17.1.17

Donald & Ronald




Ilustración: Tony Futura


El miedo irrumpe sin avisar. De no tenerlo, de ni siquiera pensar en él, se pasa a notarlo como un cáncer. No hay sentimiento que produzca más inquietud que el miedo. Porque es la puerta a todas las cosas malas que pueden pasarnos o porque, una vez que campa a sus anchas por nuestra cabeza, la realidad es sospechosa y los monstruos merodean por ella como las hormigas alrededor de unas migas de pan. Se puede tener miedo a Peter Pan o a las bufandas. A Buster Keaton o a las mujeres sin depilar. No hay un argumentario, no se tiene siempre a mano un protocolo de actuaciones que lo prevengan o que, llegado el caso, lo haga flaquear o lo aparte sin consideraciones. Hay quienes defienden el miedo. Sostienen que no habría religión de no sentir miedo, que la sociedad (tal como la entendemos) no habría prosperado de no haberlo. Algunos, yendo más lejos aún, lo fomentan. No entiendo otro motivo para que Trump sea el presidente electo del orbe. Los que lo votaron sintieron que hace falta un poco de miedo para que todo avance. La vida es más entretenida cuando la zarandea el miedo. Todos tenemos cosas a las que temer. Posiblemente pensar en ellas haga que no triunfen. La mejor forma de vencer el miedo es invitarlo a que nos visite. De ahí que Trump esté donde está. Me viene Trump una y otra vez estos días a la cabeza. Lo veo pulsando el botón rojo o dándole matarile a los inmigrante o levantando muros o cerrando puertas. Me produce una mezcla sostenible de miedo absoluto y de cosa risible el tal Trump. Como todo en este mundo es binario y se resume en que algo guste o no, sin entrar en menudencias o en honduras, Trump es el bien o el mal absoluto. Dios o el Diablo. Lo que aterra es la certeza de que todavía no ha sentido la erótica del poder, la que le hecho desatender sus negocios (es un decir:  los va a afinar y hará que medren) y sentarse en ese trono de hierro que está en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Cuando tome las riendas, no habrá vuelta atrás. En realidad, si no hubiese este trump, haría sido otro trump. Los hay a espuertas. El mundo crea trumps continuamente. A veces los tenemos en la vecindad: no poseen el poder del Trump original, pero piensan y funcionan como él. Fueron los descontentos (los descarriados, los de las colas del paro, los que cierran las ventanas, los que miran el color de la piel o el acento de las palabras) los que le concedieron el beneplácito de la duda y le dejaron encaramarse al poder; fueron ellos quienes largaron a Obama, tal vez desencantados con toda esa maquinaria brillante y también inútil a la vista de que no zanjó el paro, ni ahuyentó el peligro terrorista, ni devolvió América a los americanos, que es una cosa que en Europa nunca entenderemos, por más que se nos explique ese sentido de la propiedad en el que la tierra lo es todo. Trump aprovechó el ruido de las bombasde los demás para sacar a pasear las suyas. Se arrogó la facultad de hacer ensamblar las piezas y, a lo visto o lo escuchado, es posible que termine por cumplir ese cometido. 

