18.11.22

Casas abandonadas

                  




                                                      Fotografías: Eleanora Costi


17.11.22

321/365 Aurora Luque

 



Con qué primor la infancia regresa y nos consuela del hondo fuego de las horas. Se entrevé en su discurso un leve fulgor que aspira a quedarse y del que valerse cuando no haya juegos con que entretener los días ni sueños con los que amenizar las noches. A menudo considero la posibilidad de no salir nunca e ellos. Tendría de nuevo la ignorancia, sentiría que me acaricia con renovado afán el aire sin propósito, las horas sin vértigo ni fiebre, como un pequeño juguete que tocamos con las manos y lo sabemos infinito y perfecto. No le daría palabras a la tristeza. Todo lo que me dicte el cuerpo lo acataría con extrema obediencia. Todo lo que me susurre el alma. Haría por desprenderme de la memoria, sería de oro la luz, nombraría con la piel el cielo limpio de mi causa. Árboles como templos sin salmos, un mar ancho y profundo, la tierra ocupada por el asombro puro de los ojos. Con cuánto amor el amor me cortejaría, con cuánta dicha la dicha. Por no saber, ni sabría guardar todo ese prodigio que acudiese. Dejaría para más adelante la congoja y la melancolía, me desentendería de la sintaxis espesa de las horas, abrazaría el rumor antiguo del corazón si de pronto se me ocurriese dejar que se persone y haga su recuento de sangre. No habría sangre. Ni fluiría en su cauce el tiempo. Lo que el tiempo es al corazón un afán idéntico reclama la memoria. Un dios igual a mi sed. Un amor semejante al mundo. El amor a todos los héroes griegos. Uno a uno. Todos ellos. He creído en sus proezas y en su linaje, me ha consolado viajar para saber que me aguardaban en la literatura y en los caminos, en la ilusoria sensación de que no sería estéril el trayecto y podría afinar las cuerdas con el plectro delicado de su voz. "El tiempo se detuvo. / Cerré los ojos: quise / guardar esa armonía", pero fue sueño y yo, frágil eco de una sombra, sé de los misterios como el agua sabe de su cauce y prosigue, loca, sin propósito, desde la embocadura primera hasta el estuario póstumo. "Recoge la cosecha de los días, / su cereal, su polen, / sus bayas inservibles, sus cortezas amargas, / su reseca raíz, sus vainas huecas, / su escasísima pulpa azucarada". Y yo obedecí y no supe ver la lujuria cuando me nombró y ahora tengo la certeza más tenue, la que se deshace a poco que se la pronuncia, la de la niña que regresa a la infancia y busca entre los juegos uno que dure toda la vida. 

Una teoría de los escombros

 



La Historia de los países se escribe sobre las escombreras que van dejando. Los hay que derriban con menor fiereza, pero no conozco ninguno que se haya levantado en base a una construcción continua, sin que ese empeño de izado garantice el mantenimiento de las edificaciones antiguas. El patrimonio es una abstracción insostenible. Las generaciones van borrando lo que les incomoda. Se basan en la siempre dudosa teoría de que el pasado, sea cual fuere, es un obstáculo para la implantación del futuro. Lo que sale siempre perdiendo es el presente, que es otra abstracción, una inconveniencia más en la forja de la sociedad. Despreciamos el presente porque albergamos la esperanza ilusoria de un futuro mejor. Ignoramos el pasado porque creemos que nada podemos extraer de quienes nos precedieron. Se nos va el tiempo ensimismados en esa encrucijada absurda. Tuvimos la experiencia, pero perdimos su significado, convino Eliot, o al paso que vamos, habida cuenta del imponente ejercicio de vaciado en la cultura que ejecutan sin pudor los gobiernos (éste, otros), no vamos a tener ni siquiera eso, experiencia. La habremos dejado entre los escombros. Viviremos alegremente entre las ruinas de la inteligencia. Será la nuestra una herencia de escombros que las generaciones venideras recogerán como un tesoro secreto, incapaces de reconocer el alcance de este desvarío. A veces pienso que este pesimismo mío de ahora no obedece al desapasionamiento con el que observo la vida. Basta abrir la prensa. Solo necesita uno observar con atención el runrún de las noticias, toda la mierda visible, ese inacabable simulacro de sociedad que creemos estar cuidando. Los escombros sostienen la fachada. Porque ahí es donde reside la naturaleza del simulacro: en mantener a la vista la fachada, que no se aprecie en demasía el roto. Que no parezca que lo estamos pasando mal. Que no duela demasiado la tristeza. Mañana  abrirá brioso el día. Se pondrán las nubes a perseguirse en el azul del cielo. Vendrá el frío a declamar su poema de otoño. Tendré ocasión para abrazar la luz pequeñita de las cosas que valen la pena y releeré, escéptico, este arrebato gris de casa que se viene abajo. Pero eso será mañana. Hoy toca duelo o toca desencanto. Las noticias nos disuaden de cualquier arrimo de algarabía, pero tenemos voluntad de que no se pierda del todo la sonrisa. La pone en el rostro el detalle menos llamativo, el más irrelevante. Tenemos esa fortuna, la de ponernos locos de alegría con cualquier chorrada. Nos diferenciamos de los animales por ese matiz festivo, por la cosa de la gracia. Nos salvará el arte o el amor, sí, pero es el humor el que sostiene la casa. Así que dispóngase a reír. Encuentren con qué. Se acostarán mejor. Me aplico el consejo. Veremos qué tal. 


