13.7.24

Rosa, Federico. Emilio

 

Mi entrada de hoy en Entreletras  

Fotografía de Marina Sogo
Retrato de Rosa Guardiola, Baronesa de Andilla, Federico de Madrazo, 1856 (Madrid, col. Particular)

No sé quién fue Rosa Guardiola, Baronesa de Andilla, ni estoy al tanto de las bondades pictóricas de Federico de Madrazo, pero creo firmemente en el milagro del arte, que hace que alguien se conmueva hasta las trancas ciento sesenta y ocho años después de que la modelo y el pintor se concedieran el tiempo suficiente para que ninguno de los dos fuera engullido por las fauces del olvido. Unas de las virtudes más admirables de la belleza es la elocuencia de su discurso: incurre en atrevimientos, se apresta a soliviantar a quien no pareciera que estuviese dispuesto a dejarse conmover por su influjo. Lo que viene después del asombro es la debilidad: uno se entenebrece, se hace pequeñito, no da con las palabras que vuelquen el desprendimiento de la sensibilidad, su absoluto reino en la tierra. A Rosa le abriría las puertas de casa, la invitaría a que se explayara en qué hizo para que alguien pudiera verla como la vio. Porque la mirada es a veces tornadiza y contradice la voluntad del que la convoca para entender mejor la realidad. No sé tampoco qué será eso de la realidad. En ocasiones, me acomodo en su simulacro, en ese territorio fértil en el que un pájaro en vuelo dice más del aire que toda la intendencia de la ciencia. De hecho, descreo de la rendición cartesiana de lo real, prefiero sancionarla, personarme en la adquisición de su parte escamoteada, servida sibilina o subrepticiamente, ofrecida con mimo y oficio infinitos por quien supo dar con el espíritu de la modelo. Se entra en un cuadro como quien cae a un pozo del que apenas se sabe su hondura. No importa lo que uno haya visto antes del descendimiento, ni lo que no verá tras adentrarse en lo profundo. Porque el arte es de honduras, de todo lo que tiembla en el alma cuando algo inesperado la roza, la lame, le busca el sexo anhelante y lo apura con la lengua antigua de la belleza. Tal vez la Baronesa de Andilla únicamente existiese en el posado moroso del que el pintor extrajo la inabarcable verdad de una vida. Que todo condujese a que guardase silencio y permitiera que alguien la mirara como nunca nadie la había mirado antes. También nosotros ejercemos ese recado: el de ocuparnos en la visión pura, el de cancelar el tráfago de la rutina y saber que durante unos instantes fuimos convocados al goce sencillo de lo eterno. No hay nadie más en la tierra ahora mismo. Rosa, Federico, Emilio únicamente.

Un fósforo prendido en la oscuridad



La cita de William Faulkner la da Javier Marias en una entrevista a propósito de la publicación de su (estupenda) novela Los enamoramientos. El periodista le cuestioma si escribir sobre el amor o sobre la muerte faculta para entender el amor o la muerte, a lo que Marías responde con argucias antiguas, con la ignorancia del que probablemente algo sí sepa, pero prefiera (he ahí el oficio) rendirlo, más que ven el vuelo de la charla, en el de la escritura, siempre más trabajado. No he dado con la veracidad de la cita de Faulkner, pero tampoco ese escrúpulo sobre la verosimilitud debe importar mucho, creo yo.  La cita en cuestión es admirable: "La literatura lo más que logra es lo mismo que un fósforo cuando se enciende en mitad de la noche, en mitad de un campo. Esa cerilla en realidad no ilumina nada, lo único que permite ver mejor es cuánta oscuridad hay alrededor"». El escrutinio de l verdad está a veces sobrevalorado.