Todo lo que sabemos de Trump proviene de lo que se han preocupado de airear las agencias de información, pero no hay nada que él mismo no haya podido moderar o suprimir para que la imagen que proyecta sea menos polémica. Es la primera vez (al menos a este nivel, con este rango mediático) en el que vence el mal a sabiendas de que se le está haciendo. Es la mediocridad desalojando a la excelencia. No hacen falta grandes hombres para las grandes causas: tras este episodio electoral se ha constatado el final de la inteligencia. En su lugar, ocupando el sitio al que la izamos, se enseñorea la ruindad, la mezquindad, ese sentido primario de las cosas en donde rige el proteccionismo salvaje, el nacionalismo ciego y el atropello a los derechos civiles. Esta América Blanca que Trump detenta acabará enfrentada con todas las demás Américas, la blanca, la amarilla o la color pastel, da lo mismo. Ya lo está, de hecho. Se ha erigido como valor la diferencia. La escuela perderá con el cambio. Se rebajarán las exigencias: se invertirá menos en las aulas, se debilitarán (más aún) las prestaciones sanitarias (pese a la irrupción del esperanzador ObamaCare) se harán más películas de propaganda militar o nacionalista (más de la que ya existía) y se hará más evidente la extrema injusticia de una globalización que no tiene freno y que terminará por morderse a sí misma y matarse. En dos días se hará la ceremonia de la desolación. Es el comienzo del miedo, pese a que sesenta millones de electores hayan depositado su confianza en su gestión. Es el terror mismo el que ha inclinado el voto: se prefiere abrazar el mal, a sabiendas de que nos devorará, que seguir creyendo en el bien, vista su incapacidad para sacar adelante una hoja de ruta económica o social o sea poco valiente a la hora de acometer la defensa de un país al modo en que el ciudadano norteamericano medio desea que sea defendido el muy amado suyo. Todo lo que el Trump listo ha dispuesto para que esa masa electoral refrende su impostura es lícito, no hay nada que rebatir: no se ha cohibido en su exhibición populista, en granjearse la adhesión de la supremacía blanca o de los ilusionados en una América más grande, como rezaba su lema de campaña. Si no se le amarra, el nuevo emperador de la galaxia hará que echemos de menos a Bush. De ahí el miedo, la constatación de que algo malo está a punto de ocurrir y de que no tendremos ninguna vía a mano para eludir el mal o hacer que pase de largo y no se fije en nosotros. Estamos en la mira de Trump: sin que nos esté mirando, no ha dejado de observarnos. Anoche, sin ir más allá, soñé que Trump y el Ronald McDonald me sacaban de la cama e invitaban a que montase en una limusina enorme con la que recorría unas avenidas de una gran ciudad en la que nunca había estado. Me he levantado con alivio, concentrado en disfrutar del café de primera hora de la mañana, que suele ser el mejor de todos los que tomo. Me relajé en exceso, imagino, puse la televisión y apareció Trump en el telediario matutino. Cambié infructuosamente de canal. Me propuse acabar el día exorcizando al demonio, poniendo el miedo que tuve en el sueño a buen recaudo, bien lejos. Escribir es el mejor consuelo para que se aleje el mal con el que la realidad se obstina en malograr la legítima felicidad a la que aspiramos. No sé si temerlo o tomarlo a chota. 

Bibliotecas / 7



Hay bibliotecas que no lo parecen, pero no difieren de las otras, de todas las que has visitado y se han parecido entre ellas. Comparten la idea del orden, esgrimen contra quienes las apartan las mismas consideraciones intelectuales o estéticas: hay que leer, el futuro de un pueblo reside en la educación que reciba, los libros son el legado más valioso del hombre y en ese plan. En algunas de esas bibliotecas que no se inscriben en la norma pueden concurrir circunstancias que las hagan verdaderamente valiosas. Da igual que una furgoneta abierta en un costado (como las que surten de helados en verano) o un improvisado puesto callejero en el que se apilan libros para que el transeúnte los ojeé con vistas a que alguno sea el elegido y se lo lleve a casa. Las bibliotecas que se instalan a pie de playa son privilegiadas por sacar al libro de la pompa con la que se exhibe las más de las veces. Al libro se le confina con excesiva frecuencia en lugares en donde importa la elegancia, la distinción, cierto esplendor acorde al brillo o al mérito de lo que allí se expone, pero la cultura campa mejor sin corsés, sin dejarse catalogar. El hecho de que uno pise la arena de la playa sin calzado, con el torso desnudo, bronceado a fondo, cubierta la cabeza con alguna gorra con visera para hacer que el calor no la derrita, hace que la lectura se aligere también de sus protocolos. Hay literatura de verano como existe de chimenea o de cama, pero lo que se premia es la lectura en sí misma, la facultad de que el lector elija dónde leer y el atrezzo no interfiera en la ella y podamos franquear una novela de mil páginas sin que se nos venga abajo a poco que calienta el sol o el sudor, insobornable, se escurre frente abajo, amenazando con caer a la página y emborronar un par de frases.

Bibliotecas / 6


Ruinas de la biblioteca Holland House en Londres, en 1940, durante uno de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial


Las bibliotecas custodian la Historia y la preservan ante la eventualidad de que el género humano pierda la cabeza y se líe a palos masivamente. Sucede que en la contienda, en la refriega, en el yo te invado antes de que tú lo hagas o yo te tiro una bomba por si a ti se te ocurre la misma idea, son las bibliotecas las primeras que padecen el desvarío de los contendientes. Parece que se esmeran en que las bombas caigan en ellas. Se obstinan en reducir a escombros las bibliotecas y las escuelas. A veces, según las circunstancia, arremeten contra las iglesias. Quedan en pie las tabernas y los puticlubs, por si hay gana de farra cuando han terminado de pasar las ambulancias o se han enterrado a todos los muertos. La visión de una biblioteca destrozada produce en quien las ama una desolación muy difícil de describir. Cuando el dolor es hondo, si ha alcanzado los adentros, resulta duro pensar con calma, escribir o hablar sobre lo que se ha perdido. En el duelo el pulso narrativo languidece, flaquea, se pierde invariablemente, pero lo que se escucha o lo que se lee es verdadero, no obedece a ningún ardid literario, ni se deja cortejar por las modas. Los libros no sólo arden muy bien, si se les arrima un fuego que no se desmaye en la tragedia de hacerlos ceniza: también mueren con absoluta soltura. Parece que no les importa. Como si lo que les sucede estuviera registrado en alguno de ellos, justamente en los que están padeciendo el rigor de las llamas. No hay nada que no se haya escrito. En alguna época, alguien constató el terror o el amor o la belleza. La literatura es una extensión de ese volcado ancestral. Se anudan los argumentos, se expanden, adquieren volumen, incluso parecen otros, aunque en realidad sean los mismos de siempre, los que contaron los griegos o un bardo inglés o un novelista metido en contar andanzas caballerescas. Arden los libros, se les da bien arder, pero hay otros que les suplen. A cada libro sacrificado, hay otro que acecha para ocupar el hueco vacante. Si las bombas derriban una biblioteca, los supervivientes levantarán otra y colocarán con mimo los volúmenes en las baldas. En alguno se transcribirá la historia de los que prendieron la mecha y de los que la vieron prender. Estará el pasado y se entreverá el futuro. Lo que sí es cierto (no hay otra verdad más fácilmente defendible) es que el libro permanece. No hay objeto mejor pensado que él. Si tuviéramos que elegir uno solo, un solo objeto que representara el progreso del hombre, no habría ninguno mejor que un libro. El fuego no los hace perecer. Duran mientras alguien relate lo que leyó en ellos y otro se empecine en registrarlo para que no se pierda. 

16.1.17

Bibliotecas / 5


Nunca me sedujo la idea de los laberintos. Me fascina, sin embargo, la posibilidad de perderme, el juego en el que uno vuelve a casa después de haber pensado que no volvería a hacerlo nunca, poniéndonos un poco trágicos. Las bibliotecas son los únicos laberintos en los que me dejo perder. Es la cabeza la que viaja, no el cuerpo. Es la ficción la que te coge de la mano y te zarandea: la realidad sigue firme ahí enfrente. No hay libro bueno en el que no exista esa sensación de zozobra. Hay algunos libros de los que no sales nunca, aunque pasees al acabarlos o los comentes con los amigos en la barra de un bar o en un whattsap. Libros de los que te impregnas, libros que te afectan como lo hacen algunas personas, libros a los que vuelves de vez en cuando para comprobar que todo está en su sitio o que, ojalá fuese así, las cosas han sido movidas y ahora el libro es otro. Quizá somos nosotros los distintos. Como el río de Heráclito: nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Es otro el río, su corriente; nosotros nunca somos iguales de un día a otro. hay biblioteca que no cambie a poco que no la miremos. Ninguna que no posea la facultad de que su dueño no la reconozca.

15.1.17

Bibliotecas / 4



Las bibliotecas domésticas también contribuyen al palique de sus dueños o de sus invitados. No se exige la conversación sobre libros, pero acabaría por imponerse. Ésta es la de Woody Allen, según consta a pie de foto. No coincide con la idea que uno tiene de él. La imagina caótica, cree que le cuadra mejor una biblioteca en la que no exista orden, en donde los volúmenes se arracimen en mesas, se arrumben en el suelo en desmayados montones u ocupen las baldas apretados groseramente, sin darles aire, unos apilados en vertical (como parece que es exigible) y otros, más aristocráticos, ofrecidos en horizontal, sin concierto ni voluntad que los gobierne. Quizá la biblioteca dice más de quienes las poseen que los hábitos o las palabras con que se nos conoce. En la intimidad somos otros, nos expresamos de otra manera. Preservamos para los íntimos esa expresión privada de nosotros mismos. No es una información que debamos difundir, no es algo que los demás deban saber. Entiendo a quien tenga esa especie de pudor en lo concerniente a sus libros, a cómo los ordena o de qué secreta manera los custodia. También a quien abre sus puertas y ofrece esa parte suya al escrutinio de los curiosos. No hay un criterio al que afiliarme. Las bibliotecas personales son extensiones fiables de sus propietarios. Si Woody Allen me invitara a la suya, si me diera a elegir en qué sillón sentarme, le diría que no es su casa. Que es un decorado para una película ambientada en los años treinta. Me parecería estar escuchando de fondo una pieza bailable de esas orquestas de dixieland que amenizan muchas de sus obras. Al tercer bourbon le animaría más confidencialmente a que confesara. "No es la tuya, Woody. Tú no eres el dueño. Saldrá en la siguiente película que tienes entre manos, ¿verdad?"