16.11.22

320/365 El Pali

 


                                 Fotografía: Atín Aya


No teniendo un servidor resuelto conocimiento de las obras artísticas de El Pali, Paco Palacios, no siendo devoto de las sevillanas, de las saetas o de cualquier manifestación de ese rango folclórico, hará en esta ocasión un panegírico humano, incluso sobrehumano, si se me permite. No porque El Pali sea uno de esos superhéroes tan de moda en la actualidad y se granjeara el aplauso de la vecindad con sus proezas benéficas, sino por la mera circunstancia de su existencia, la de su pose aquietada en la silla, dejada caer como el que deja una enciclopedia en un banco de un parque. Está ahí para que se acceda a ella y se consulte, pero puede ocurrir que pasen los días y no haya nadie que tenga la santa voluntad de abrir un volumen y leer lo que allí pone. Hay personas que son libros para que alguien se pierda en ellos. El Pali es la enciclopedia del saber popular, el aprendido en la taberna, que en Sevilla en este caso particular y en toda Andalucía, por no subir más arriba, es el templo en donde se congregan los parroquianos de la buena vida, la que no se enseña en ningún prontuario académico, la que no se desprende por la adquisición meritoria de uno de esos másteres, sino que prorrumpe por iniciativa espontánea, sin que se la exhorte a que acuda. Si yo me hubiese topado con El Pali en una de esas tabernas de Triana, le habría saludado con un respeto infinito, le habría mirado con sencilla admiración y probablemente habría lamentado no verle en su oficio, que era el de los fandangos y el de la exhortación al devocionario feligrés de su barrio, lo cual viene a representar, en su Sevilla natal, la mayor de las glorias y la más alta de las responsabilidades. En el estrechar de las manos le habría intentado hacer sentir mi admiración, la del espontáneo desavisado que de pronto se siente pequeñito en la contemplación, primero, y en el trato, más tarde, del tótem, de una especie de dios local. A este tipo de hombres se les debe respeto y es bueno que se les haga ver que los admiramos. Que hay por nuestra parte un conocimiento de lo que atesoran en su interior, a pesar de que procedamos de la periferia más excéntrica o de la ignorancia más supina. En el caso presente de El Pali habría un incalculable bagaje de experiencias. Las más de ellas provendría de la silla en la que deja caer su generoso peso. Se puede gobernar el mundo desde una taberna de Triana.  Lo hizo Silvio Fernández Melgarejo, Silvio para siempre, el rockero sevillano que se bebió toda la cerveza hispalense y se fumó todo el tabaco de Virginia. No es un gobierno al uso el de los dos, cada uno en su regia sapiencia,  sino uno etéreo, intangible y emocional, el tipo de gobierno que uno querría para conducirse por este mundo. Hablo del gobierno de las confidencias y de los abrazos, de los chascarrillos (qué palabra más hermosa, qué de tesoros semánticos tutela en su contundencia fonética) y de las penurias; el gobierno del vino y de la verdad que el vino hace decir, ya lo dejaron escrito los romanos en sus latines hace más años de los que podemos entender. En faena dialéctica, seguro que El Pali (hablo de oídas, por lo que escuché de quien lo conoció) era un senequista de libro, un oráculo tabernario disponible a cualquier hora del día, cercano y consciente de la importancia de las palabras que se dicen y de las que, pudiendo, se callan, por no herir o por decir más de lo que tal vez está admitido. La panza que