25.3.15

El cielo ahora en Lucena
















La tomó mi hijo hace poco más de un ahora. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudir para cuando no están. El cielo, al digitalizarlo, pierde algo, deja de conmover, precisa el mirarlo al natural. Las nubes, estas nubes, lo emborronan, lo hacen boceto de otra cosa, no sabe uno bien de qué, pero lo engalanan, lo visten de domingo o de festejo importante. Incluso emborronado, qué cielo más hermoso. El cielo tiene esas efemérides improvisadas. Cautivan las nubes, hacen que las miremos como se mire al fuego, ensimismados, buscando algo, no sé qué, que pueda estar debajo. No me pongo místico, estoy muy cansado hoy, ni busco lo que no procede buscar. Es el cielo sobre Lucena, sobre la azotea de mi casa, en una fotografía tomada sin pensar, como a veces deben hacerse ciertas cosas. Tampoco hay intención artística. No hace falta, no se exige. Del cielo pedimos que sea clemente, que se porte bien con nosotros y no nos malogre las cosechas. Lo hemos mirado tanto que no parece que haya nada sin revelar, pero está por descubrir todavía, no hay un cielo igual, ninguno se repite. Es el cielo como el río de Heráclito: no es el mismo nunca, nosotros tampoco somos los mismos al mirarlo. Cambia el cielo y cambia el observador. Nadie baja dos veces a las aguas de mismo río, declaró Borges. Está el asombro, el horror sagrado, de ver que el cielo muta, se transfigura, restituye la antigua sensación de sentirnos solos, de saber que somos poco o somos nada, de que estamos aquí de paso, de que todo es fugaz y a todo el tiempo lo cifra y lo censura. Y mi hijo, al subir, al hacer la fotografía y luego mostrármela, debió sentir ese asombro, sagrado o no, debió pensar qué hermosa cosa había contemplado. Algo lo movió a registrarlo, algo a mí a dejar nota escrita de ese prodigio. 



20.3.15

En viernes

No sabe uno a qué encomendarse para aliviarse, en qué esmerarse. Nada o casi nada lo conforta: a poco que algo le conviene, en cuanto advierte un aviso de armonía, una especie de restitución de la alegría, acaba por chafarse, por no cuadrar, por dejarnos, en fin, sin asidero. Ni siquiera esa adquisición del placer es útil para no desearlo nuevamente de forma tan ávida: se tiene lo que se ansía y ya se está pensando en cómo asegurarnos que no nos falte y esté ahí a antojo nuestro, siempre que se precise, sin que su ausencia nos malogre nada, ni nos rebaje, ni nos arruine el proyecto de felicidad que estamos construyendo. Llega el viernes, nos ponemos ya en un plano prosaico, en el ras de las cosas, llega el día anhelado, el que nos reconfortará, con el anuncio del lunes cosido a su espalda, pero lo peor son los domingos por la tarde. Yo creo que se inventó el fútbol para borrarnos la sensación del regreso a la rutina. Ya viene de antiguo esa preservación del domingo como fecha relevante: se la rubrica como el día del Señor, para quien crea en Él; se la consigna en el calendario como idónea para prepararnos para la tunda de la semana, en la que se deben guardar las fuerzas, no gastándolas en empresas inservibles, en todo lo que nos debilita para la batalla del lunes, que es dura y se alarga durante cinco días más. Luego está el discurso del que no tiene fines de semana, como la condesa viuda de Downton Abbey, que ignora qué cosa es esa del fin de semana, y no porque se los hayan robado y ande deseando que regresen, sino porque no hay sábados ni domingos en su dietario, cosas de ricos o de gente linajuda. Quien también tuerce el espinazo en fines de semana descree de todo, se irrita por todo, con toda la razón del mundo a todo le pone inconvenientes y en todo advierte el jolgorio ajeno y la pena suya. No llueve a contento de cada uno de los que se mojan, no hay día que sea igual para cada uno de los que lo cruzan, no se tienen las mismas certezas ni las mismas incertidumbres de modo razonable, como si se repartieran en un negociado municipal o en un aula escolar. Lo que a mí me llena, a otro lo vacía. En lo que yo disfruto, otros sufren. Y está el mundo así, en esa convivencia de distintos, girando desde que reventó la pelota primeriza aquélla. Cuando el próximo domingo acabe, no pensaré en la llegada bendita del viernes, ni haré muescas en la cabeza, borrando jornadas a la espera de que se presente la que ansiosamente espero, no: se irá cubriendo el trayecto, se tendrá el gusto de que las partes que lo componen también alivian y confortan y nos hacen sentir bien y quizá hasta sea bueno que ese sentirse bien se manifieste y lo vean los otros, tomando conciencia de que nosotros no somos de los que vivimos sólo para lo festivo y nos duele en el alma el peso del trabajo, no, no podemos ser de esa casta, de la de los flojos y los castañueleros o la de los nihilistas y los deprimidos, que en estos tiempos se arriman las palabras y se ponen encendidas de afectos. Serán días duros, lo son de algún modo, días de zozobra, de no saber, de no querer saber en ocasiones; días de mudanza o de flaqueza, días bastardos escribí hace no mucho, como si supiéramos o no quisiésemos saber de dónde provienen, a qué ha venido su visita, el porqué de ese empeño en demediarnos, en atisbar un túnel al final de la luz y meternos allí y esperar a ver qué pasa. Porque siempre pasa algo, por mucho que no deseemos que nada cambie y todo se mantenga en su querer: pasan los días, van persiguiéndose. Y cómo no han de pasar, cómo sería posible que no se persiguiesen, cómo podríamos - ya acabo, un aplauso por vuestra paciencia, ah amigos, ah lectores eventuales e impactados por el grumo ideológico y sintáctico - no desear que nos regalen domingos, aunque sean duros y dejen al final olor a lunes, ese olor intenso a lunes que no nos abandona ni cuando vibra, en éxtasis puro, el bendito viernes. 

