se sabe que al ser reclutado para el ejército y negarse a ir fue arrestado y torturado por los mandos militar. Lester se divertía a su manera inventando historias, contando episodios falsos que el periodista de turno compilaba a modo de nota frívola, a la espera de que en un momento surgiese el apunte sincero. Donde no confundía al público era en su fraseo, en la fina sonoridad de lo que, más que contralto, parecía un saxo tenor, en su delicada forma de expresar la rotunda vida del aire dentro de ese instrumento rocoso y viril. Pero el Lester Young que a mí me fascina no es el músico triste, diré eso más veces, sino el que acompañó en las grabaciones y los números en vivo a Billie Holiday, a Prez, como ella lo bautizó, el Lester que acompañó a Miles Davis o a Bud Powell o a Count Basie, el Lester que sobrecogía por su intimismo, por ese arrebatado lirismo en las baladas o por la agilidad en los temas dinámicos, plenos en ritmo, en swing, el Lester de Aladdin o de Savoy, los sellos que le acogieron. 


He imaginado montones de veces (como un pequeño vicio de aficionado al jazz y también a las imágenes que el jazz va dejando a quien se mete bien dentro de su leyenda) al hombre bajito, armado de su saxo, trajeado como un dandy en invierno, como un desastrado caballero que ha perdido su camino, siguiendo la gardenia del pelo de Billie, apostándose a su vera, sentado como esos patriarcas del flamenco hacen cuando sacan el arte en un patio con un aljibe o como lo hacía el gran B.B.King cuando saca a Lucille todo lo que tiene dentro. En cierto modo a Lester le pudo el amor al dinero, el irrefrenable deseo de hacer giras y de comerse el mundo con su magisterio. Como a tantos. Se puede ser un estajanovista de un oficio, echarle horas como si no hubiese otra cosa en el mundo, amasar una fortuna (que el rey del blues, B.B.King, repartía entre sus ex-esposas y el fisco) y no ofrecer en el trayecto la imagen de uno de esos avaros que guardan la calderilla debajo del colchón. Me fascina también fantasear con el músico de jazz recorriendo el país, el mundo, de bolos, durmiendo en hoteles baratos, oliendo la cochambre y masticando nicotina, dejando la corbata en una percha de un armario indecente, junto al traje. 





No he visto todavía ninguna fotografía de Lester sin chaqueta. Está ahí en todos esos registros: erguido o cabizbajo, según el ánimo , desafiante, tímido en el fondo, pero exhibiendo nobleza, a sabiendas siempre de que su música era un regalo de un cielo que no le bendijo con otra felicidad que estas sencillas manifestaciones de la inspiración. Prefería tocar por libre, con grupos pequeños, a plegarse al criterio de un empresario o de otro músico con ínfulas. Por eso fatigó comarcales, durmió en moteles impresentables y ganó trabajosamente el dinero que lo igualaba con los grandes, con quienes se enfrentaba en sueños esgrimiendo el saxo, sacando repertorio y endulzando (lo suyo era un saxo dulce, una meliflua expresión de vigor, al cabo) el aire con las piezas de otros. Fue Billie Holiday quien le hizo Presidente, ese era su apodo. En una tierra de duques, barones y condes (decía) hace falta un presidente, y le nombró Prez a título vitalicio. Mientras tanto Count Basie estrujaba al genio y lo llevaba de un estado a otro, colocándolo en un lugar preeminente de la orquesta, pero a Lester le gustaban las pequeñas secciones rítmicas, los grupos en los que él regentara la construcción de la música y marcara el camino por donde debían ir los demás, pero ni el todopoderoso Norman Granz, el productor de jazz más importante de la Historia, amigo también, pudo complacerle como quiso y Lester se convenció de que no podría volar como le pedía el talento que amasaba. He aquí al tipo extraño, excéntrico, capaz de emocionar hasta las lágrimas y hacer mover los pies hasta el agotamiento. Tenía la costumbre de sostener inverosímilmente el saxofón: lo elevaba hasta casi mantenerlo en horizontal, produciendo un extrañamiento corporal, una especie de desquiciamiento casi circense del tronco. 





Daba igual que tocara con el trío de Oscar Peterson o que tutelara la parte operativa, la maquinaria más jazzística del chasis que envolvía el aparato vocal de la inmensa Billie Holiday: Lester Young se sintió un desplazado, sin que en casi ningún momento su jazz alcanzara las cotas de popularidad que otros (Hawkins, por un lado; Getz o Mulligan por otro) ganaban a pulso en discográficas y en sesiones en vivo de más altos vuelos en el público. Entre el cool, el bop o el mainstream más orquestal, en plan big band multifacética, Lester Young condujo su carrera a trompicones. Se refugió en el alcohol como Parker o como Baker, como tantos. No le hizo falta entrar más adentro en la lista de toxinas: le bastó la botella, la serenidad complaciente del aturdimiento que produce el alcohol en la sangre, ese estado de sublime precariedad en la que el afectado cierra sus poros al mundo y abre su corazón al vértigo inconfensable del vacío. Se está bien en el vacío, debió pensar. En ese territorio mítico, que cada adicto construye a beneficio propio, Lester renunció a entender el mundo que no le entendía, pero nadie sale ileso de esa travesía insana. La suya concluyó antes de que cumpliera los cincuenta, después de haber registrado piezas inmortales, tras haber malogrado una meteórica carrera de sensibilidad y de honestidad profesional. 