exhibe no se entiende habiendo sido bautizado El Pali, por palillo, de flaco que era en su mocerío. Luego está lo que se presume: la sensación de que se puede contar con él para que lo se presente. Eso no sucede con frecuencia; digo que haya poses un poco patriarcales y maximalistas que de enseguida provean la idea de la confianza. El Pali la tiene. Mientras que escribo, escucho de fondo unas sevillanas, es un decir, no creo tener ningún disco entre los miles de los que dispongo, arte en la que fue maestro. Ya he dicho que no entiendo de palos del flamenco (hoy que es el día de ese fabuloso arte) y no voy a hacer aquí ninguna reflexión artística. La traída y sentida es la reflexión espiritual, ámbito que da más finta semántica. Me recuerda El Pali en la maravillosa foto del gran Atín Aya la figura de Vito Corleone. Salvada y entendida la disimilitud en asuntos delictivos, gana peso la parte gremial, la del jefe que se sabe jefe y abre las piernas y saca barriga porque es el jefe y se pone en jarras porque en cierto modo lo que posee no es un cuerpo, sino otra cosa más parecida al tótem, a la figura arquetípica, al icono popular, como de padrinazgo de tasca y de ver el tiempo correr con una copa de vino en la mano. Hay que ser muy de bares para sentir todo eso cuando sólo tenemos una fotografía de un señor que tiene la misma barriga que un tío mío que murió (el pobre) por la ingesta masiva de licores. Pero la barriga es el resumen ontológico del alma, ella lleva el peso de la sapiencia, es ella la que resume la vida de su legítimo y orgulloso propietario. El Pali es cualquier de esos habituales de taberna que parecen haber nacido allí; habrá quien barrunte que también es legítimo pensar que es allí donde mueren. Yo me quedé prendad de esta foto. Parece que no necesite levantarse y que desde esa sedentaria pose de patriarca pueda verlo todo, como una divinidad o como uno de esos demiurgos, maestros del orden y de los principios básicos de la existencia, artesanos de lo real y de lo evanescente. Dijeron de él que era último trovador y la ciudad le venera como a un anciano de esas tribus que parecen no haber entrado todavía en el discurrir loco de los tiempos. Me contó un sevillano declarado (puede ser también eso una religión, con sus cofradías y sus templos) que El Pali era un amante de la poesía, que leía con fervor a Bécquer y a Lorca y que, en tiempos, ejerció con éxito el atletismo y que, en esa bendita barra de los bares, sin alardear de nada, presumía de haber vivido y de contar con elocuencia sencilla los primores de esa vida que su Dios (era un creyente convencido) le había concedido. Que se sentaba en la calle Aduana en su silla a esperar el Cristo de la Buena Muerte con la serenidad del que sabe que va a recibir un regalo. Eso escuché: un regalo. Escuché que su humor era finísimo o de una brutalidad desaconsejable. Murió joven (sesenta años) por una diabetes fulminante. La Paína, su abuela, le decía que al cante había que darle el alma. Creo que podríamos decir que ese alma habría que entregarla a cualquier disciplina que acometiéramos. Da igual qué se aplique. Creo también que se puede alcanzar el rango de filósofo sin ni siquiera tener conciencia de esa propiedad intelectual o sensible. El Pali, en esa fotografía antológica de Atin Aya en lo que debe ser el Bar Vicente, su segunda casa, parece contener todo el conocimiento, toda la verdad, toda la belleza, todo la herencia de todos los que antes que él se entregaron al bendito recado de vivir. 