18.3.15

Cervantes reloaded



No andamos precisamente necesitados de huesos, no hay sensibilidad quizá para dar con los de un preboste de la cultura, un genio de las letras como Cervantes, y entender qué criterios usar para que ese hallazgo, ni malo ni bueno en sí mismo, no sea una piedra que tiramos contra nuestra propia casa, una casa en construcción, si se mira bien, o una casa a medio caer, mirado todo con más empeño. España es un país incómodo en asuntos históricos. No sabemos cómo leer a los clásicos. Tememos que no tengamos los instrumentos que nos los expliquen. Porque unos huesos de hace varios siglos no tienen más importancia que la financiera. Es el dinero el que lo mueve todo. Lo invertido en encontrarles vendrá con crecres, multiplicado, no lo dudo, cuando los turistas, algunos de ellos, visiten el convento y saquen sus smartphones y registren en ellos el momento en que estuvieron más cerca de Cervantes. Ignoran que es el libro el que nos entrega el Cervantes más digno, el más entero, el deseable. Todos los demás cervantes son extremidades pervertidas de una sociedad mercantilizada, arrimada al sonido de las monedas cuando caen al fondo del vaso. Volver a Cervantes después de todos estos siglos de ausencia podría deberse a asuntos menos frágiles - o frívolos - que unos huesos encontrados - sin certeza, sin ciencia exacta y posible - en un columbario vecinal, arrimados a otros de fuste histórico. Tendremos congresos sobre la obra del célebre manco, hagiografías varias, notas de prensa que elogien la suprema vigencia de su literatura, pero lo que a Montoro le interesa es que se llenen los bares de la manzana del convento, que el barrio de las letras madrileñas exhiba sin pudor la pujanza mediática de su nueva adquisición, un Cervantes sin ADN casi, un vestigio vetusto - o ni eso - de la gloria que fue y la que nos entregó. Madrid no es una ciudad de un millón de muertos, ya no, pero tiene desde hoy unos cuantos huesos famosos de más, los que sanearán las arcas municipales, no es otra cosa, no se pretende que sea otra cosa. Saldrán heridas, si no otra cosa, las hermanitas descalzas, que hospedaron el osario cervantino sin saber que tutelaban restos universales. A Wert, el ínclito, el egregio, el florido, el de huesos sólidos y calavera sapientísima, estará entusiasmado, como Vicky el Vikingo, pensando y volviendo a pensar cómo sacar partido de esta nota necrológica, si podrá usarla como distracción o si su égida será recordada como la del soberbio desenterrramiento. No hay político que no se solace de estas festividades exóticas. Tener un hueso de gran escritor o muchos o un prepucio sin corromper de santo probado anima el negocio del barrio, que no es en modo alguno reprobable, ni está en el ánimo de este pequeño cronista de sus vicios poner una falta a ese interés comercial. Lo van a sentir las hermanitas trinitarias, ay, lo van a sentir mucho. La clausura, el silencio, en fin, todas esas preceptivas de su recatada y recogida vida se despeñarán en interés de la cultura o del mercado o de las dos cosas juntamente. No estamos mejor, no, que cuando desconocíamos si Cervantes descansaba ahí o en otro sitio. Nuestros muertos, los más grandes, deben ser homenajeados en su obra, no a pie de tumba, no al menos solo a pie de tumba, claro. Todo lo demás es calentura de mercaderes avispados. Además ha costado una pasta el desentrañamiento de esta ósea trama. 