12.7.24

Hoy

 Se descree por discrepar, por no aceptar la intendencia de lo que lo que no se comprende, un poco también por  la rigurosa evidencia de la realidad, que no condesciende a la magia y al efluvio místico del espíritu y cumple la cartesiana rendición de las estaciones y de la mecánica invisible de la vida. En cuanto uno cede y adquiere la facultad del asombro, todo fluye y se arroba la plenitud de lo oculto. A ciegas se ve más en ocasiones. Creer es ver con la mirada del corazón. Es otro el instrumento de conocimiento, más dotado de poesía, con mayor y más lúdico apresto estético. Es la imaginación la que administra esa porción secreta de gozo. Quien la desoye, al apartarla, no se perturba nunca, no conoce la fascinación, ni se alimenta de ella. No es únicamente la fe el sustento de esa nutrición emocional. Hay descreídos en ella que se abastecen de belleza. La belleza justamente con la inteligencia o con la sensibilidad. Una vez se impregna uno de asombro, en ese instante milagroso, la vida se expande como un cielo azul en una mañana rutilante de sol. Hoy hace un sol espléndido en mi pueblo. El calor será de nuevo implacable. También sorprende su rutina antigua. Como si no supiéramos. Como si nos acabaran de arrojar a sus brazos. Tengo conmigo la dicha, está a mi alcance, creo en todo lo visible y en lo invisible, nada me es ajeno, vivo en plenitud, hoy tengo el alma vestida de pura armonía. 

10.7.24

La vida en el aire

 La vida es siempre una acrobacia. El funambulismo debería ser la única disciplina moral. Lo difícil es no mirar al suelo, no saber urdir un mapa del aire, ceñir el cuerpo a su danza, que es antojadiza y cifra en azar su mecánica etérea. Hacer del vuelo la verdadera medida del pensamiento, conceder al corazón la facultad del perpetuo equilibrio.

9.7.24

Copia, pega

  



Al arbitrio de otros, apremiados por la ocurrencia ajena, se hacen cosas que luego uno cree voluntad propia. Se eligen azuzado por motivos extraños que, con más o menos afán, con reticencia unos, urgentes otros, van acomodándose a las propias y hasta se confunde su raíz y su causa y de ninguna hay propiedad legítima. La apropiación no es tal, no se discute un plagio. Hay hasta quien las sostiene y defiende con el arrojo y la pericia de la que carece el que genuinamente obró su factura. Quizá no debamos pensar tanto en la autoría y confiar en la bondad de la idea para que ella urda sus alcances. Esto mismo que ahora escribo no será mío enteramente, alguien se habrá ocupado en rendirlo, algún lector estará al cabo de lo leído y lo creerá también suyo. Decimos las palabras de otros, argumentamos con las ideas de otros. A veces, movidos por algo parecido a la inteligencia o a la sensibilidad, discurrimos con autonomía, pensamos con la soberana majestad de nuestra voluntad, pero cualquiera podría sancionar esa aseveración generosa que necesito para no sentirme eco de una voz que no he pronunciado. Copiamos y pegamos. Y, sin embargo, no todo ha sido dicho, estamos empezando a manejarnos con las palabras. 

8.7.24

Festejos de la imaginación


Ilustración: Alberto Mott


La mosca en el cuerno del buey se cree arando. Al libar la flor, la abeja industriosa se pretende jinete. La ola, blonda del agua, cuando trisca la soledad del aire, se figura pájaro. Así el enamorado al dar su primer beso cree conocer el amor o el que factura un apreciable soneto un príncipe de la luz, un Góngora. La realidad, tan poética ella a veces, sabe truncar esos improvisados oficios de la imaginación. Da las puntadas con su severo hilo, pone a cada cual en su cabal sitio.


Ilustración: Alberto Montt

7.7.24



 Sigue la investigación en los papeles perdidos. Qué frágil la memoria y qué feliz uno al recobrarla. Esto fue en abril de 1987. Los poetas con los que compartí cartel son admiradables: Pablo García Baena, Juan Bernier, Juana Castro, Carlos Clementson, Manuel Gahete, Mario López, Vicente Núñez, Antonio Rodríguez Jiménez, Carmelo Cuello, Julio Aumente… Lamine Yamal es más precoz, debo decir.

6.7.24

Buster Keaton, rey de Las Vegas






 Son doscientos catorce poemas. La fecha de su acabado es febrero del 96. Lo llamé Buster Keaton, rey de Las Vegas. El libro está primorosamente encuadernado. Ese afecto a que perdurara me ha conmovido. Lo encontré esta mañana al poner orden en el cuarto de los libros. Declaro mi ignorancia de su existencia. El olvido es el mejor censor. Igual mañana doy con una biografía apócrifa de Wittgenstein o con una novelita sobre amores adolescentes.