Todos los boleros son ecuaciones de segundo grado

 Es el desamor el que escribe las mejores canciones. Toda la literatura ha sido construida con materiales bastardos. El buen cine es el que cuenta los rotos del alma. La belleza será convulsa o no será, dejó escrito Breton. La idea de que la bondad existe es de naturaleza judeocristiana. Tampoco existe la felicidad. Lo que uno aprecia es una brizna de bondad o un gesto de bondad o incluso una manera de vivir que tiende hacia la bondad, pero es el mal el que escribe la trama por debajo. Un mal necesario, podemos decir. El mal que hace que el mundo gire. En eso no contamos con Dante ni con su Beatriz, haciendo que el firmamento entero fluyese bajo la influencia de su corazón enamorado. Los escritores saben que los días grises espolean más ardientemente la pluma. Ya no usamos pluma, pero los días grises persisten. Están ahí para que la literatura siga haciendo su labor subliminal, su trabajo en la oscuridad. El arte entero hace eso: luchar contra el mal, aunque lo use para explicar su descendencia. No ha habido artista que haya negado esta evidencia. Ningún escritor ha vivido de espaldas a esta declaración de principios irreducible. Los otros días, los de la luz, no hacen nada para que puedan ser escritas las mejores canciones. Incluso el deslumbrante pop, esa música festiva que hace que todo resplandezca, funciona porque el resto de las partituras son sombrías. La mejor música clásica es la que hiere por dentro. El cine al que uno se inclina más es el que narra las fracturas del alma. El mundo pertenece a los desconsolados. El único consuelo asible es el de la filosofía, y los gobiernos se obstinan en retirarlo de los planes de estudios. No se ha visto nunca que un gobierno se preocupe de la felicidad de sus ciudadanos. El estado del bienestar es otra cosa. Son números. Una estadística. Un plan rentable de alcance electoral. No hay canciones de amor que sirvan para explicar todo esto. Podemos coger un blues. Adoro el blues como expresión íntima del desconsuelo. El que canta no espanta su mal: lo que hace es conocerlo más de cerca, intimar con él, abrazarlo y procurarle un refugio. El que escribe hace algo parecido. Escribir es encontrar un refugio cuando el día es gris o cuando las canciones de amor no bastan. Duele el mundo porque el azar lo gobierna. Tenemos fe (quien la tenga, yo ando en eso escaso) porque la vida es muy dura. Lo es bajo ningún género de duda. Dura por necesidades del guion. Dura en su propia escritura interna. De vez en cuando la vida nos besa en la boca, y a colores se despliega como un atlas. Lo dijo el poeta. Por eso respiramos. También. Pero anoche volví a leer a los poetas desconsolados y me acosté en esa zozobra lúcida, en ese malestar dulce. No ha desaparecido al abrir el día. No hay razón para que una sencilla jornada de sueño pueda borrarlo. No escribieron ellos de asuntos tan graves como para que un simple sueño pueda hacer que la llama dolorosa se extinga. La vida es un regalo luminoso. Vivir fascina. Incluso en el gris se aprecian a veces estallidos de rojo, volutas incandescentes de azul. La vida es un thriller turbio. Un bolero triste. Todos los boleros son ecuaciones de segundo grado. Cine negro. No crean otra cosa. 

Tríptico 2




 Ego in snow

No sabe uno nunca cómo lo miran los demás. Cree tener una idea aproximada, maneja cierta información más o menos fiable, pero no hay forma de salir afuera y contemplarse desde esa distancia clarificadora. Se vive en esa soledad imprecisa.  De pronto reparo en la inconsistencia de lo que uno toma por cierto. Lo bueno (quizá) es no estar a salvo, no aliviarnos con la idea de que tenemos un refugio en el que cobijarnos. Se vive mejor en la intemperie. Hay más con lo que divertirnos en la incertidumbre. Hoy mismo pensé en lo fabuloso que es saber tan poco como sé. Lo que he ido atesorando (la cultura es un objeto valioso en estos tiempos de oscurantismo y precariedad) solo me sirve para provisionar más tesoros. Somos insaciables en ese asunto. Se me levanta el corazón al pensar en todos los libros que no he leído. Se queda ahí, enhiesto y febril, con toda la maravillosa virilidad de la sangre, desafiante, un poco chulo. El corazón es una criatura que delinque a su antojo. Comete a diario los delitos que la cabeza no consiente. Por eso no hay que pensar en demasía. No tener una idea certera de las cosas grandes o de las pequeñas. Sobre todo, de lo que rehuyo es de la trascendencia, pero se está bien dentro de esa casa llena de espíritus. Yo, al menos yo, la disfruto a poco que me invitan a visitarla. Me doy un garbeo por las nubes, flipo con la metafísica, me arrebata la belleza inmarcesible de las grandes palabras. Luego las declino. Las grandes palabras, digo. Desestimo la posibilidad de organizar mi vida en base a ellas. A lo que no renuncio es a amenizar mi ocio con ellas. 