16.3.15

Manhattan


K. me dijo que cambiase de imagen, no la personal, la que cuido poco y nada algunos días, sino la del blog, que lleva ahí, izada como una bandera de mí mismo, seis o siete años, no sé, desde que el blog empezó a correr y tuve que buscar algo con lo que representar lo que vendría debajo, en los textos, en las demás imágenes. No sé ahora a qué vino coger la escena de Manhattan que todavía preside el blog o esta otra, que ilustra este post, y que también estuvo un tiempo y que retiré con dolor, como si borrase algo personal a lo que después nunca más pudiese volver. Cuesta elegir un fotograma, uno solo, si es que es cine a lo que acudimos para contar cómo somos o a qué nos inclinamos con más ardor. Cuesta quizá porque elegir una es negar el resto, prevalecer un estilo sobre otros, habiendo querencia por muchos, no teniendo ninguna certeza sobre si se ha hecho bien la elección y no vendrán después los arrepentimientos. Está bien, dice K,, que sean éstas las que cosas que me desvelan, que no haya otras de más peso. Uno elige estas distracciones - qué foto coger para un blog,; qué serie empezar, de muchas disponibles; de qué marca de cerveza comprar una caja; qué camisa ponerse - para no caer de bruces en la cuenta de que habrá otras decisiones y de que dolerán como no lo hacen éstas. Está la mente ocupada con estas frivolidades, puesto que lo son, aunque de una importancia relevadora y hermosa. Anoche mismo, al terminar los cuentos de Saki, en los que estaba desde hace un par de semanas, me perdí en los anaqueles y tardé lo mío - no sé, diez minutos, más tal vez - en escoger qué libro leería a continuación. Lo cogí y lo deseché de inmediato. Me dije que aplazaría ese placer - elegir un libro - para hoy. Lo haré esta tarde, al regreso del trabajo. Ahí me concederé esa alegría absoluta. El día irá bordeando ese instante, acercándose poco a poco, jugando a que llega y a que nada lo malogra. O solo será levantarse y escribir de algo, de lo que sea, contar una parte del mundo, contármela. 

14.3.15

Nos estamos haciendo viejos / Maneras de no irse pronto a la cama



A la idea de ver una película bien tarde le sigue la de añadir otra y ver si se puede echar la noche entera, enredado en películas, esperando que amanezca. Hace años que no cometo ese exceso de suplir el sueño con fotogramas o con lecturas. Vale también el libro: andar toda la noche dentro de una novela, engullirla en una sentada, que decía mi amigo K. en sus tiempos de lector voraz. Ya no lo es, ya no lo somos. Hemos dejado de hacer todo con esa voracidad de antaño. Comemos con la misma inquietud, pero no engullimos. Podemos hacerlo un día, por probar, por ver si se mantiene intacta el hambre y todavía sabemos abrir bien la boca y dar las dentelladas preceptivas. Las hay de una fiereza que compromete la integridad de la dentadura, pero qué felicidad ese perderse en el riesgo, ese ir y no saber si volverá uno indemne o le dolerá la espalda, por el rato empeñado, o la cabeza, al día siguiente, estará embotada, pidiendo las horas de descanso que no le dimos. A la cabeza le damos palizas que no merece. Hoy quise aventurarme yo en aventuras de éstas: así me lo propuse a poco de arrancar el día. Esta noche ves de nuevo Birdman, que no la viste bien, que te dejó un cuerpo raro. Y luego empalmas (qué verbo tan sólido y qué idóneo) con Relatos salvajes, la del Darín, que te la recomendaron ya varias veces. Si queda noche, si sobra ese silencio mullido que conviene para estos menesteres, lees, terminas lo que tienes entre manos (Santuario, William Faulkner, en una edición muy vieja que apareció el otro día sin que yo lo esperase, con el viejo Popeye y ese ritmo perdido de personas que entran y salen de la trama)  y te vas a la cama o no. Porque quizá no sea necesario dormir esa hora suelta. Está la victoria que hemos acometido: toda la noche oyendo pasar páginas o escenas en una pantalla o vidas que no son la nuestra y que alguien se preocupó de contarnos. La literatura es una batalla hermosa, las palabras son un instrumento maravilloso. Ahora son la una o poco más y no hay deseo, ni está la valentía rondándome, como supuse, como deseé esta mañana. Es que igual el día ha sido largo - lo ha sido - y uno no está ya fuerte del todo - no lo está en absoluto -. Nos estamos haciendo viejos. No se el porqué de ese plural. Será para no sentirme solo del todo. Buenas noches. 