5.7.24

Camino hacia los platillos volantes de la mano de mi madre

 


LysergickArt / ilustración 

Escribir en vez de leer. Leer en lugar de salir a pasear. Ver cine cuando poder  tomar café en un bar. Hablar cuando debo escuchar. Leer en vez de escribir. Salir a pasear en lugar de leer. Tomar café en un bar cuando podía ver cine. Escuchar jazz de los treinta cuando se podría inclinar el apetito a los valses de Strauss. Los días son cortos. Andan persiguiéndose, se abrazan, se muerden, fornican. El tiempo no nos sacia. Es lo único que no sabemos qué es. Uno persevera en sus vicios y la realidad ejerce el virtuoso plan que un dios rudimentario y caprichoso le encomendó en algún oscuro principio de los tiempos: incomodarnos, no servirnos, agazaparse en la sombra y darnos palos cuando menos lo esperamos. Soy trascendente, una trascendencia novicia, recién adiestrado en el abismo: tengo el ánimo metafísico, tengo planes nobles para mi alma, tengo la sensación de que soy único y de que estoy malgastando miserablemente el tiempo escribiendo cuando podía leer en lugar de estar paseando o viendo cine cuando podía estar tomando café en un bar, pero soy más feliz cuando dejo la metafísica y sencillamente me dejo vivir y no disimulo la felicidad absoluta de esa certeza. No estoy casi nunca absolutamente feliz con nada de lo que hago si me paro a pensar en qué estoy haciendo. Pensar es una actividad de riesgo. Pensar es una invitación al desorden, una desobediencia moral. Escribir es ordenar el riesgo, considerar las amenazas. Vivir es siempre algo que no coincide con lo vivido. Las vidas que deseamos son las ajenas, casi nunca las nuestras. Sólo es nuestro lo que perdimos. Se vive el margen, se vive afuera. Lo ideal, lo que he concluido que puede liberar mi poco satisfecha mente, es no pensar en que hacemos algo sino hacerlo. No escribir sabiendo que estamos escribiendo y razonando los motivos de la escritura y no salir sabiendo que estoy saliendo, razonando los motivos de la salida. No leer sabiendo que leemos. No pasear sabiendo que paseamos. No se tiene conciencia de que respiramos o de que un pie avanza y el otro inapelablemente lo sigue. Vivir un poco sin metafísica, aunque en el fondo todo se deje gobernar por la metafísica. Vivir como si fuésemos incapaces de hacer otra cosa. Como si vivir sin tramas subsidiarias, escasamente interesados en llegar adentro, en conocer quién mueve los hilos de esta trama, eso del dios que detrás de dios la trama empieza que hace tiempo me sabía de memoria y ahora, quién puede decirme las causas, ya no recuerdo. La sensibilidad es una especie de tormento. La inteligencia es una especie de tormento. Escribir es una especie de tormento. En el caso de que yo sea sensible e inteligente, en ese modus operandi fácilmente desmontable, admito que alguna vez he disfrutado muchísimo la metafísica. He sentido un quebranto dulcísimo en el pecho. He hablado con algún dios sin que intermediara la iglesia  ni los evangelios de los libros de misa. He sido deliciosamente blasfemo al mirar al infinito y haberme sentido elegido para entender alguna brizna del argumento metafísico absoluto. Lo natural no es la metafísica: lo sencillo hubiese sido no escribir, no dejar constancia de nada para que luego puedan echárselo a uno en cara o para que los demás sepan cómo soy sin que yo tenga idea de cómo son ellos ni tampoco yo mismo. Es cosa de que escriban, no cuesta tanto. Me gusta ese desorden moral: el ofrecerme, el darme, aunque como el tahúr enamorado de su manga sonría hacia adentro al pensar que escribir es siempre una impostura: que estoy abriendo un pecho que no es mío, que es de otro del que se informa. Camino hacia los platillos volantes de la mano de mi madre. No habremos salido del útero todavía. Seguimos en ese limbo dulce. Estamos en la oscuridad sin dios ni fracaso. Los dinosaurios no saben que hoy es el primer día de nuevo. 