I prefer not to
En conciencia, a cuenta de lo visto, es preferible arrimarse a la máxima de Bartleby, ese preferir no hacerlo. No por pereza ni movido por ningún ascua de ignorancia. Bartleby, un hombre de cierta edad, de los del gremio de los amanuenses o escribas judiciales.  Los hombres benévolos y las almas sentimentales sobre las que el narrador deposita su relato no son muy distintas a las del penoso ahora. Ninguna de las cosas que puedan contarse escandalizarían al lector actual. La literatura no se ha privado de personajes como el de Melville. Y uno, en el esmero de contarlo todo con primor, reclama ese sentido primario de las cosas. La fórmula, amplificada, ramificada, evidencia la desolación del ser humano, su absoluto estupor ante la existencia. ¿Y quién no está abrasado por lo real? ¿Quién, a pleno pulmón, consciente de su interior, no preferiría no hacerlo, no involucrarse, dejarse llevar, agotado y limpio, legítimamente habilitado para ese abandono? ¿Quién, cayendo lo que cae, no optaría por el refugio de la dulce apatía, no se siente cómodo en esa indiscernabilidad, sobrevenida y pura, inasequible a ser diseccionada sin robarle su extremo grado de pureza? Cuando Bartleby se decanta por rehusar hacer copias o registrar documentos lo que está haciendo es invalidar al lenguaje mismo. No es que no quiera hacerlo. No es una negativa. No hay una voluntad hostil. Lo que hay (y lo que yo aprecio) es una deliberada (y mágica) suspensión de la realidad. Querría yo suspender en ocasiones la mía. Encontrar entre todas las fórmulas del protocolo una que manumitiese la voluntad ajena e hiciese que ganase, sin atropellos, con mansedumbre, la propia. Bartley, el destructorEl que ofrece un sistemático plan de demolición, el que (en otro orden de cosas) podría valernos para soportar el rigor de lo real, como quería el poeta. Porque los tiempos están verdaderamente envenenados y es posible encontrar un antídoto en las palabras. De verdad que es en el lenguaje en donde está la salvación. El pobre papel del abogado de Melville, obligado a entender a Bartleby, es el que falta en la escenificación de esta pequeña trama. Porque es una trama pequeña. Es irrelevante traer a Bartleby hoy a esta casa. No sé si hace uno bien en enredarse en estas frivolidades del ocio vespertino. Mi amigo M. me pidió ayer que me dedicara a asuntos literarios de más fuste. Acaba tu novela, sentenció. Está acabada, está cerrada, contesté. Ahora lo que le tengo es un respeto enorme. Ahí vamos. 

15.11.22

319/365 Joseph Losey

 