13.3.15

My sweet baby James



De James Taylor tengo la idea de que no es James Taylor en realidad. Algunas personas, sin que intermedie su voluntad, permiten que se las vea como alguien de una cercanía absoluta y se las considere un igual, un amigo en ocasiones, alguien con quien contar, de quien fiarse, al que poder confiar un secreto o echar la mano al hombro o alegrarse de sus alegrías y apenarse si son penas. Sí, ya sé que hay mucho optimismo y mucha exageración en esto que digo, pero no se aparta de lo que siento. Está conmigo sin que precise tenerlo cerca a diario; sé que me conforta o me alivia o me conduce hacia donde estoy bien, que es un lugar extraño a veces, pero mío. Estamos allí los dos; bueno, quizá invitemos a otros, no es cosa de que únicamente James custodie ese ingreso en la felicidad, en una felicidad diminuta, modesta, que no hace daño a nadie y que a mí, a poco que lo pienso, me llena, me deja limpio y me hace sentirme en paz con el cosmos y con mi corazón. ¿Que me he puesto sentimental? No hay otra vía. Suena ahora, de fondo, My sweet baby James.

La fotografía la tomé en una plaza de mi barrio, en Córdoba. Me hizo ilusión verlo allí, mirando, campechano y puro.

28.2.15

Si no es la razón, si no lo es de verdad, tendrá que ser la poesía

Es difícil saber a quién le asiste la razón o si le asiste a tiempo completo y no hay materia a la que no le aplique la intendencia más alta y sobre la que no se permita vacilación o zozobra. He conocido yo gente muy preparada, gente de resoluciones expeditivas, gente que no se vienen abajo en la adversidad y a todo saben encontrarle una vía o un acceso limpio. Tienen la madera de la que uno carece y se prestigian más si no la airean, si no caen en presumir de ella y en hacer que a todo acuda y a todo le dé su pequeña o grande versión de los hechos. Son gente que admiro sinceramente. No porque sepa que no tengo los recursos que manejan -aunque alguno tendré y útil en labores que ellos ni alcanzan - sino porque entiendo que el mundo depende en parte de que existan y de que se involucren en las cosas y las gobiernen y no escatimen nada para que ese gobierno luzca, sea útil,  No creo que se tenga razón a tiempo completo, como decía, algo debe salirse del tablero en la administración de un asunto tan enorme como un país, algo que afecte a un bloque de vecinos o a un pueblo entero. Lo que a unos resulta ventajoso es a ojos de otro un dislate, un metedura de pata descomunal o una tragedia. En lo privado, en el ámbito estrictamente personal, aplicamos la misma voluble ley: lo que a mis ojos es un proceder recto es en ojos ajenos un error o un delito o un pecado. Quizá la razón sea la que no sirva, digo el medir con ella, el pasar por su criterio las obras y los gestos, las palabras y las acciones. Pero si no es la razón, ¿qué? A K. le incomoda que todo se impregne de ella o deba impregnarse: prefiere la poesía que es el hacer, en su deriva etimológica, en su griego nativo. Hacer poesía, decir justamente lo que no se espera decir, obrar sin que se vea venir lo obrado, hacer que el camino más hermoso entre dos puntos no sea jamás la línea recta. Claro, que no podemos permitir un mundo en el que solo habiten poetas. Sería un modo insoportable. Tanta lírica debe malograrlo todo. He conocido gente con un sentido poético altísimo, sensibles hasta el desmayo, a los que se les ha puesto muy cuesta arriba sobrellevar las cosas mundanas, los trabajos domésticos, todo ese trasegar con la rutina que consiste en hacer la cama, fregar unos platos y llevar al día las cuentas de la casa. Asuntos etéreos, ésos son los más míos, me confesó un poeta, K. Me lo dijo como si estuviese liberado de esas diligencias laborales y otros, menos líricos, se encargasen de hacerlas por él, manumitido por alguna extraña conjunción estelar, cáscara de huevo aristocrático casi. Los poetas somos gente extraña, sin duda. Me he metido por alguna poesía de la que me haya sentido particularmente orgulloso. Al menos justo después de escribirla. No sé si se puede ser poeta a tiempo completo. Tal vez sí y el mundo gire por esa dedicación absoluta. Si Dios existiera debería separar a los poetas del resto de los mortales, se les debería conceder el paraíso y la salvación y la revelación de los secretos que siempre persiguieron. Si no es la razón, si no lo es de verdad, tendrá que ser la poesía. Ojalá sea ella. Es difícil saber nada. Igual no sabemos nada y todo son aproximaciones, incursiones muy cortas en un asunto que nos viene muy grande. 