4.7.24

Nastulania

 



I

Se apresondaba mi tramulca a desmorder el zúmbulo cuando fresaba un górrido apresto de facuas. Era jundioso el calfio y el féciro tramolaba en el quiciante de la balnocada como una mustrenca trámpola de nimias. No crea el amable lector que mi corazón se desbocó en la cárcel de su pecho ni que huí, comido por la fiebre del miedo, empujado por la sangre de pronto amenazada. Lo que mi fresmor pedía a bartolda era una dárgola en mi jerima, una dárgola diligentil con la que afrumbar al monstruo que se ferraba frente a mí, despromicando, alamblando, abrumando carolos, alampimando funesta mágina con cada parpadeo de sus címbulos. He aquí a vuestro héroe accidental, al bueno de Lamulio Medro de Lora Mollar, al que jamás creísteis metido en una aventura con facuas y con himedusas, con voluntos de urgidia y con la terrible dármula de los grandes plintales. Así poder fabemar la lucadura del fresnadal en las copas de los tilios. Dejarse amansebrar por la umbría desalia de las claras rómidas. Ahí, en su estolio, en esa joconda de la pénsula, ensimismarme, desfallecer, tremamidarse con firmeza glonca. Amantar la traumaturgia con su dulce verbanza. Como quien abre una mansarda para enfrantizar un permio. Como el agua al famblar su ferosemida y adquirir la boga del cicladio. Es todo tan premaloso en la franja donde los ganzolas trenzan su mántula. En el trasinio, en su abrazo dóbrego, unos calamblos gimen al ver plañudir la falandia del aire, la soledad de las tinagros. No el fleston de la nieve, ni el roto hulgar de los berberantes. Solo un fulgor que les abra los ojos. La penduloria famalando la vigilia estúlida del aire. La virtud es ir precipitándose en el perclondo. Manfoldas ecloviando, ternéridos con su clamor de brondas hacia la mahandq pura. Es el tumuldio, es la ebria tenabria de un opagro que ocupa el treñir y lo hace candular. Los flejones desarden al brumel del aire. Tromban en su estor, pungen como lamias para que esplenda lo numinoso. 


II

El jabernicio me miró a los ojos. Soy el jabernicio, pindaro de mástula. El que te arrancará del jumpo ese corazón inoscado que turges. Frevarás, morfará tu boca espántulas de jirocidia hasta que, lustio, infidio, gritarás el fragoso nombre que jamás te concederé, oh tú, brandil sin corzal, oh tú, gran hijo del lendrómaco. Eso, oh amable lector, me dijo el jabernicio antes de que atravesara mi corazón con su lengua de clomadas y famodelios y cerrara los ojos y se me fugara, sin yo poder evitarlo, el alma al lugar en donde van las almas de los que, en vida, fueron malvados y ejercieron con esmero la blasfemia, la perfidia, la traición y la melindrad pura. 


III

Ahora soy un jabernicio de segunda generación al modo en que los vampiros convierten en vampiros a quienes jaspan porque el jabernicio es de jaspar, de destorbar a los járulos, de famidar a los morfos y chamoscar sin trenda a los blástulos. Ese soy, en eso me convertí cuando el jabernicio me miró a los ojos y recitó el poema de mi jocaramago. Ahora vago por las calles sin que los otros perciban mi monstruosidad, pero busco con precisión mis víctimas y las abordo en callejones oscuros y las miro a los ojos y les recito el salmo del jabernicio: Soy el jabernicio, pindaro de mástula. El que te arrancará del jumpo ese corazón inoscado que tienes. Frevarás, morfará tu boca espántulas de jirocidia hasta que, lustio, infidio, gritarás el ferodio que jamás te concederé, oh tú, brandil sin corzal.

Breviario de vidas excéntricas / 7 / Los Argüelles

Padre Mi padre ha tenido siempre gesto de gárgola.  Padre  A mi padre lo apresaron en la guerra por escribir pasquines, por llamar a la rebe...