Una de las fantasías a las que acudo cuando me aturde la realidad es la de borrar una parte de mi memoria, digamos la más frívola, la que no ahonda ni me compromete, y alegrarme después con la posibilidad de volver a llenarla. Sería fantástico volver a escuchar por primera vez So what, la pieza inmortal de Miles Davis, o ver también por primera vez Ser o no ser, la obra inmortal de Ernst Lubitsch. El volcado de esas unidades elementales de placer, una vez que sabe uno de su bondad y de su trascendencia, me excita enormemente. De hecho me da una envidia sana ver al espectador vírgen en Hitchcock o en Ford. Saber de gozosa primera mano qué le aguarda. Debiéramos en este hilo sutil de las cosas, disponer de un mecanismo que suprimiera la experiencia a capricho y luego la restituyera sin pérdida. Como ninguna de estas ocurrencias mías suceden ni de momento hay visos de que puedan suceder (ay, la ciencia avanza una barbaridad) mi alma sensible, la apetitiva y la discursiva, se conforma conque le proyecte nuevamente El sirviente, la película maestra del olvidado Joseph Losey. Todo en ella, sin embargo, ha sido nuevo. Reconocía sensaciones, intuía riesgos de la trama, pequeños giros argumentales que, al final, resultaban sorprendentemente trascendentales, pero ignoraba la sustancia narrativa en sí. Supongo que la memoria, compinchada con el corazón o con cualquiera que sea el órgano que gobierne el placer estético y el intelectual, ha jugado a mi beneficio y me ha permitido (una vez más) contemplar lo contemplado como si fuese la primera vez. Me pasa a veces con los amigos, con los hijos, con mi esposa, con mis padres. Sucede que de pronto parecen unos recién llegados de quienes poseo, sin embargo, información relevante. Los sé míos, aunque los mire con el asombro de lo nuevo. Es un juego (involuntario, de difícil manejo, como todos los buenos juegos) que practico siempre que puedo y que me da cada vez más satisfacciones. Se puede empezar con una sinfonía de Mahler, pasar a un poema de Gil de Biedma y terminar contigo mismo, mirándote al espejo, haciendo con palabras nuevas las mismas viejas preguntas de siempre. Un juego, ya digo. Solo un juego para una mente ociosa de sábado por la noche. Pinter escribió una obra maestra. Una de invasores y de invadidos. Lo había visto antes, pero esta vez se me ha revelado como nunca. Igual no era yo sino otro el que estaba hace un rato ahí sentado, en el salón, a oscuras, viendo la opresiva obra de Losey, apreciando esa mínima brizna de gozo que luego, poco a poco, se iza y ocupa mi cabeza entera. Losey fue un director vapuleado por el macartismo y por su condición de raro en una época donde el cine de éxito plasmaba una idealización de la vida, un ameno paisaje de amores o de fatalidades (vendrá a ser lo mismo a veces) donde su descarnada concepción del género humano no casaba, no llamaba en masa al público, no tenía refrendo en la taquilla. Tocó después el exilio político y cultural, la acogida en Inglaterra, la amistad con Harold Pinter, el recado de que podía ir por fin por libre. El sirviente, obra maestra de Losey y de Pinter, con un antológico Dirk Bogarde, es un estudio de las clases sociales y de las servidumbres, del orgullo y del pesimismo en la condición humana. Losey hace a Bogarde un vampiro moderno, un pequeño monstruo de la modernidad, frágil y de lenta apropiación del objeto deseado. 

Hiperión

 




I

Días que parecen muchos, me dijo K. No es solo que pesen. No es el peso. Es el espacio que ocupan. La certeza -la lamentable certeza- de que no se pueden estirar más y hacer que puedan alojar los vicios privados, todas esas ocupaciones a las que no se entrega uno lo que querría, las que anhelamos secretamente o a voces, da lo mismo. Quizá por eso está el trasnoche. Qué palabra más hermosa. Hay pocas que posean la hondura de trasnoche. Parece que estamos transgrediendo algo, no sé. Como si el tiempo nocturno en el que nos dedicamos a lo más acendradamente nuestro sirviera para acometer mejor las labores del día, que no son nunca pocas. Como si apurar las horas de la noche en leer un libro o en ver una película o en escribir o en escuchar música contribuyese a que el trasegar posterior se sobrellevase con más soltura. Y bien sé que no es así. La edad cobra sus peajes, pide el arancel de su causa. 


II

No siempre se da el caso, pero hay ocasiones en que el futuro no interesa, ni el presente. Solo se inclina el apetito a despacharse una dosis generosa de clásicos. Leer entonces a Keats en un espacio de sombra, llegar donde nos conduce, advertir la hondura, saber aceptar la luz, comprender toda la oscuridad y regresar con un júbilo que no se sabría contar. Es lo inefable lo que nos hace más felices. Hiperión, un fragmento. Aquello que no es posible rebajar a la palabra. Lo que está, lo que tenemos la seguridad de que está y que, sin embargo, no podemos difundir, ni querríamos, aun sabiendo. Anoche fue Keats, poco antes de alcanzar el sueño. Hoy lo he recordado al comenzar el día. He pensado: Keats me espera después, cuando regrese a casa. Hay poemas que me esperan. De un modo que tampoco podría explicar, la belleza me conoce y me espera. Días que parecen muchos, K. Noches que se persiguen y se pierden. 