Bibliotecas / 3


Bibliotecas / 2


No hay sitio donde mejor se lea que junto a los libros. No es que se tenga uno en las manos, es la sensación de que los demás (muchos o pocos) están cerca y participan de algún modo de la lectura. Libros que consuelan sólo con saber que están disponibles. Como las personas a las que amamos. Además ninguno nos reclama una entrega exclusiva. Lo ideal es ser infiel e ir cortejando a unos y a otros. En una biblioteca la promiscuidad libresca es saludable. Basta una silla. Ni la silla es precisa, si hay suficiente deseo.

Bibliotecas /1


Una de las palabras más hermosas que conozco es letraherido. Uno de los lugares en el que estoy mejor es una librería. Borges imaginó el paraíso bajo la forma de una biblioteca. En adelante, iré dejando caer fotografías de librerías, de bibliotecas (privadas o públicas). Algunas necesitan de una escalera para acceder a las baldas más altas. Todas, por modestas que sean, ofrecen el consuelo que en ocasiones no se encuentra en otros sitios. Todavía me sucede que al entrar en casa de alguien por primera vez busco si tiene o no una biblioteca. Husmeo con discreción, pero seguro que algún gesto me delata.

10.1.17

El año de Bowie


Fotografía: Felipe Trueba


Cambios
En cierta ocasión, en una conversación sobre iconos de la cultura, alguien dijo que no habría nadie como Bowie. No recuerdo que se esforzara mucho en sostener un argumento. Le daba lo mismo qué pensaran los otros, si lo aprobaban o decían otro que rivalizara con su adorado elegido o ninguno. Era la época en que Nile Rodgers le produjo Let's dance, aquel llenapistas, refinado y comercial, que hizo que mucha gente ajena al rock o al glam-rock le descubriera y buscara discos antiguos. Si ahora retomáramos de nuevo la charla volvería a reivindicar a Bowie y esgrimiría las mismas escasas justificaciones que entonces. Cuanto más se obstina uno en ofrecer un argumento, más salen otros en contra. Sucede con Bowie (o con quien desee el lector que lo supla) como con la fe. No precisa una explicación. Es más: cuando la tiene, si alguien se ocupa de aplicar una, más pierde. De un modo absolutamente hosco, exento de los protocolos al uso, se podría decir que no hubo nadie como Bowie y no añadir una sola palabra más. De hecho fue único a la manera en que lo fueron Leonard Cohen o Prince o George Michael (en otro rango), por citar genios finados en el recién enterrrado 2016, pero escuchando hoy Blackstar nuevamente pensé en la extraordinaria habilidad de Bowie en ser otros, en no ser casi nunca Bowie. Se puede ser cualquiera no siendo deliberadamente nadie. Es todo un poco borgeano, pero se ajusta bien a la idea de defender algo sin ofrecer nada que lo confirme o sostenga. Fue El Camaleón. Mutaba. A cada disco ofrecía una opción novedosa. No sólo hizo que su aspecto fuese siempre cambiante, sino que su osadía produjo propuestas musicales que casi nunca eran predecibles. Podía haberlas mediocres (Tin Machine o el infame Never let me down) o gloriosas (desde The man who sold the world hasta Heroes) pero planeaba la impresión de que se reinventaba a cada instante, sin que nada a lo que accedía le pareciese correcto o legítimo para quedarse ahí más tiempo del estrictamente necesario. Como suele pasar, uno muere cuando más ganas tiene de no hacerlo. A Bowie le pilló en plena ascenso en la consideración mediática. Gente joven que le descubrió a partir de Heathen o The next door. Acercarse al jazz o al drum ´n bass le granjeó la adhesión o la repulsa de legiones de seguidores, que iban en muchas ocasiones por detrás del genio en su mutabilidad escénica o creativa. El riesgo le hizo no desatender cualquier sonido que se le acercara: no tuvo reparos en pedir ayuda a Carlos Alomar, Iggy Pop, Trent Reznor, Nile Rodgers, Robert Fripp o Brian Eno. Ninguno negó la solicitud de Bowie, ninguno pensó que estaba salvando su carrera: todos conocían su inclinación a esa periferia en la que no hay palo musical irrelevante y en el que cualquier colaboración es sentida más como un honor que como un ayuda.