Stan Getz grabó hasta que ya el cuerpo no le respondía. Me pregunto qué pudo haber sido del Lester Young que él mismo censuró, al que no permitió envejecer y seguir deleitando a los consumidores habituales de belleza. A propósito de todo esto, de la ida y de la venida de las adicciones interpuestas entre la música y la persona que la hace, piensa uno en la terrible maldición del talento, en cómo se malogra el genio puro y se despeña en esos vicios irreparables. Pienso también en el bueno de Dizzy Gillespie, en su inteligencia absoluta en lo concerniente al rumbo que debía tomar su carrera, que viene a ser el rumbo al que debía orientar su vida. Hay una escena maravillosa en Bird, la biografía de Eastwood dejó sobre la vida de Charlie Parker. Se ve a Parker acercarse a casa de Gillespie y tocarle, saxofón en mano, solo en la calle, ebrio de alcohol y de numen, la inconmensurable Ornithology. Dizzy le pide que se calme, le hace ver que tiene a su familia durmiendo y que la calle, a esas horas, no permite estas extravagancias. Quizá por eso Gillespie grabó y tocó hasta la vejez y la rendición de su talento está disponible en cientos de álbumes y en miles de conciertos. Lester no quiso tanto, no era tan exigente con la vida. Ni se preocupaba de que los trajes fuesen dos tallas más grandes. Tampoco se pavoneaba cuando le decían que hasta el mismísimo Parker lo adoraba. Que se aprendía sus solos e improvisaba sobre ellos. El orden aprendió del caos. También podemos permitir que la creatividad provenga de un patrón bien rubricado, estrictamente copiado y respetado.



Un hombre triste, si uno se fía de lo leído. Triste y tóxico. La bajada a los infiernos, de vez en cuando, extrae el talento, que suele derrochar belleza. No sé si el sacrificio mereció la pena, pero a Lester Young le atravesó la fatalidad y lo sublime a la misma vez. Como si una cosa y la otra fuesen de la mano. Ojalá no fuese así siempre. Hoy ha habido un poquito de Lester por la mañana. Discos con Billie y sin Billie. Con Teddy Wilson. Con Oscar Peterson. Prez haciendo de las suyas. Tristeza maravillosa. La ternura en la cadencia de su saxo. Esa infinita gratitud a la vida, aunque fuese adversa, 


Coda apócrifa 

Lester dice: “Dime qué haces, qué miras, no tienes que estar ahí, déjame solo, no ves que estoy mal, da igual que haya salido al escenario y haya ejecutado todas esas piezas y el público haya aplaudido, pero no estoy bien, no hay manera de estar bien, ya no se puede, he llegado a un punto en que el único bienestar empieza con la primera calada de un cigarrillo y el primer sorbo de un whisky, todo lo demás carece de importancia, uno viene a tocar, le pagan y vuelve a perderse en la niebla, donde nadie te mira y puedes pasar desapercibido, se está bien sin que nadie sepa dónde estás, pero hay que pagar las facturas, hay que hacer sonar la música, así que abres los ojos, sales de la niebla y te dejas ver, te contratan, una semana en el mismo local, eso es fantástico, no tienes que ir cambiando de hotel, te pones tu chaqueta menos arrugada y pides que haya tabaco y alcohol, lo otro se pilla más a escondidas, no hace falta airearlo, no conviene, te colocan la etiqueta de colgado y los bolos bajan, no puedes estar sin tocar, el jazz es un negocio ruinoso, lo de los discos no da para mucho, sobrevives, tienes para cambiar de traje, pero el saxofón es el mismo de siempre, no es que le hayas tomado cariño, es que son muy caros, dile a alguien que haya cerveza, bourbon, que tenga las botellas a mano, me da lo mismo la marca, que abran la ventana, apesta a humo, vuelvo en treinta minutos, debo aplacar la sed de la sangre, voy a tocar, si no toco, tendré que seguir bebiendo".




 Cosa segunda
Tras morir Lester, en marzo de 1959, con 49 años, su amigo y productor Norman Granz pagó un anuncio bien grande en Down Beat, la revista insignia del jazz de la época, en su memoria. La fotografía tenía un escueto "todos te echaremos de menos, Lester...". 

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