14.11.22

318/365 Anne Carson

 



Tengo la boca de mi madre. Hablo hasta las palabras que ella dijo. Cuando yo muera, nadie tendrá mi boca. Mi madre habrá muerto otra vez. Yo no habré vivido nunca. Hay un libro que dice exactamente esto. Da igual la página que abras. Todos los libros del mundo son libros de la muerte, aunque parezcan que irradien luz. Son de la sombra los libros, es de la muerte la boca con la que la aparto. No tengo memoria de lo que hice mal para que todo se haya puesto tan en contra. La mayoría de los días camino sin motivo y me paro en cualquier parte. Me da por pensar si el cuerpo agradecerá lo que hago por él, por que viva algo más, por no lastimarlo como suelo. Toda la vida cabe en un paseo de los que hago. Salgo cuando el sol y vuelvo cuando se esconde. La casa de noche es un lugar de fantasmas. Me hablan. Me susurran la historia de sus ancestros. Mi padre era carpintero. Mi madre era enfermera. Les escucho con atención. Veo en ellos la parte de fantasma que me aguarda. Mi padre no era carpintero, ni madre enfermera, pero tengo su boca y habla si hablo. Dejo una página de un libro descuidadamente abierta, algo que no he dicho, escribo en un verso, el teléfono descolgado, la sed con los ojos secos. Si yo supiera cómo hacer que los muertos regresaran, no se lo contaría a nadie. Los iría llamando con precavida timidez, al principio. Les diría que no tengo otro interés que conversar. Los vivos dicen siempre lo mismo. Hablan de la muerte, sin saber: hablan de vivir, sin saber. Un muerto es un libro que se ha cerrado. Me haré un corazón nuevo con sal y barro, escribiré un día. Me arrodillaré y besaré la tierra. Estaré sola, estaremos solos. La voz de los náufragos recitará el poema que el mar me dicte. Un cielo de plomo puro ocupará el vuelo de algún pájaro desavisado. Despertarán los héroes griegos de sus tumbas de plata. Qué frágiles sus alas, qué fuego más hondo las empobrece. Les mentiré si me preguntan. No nos morimos, somos un sueño de alguien que no va a despertar nunca. "Oigo pequeños chasquidos dentro de mi sueño. / La noche gotea su taconeo de plata / espalda abajo". 

Tríptico

 I/ El alma

Está el alma sencilla y está pura, 

la invade la armonía secreta del cosmos, 

la que jamás se busca y únicamente 

acude furtivamente, en un descuido, 

en un extravío sin aristas ni centro. 

Construyo júbilo adentro. 

Está el alma en ardentía, 

robándole sílabas al tiempo, 

dando fuego al olvido.


II/ El amor

Visto lo suficientemente cerca, 

el amor es un desvarío, 

un acceso de fe en el dios pequeñito 

que el objeto amado lleva dentro. 

Descreer es cuestión de tiempo. 

Seguir creyendo, mantener el alma 

firme en la fe, es cosa de alucinados. 

El amor es el trabajo diario de quienes 

celebran la llegada de cada nuevo día. 

El amor es el texto del optimista. 

El sendero por donde mueren 

los que no están perdidos por dentro.


III/El verbo

Escribe uno porque quizá 

no sabe hacer otra cosa. 

Escribe porque casi nada satisface más que escribir. 

Soy Kurtzen el Mekong. 

Funes en su memoria. 

Cristo en el huerto. 

Humbert Humbert en un espiadero. 

Sam al piano.  

El capitán Ahab registrando ballenas. 

Sancho Panza esquivando molinos. 

La teniente Ripley apartando aliens. 

Mi hermano norteño en Providence anoche

Dios en sus nubes. 

Dentro del yo que escribe 

hay más voces que afuera 

en donde a veces no hay nadie. 

Dentro de mí están las palabras 

y lo que hago es arrimarlas 

sin que se lastimen. 

Breviario de vidas excéntricas / 7 / Los Argüelles

Padre Mi padre ha tenido siempre gesto de gárgola.  Padre  A mi padre lo apresaron en la guerra por escribir pasquines, por llamar a la rebe...