Blackstar
Las escuchas de Blackstar dan para que nos parezca corto. Hay mucho material poco explotado: se queda en una tentativa, en una especie de obra maestra, a la que no llega porque el que escucha anhela una rotundidad. Temas largos (Blackstar o Lazarus, excepcionales) que piden un desarrollo mayor incluso. No es un disco fúnebre, aunque la muerte lo impregne todo y se tenga esa sensación de que todo es una rendición, un manifiesto testamentario para que los íntimos y los accidentales supieran que se puede ser creativo cuando sabemos que no podremos serlo nunca más. Rabia, angustia, poca o ninguna contención. Tampoco hay concesiones a lo fácil: daba igual que no fuese entendido o que no cobrara el vigor comercial que otros discos pretendieron, conseguido o no. Rock tocado por músicos de jazz: ésa era la deconstrucción, el volcado de una manera arriesgada de entender la música. Todas esas pinceladas un poco paranoicas (sonidos fragmentados, quebradizos, ambientes que enclaustran y apuntes de inspiración exótica) explican la necesidad de Bowie de ir más lejos, la de no afincarse en lo conocido, en lo rentable. Lo terrible de que este año haya sido el de Bowie, justo cuando se fue, en el momento en que menos apostó por alcanzar ventas millonarias y el beneplácito de la crítica, es que sea en realidad una despedida. Toda la grandeza de Blackstar procede de su contundencia. La consideración más inmediata es la de que uno está enfrentado, cuando lo escucha, a una especie de declaración de últimas voluntades. No es que se deje llevar por los pasajes (algunas monumentalmente tristes) o por la certeza (lamentable ella) de que el genio murió pocos después poner a andar el disco. Un réquiem en toda regla. Gozoso, pletórico, sublime a ratos, Blackstar es un cierre lógico.

7.1.17

Wittgenstein en el Bernabéu



A veces escucho a Jorge Valdano y no sé si está comentando un partido de fútbol o el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein. Admiro su soltura semántica, ese tratamiento elegante del vocabulario, ese hilvanar frases con absoluto esmero, sin que sobre o falte una palabra. De Valdano, el rapsoda (le decía el ínclito José María García) tengo la idea de que no todo el mundo aprecia esa voluntad suya de elevar la locución deportiva a un rango literario. Porque de verdad que en ocasiones borda la narración. No sé si es necesaria esa especie de aristocracia de lo lingüístico. Claro que luego despotricamos contra los que apalean las palabras o se atropellan o cogen una forma de contar y la explotan hasta que no parece un ser humano el que narra, sino una máquina a la que se programó para que ningún detalle valioso pasara por alto. No es una crítica hacia Valdano. Tengo en casa sus Cuentos de fútbol, una recopilación que él mismo prologa en la que aparecen historias de Javier Marías, Miguel Delibes, Bernardo Atxaga, Manuel Rivas, Roa Bastos, José Luis Sampedro o Manuel Vicent, todos ellos de declarada afición, si no verdaderos hooligans en algunos casos. El balón no es un objeto siniestro, dice en ese prólogo. Se embelesa el oído al seguirlo y comprende que cualquier disciplina, incluso la de menos fuste artístico, aquella que no concilia la belleza en sí misma o la que no se apresta a que se le rindan los más aplicados recursos del lenguaje, puede ser considerada noble y hasta lírica. La poesía puede advertirse en el regate que Modric le hace al defensa del Granada y el regate posterior que hace Isco para colocarse con ventaja y alojar el esférico en las mallas. Hay un espejo: el artista en el campo y otro más en el micrófono, elevando la narración deportiva a un estado superior. No creo que tenga ínfulas de escritor. Es un apasionado del fútbol, no hay más. Uno que no fue capaz de renunciar al manejo limpio de las palabras. No creo que colisione el oficio de contar un partido de fútbol con el de hacerlo despreciando la mediocridad, creando un diálogo entre lo inteligente y lo rutinario, entre la exposición cuidada de las ideas y la rudeza inherente al juego en sí. Sin evangelizar, no hay ninguna intención de adoctrinamiento en su parlamento, produce la sensación de estar escuchando otra cosa, una especie de homilía, pero no el trasiego de las jugadas del lance futbolístico. Llegado el punto, si uno se para de verdad a escuchar lo que dice, podría producirse el efecto inverso, el que definitivamente él no busca, y que consiste en dejar de ver el partido y emboscarse en su descripción. De cualquier manera, hay ratos en los que produce cansancio. No es una crítica. Será que nos falta esa educación y sólo queremos la restitución limpia del encuentro, no una magistral narración del mismo. Son cosas del fútbol, en todo caso. En el descanso, el Madrid le ha metido cuatro al Granada. Lo dicho: Wittgenstein en el Bernabéu.

Breviario de vidas excéntricas / 7 / Los Argüelles

Padre Mi padre ha tenido siempre gesto de gárgola.  Padre  A mi padre lo apresaron en la guerra por escribir pasquines, por llamar a la rebe...