23.2.15

Así empieza lo malo / Una manera de novelar la vida


 


En las novelas de Javier Marías, en Los enamoramientos y en Así empezó lo malo muy marcadamente, hay una propiedad de la lentitud que entusiasma. Parece que la trama no avanza y que el texto, que no es en esencia la misma trama, enmaraña ese avance, adquiriendo el conjunto un incómodo (en ocasiones muy incómodo) lastre semántico o sintáctico, del que no se zafa y del que paradójicamente se vale para obrar el milagro de la narración, que luego es espléndida y muy amena en su lectura. Sostienen los que lo rebajan que es precisamente ésta la tara que lo marca y, al tiempo, es esa misma tara la que, reconvertida en virtud, le facilita el elogio de otros. Ando yo en un fascinado término medio: admiro la excelencia narrativa, ese alambicar las frases, estirándolas a veces incomprensiblemente, pero alcanzando un punto narrativo óptimo, en donde todo se compacta y se entiende; admiro su precisión en el tono, ese ir hacia adelante morosamente, pero sin detraer una pizca de interés en el lector, aunque la ambición principal, lo que se cuenta y lo que importa, ande rezagado o parezca que vaya así, un poco desmadejado, impreciso, como si al autor se le hubiese ido de las manos y se explayara en las periferia, en contar lo que pareciera no aportar nada, pero sí aporta, claro que aporta, aporta mucho y Marías lo sabe y lo explota. Lo que ahora me trae ahora un poco intrigado, si es que es intriga lo que tengo, es si Marías narra su novela al modo en que la vida se va sucediendo, de modo que no se plantea, más allá de lo razonable, cortar lo superfluo, anular lo que en principio no procede, sino que se deja llevar y no omite nada o lo hace muy levemente, añadiendo excursos, imbricando, alambicando, llevando la trama a los laterales o haciendo que los laterales, la promisión de exteriores, influya en el meollo, en la cosa principal, en la sucesión de sucesos (déjenme, estoy lanzado) que van ofreciendo todo lo necesario para que el lector obtenga una visión perfecta, no una parcial, ni una fragmentada, no: hablo de la visión, de la gran visión, del mundo considerado como una espiral, algo así. Es tarde, quizá no sea el momento para que yo, después de un día verdaderamente largo, me mete en estos menesteres novelescos. No tengo cabeza. Me quedan las ochenta últimas páginas de Así empezó lo malo. Y es muy bueno. 

22.2.15

Un bucle

No, no está el domingo especialmente creativo, aunque a las siete en punto encendí el ordenador, di rápidamente con una carpeta con el nombre provisional del proyecto, preparé la mesa de trabajo y dispuse los folios en sucio, las hojas manuscritas, los cuadros en los que se perfilan los personajes y todo lo que se me va ocurriendo, esparcido con primor, pero recogido después -no mucho después, la verdad - con un poco de tristeza. La que da no dar con el tono que haga discurrir fluidamente todo lo demás. Escribir una novela, la largamente aplazada novela, requiere que yo aplace todo lo demás, imagino. Incluyo familia, trabajo y hasta una parte de mí mismo que uno no está dispuesto a dejarse arrebatar. Y no es posible tal cosa. No, al menos, ahora. Y si ahora no se puede, por las causas sospechables y por las que barajo yo solo, no sabría decir cuándo. Tengo un par de amigos - P. y A. - que sostienen que nunca voy a escribirla y razono que llevan razón. No porque quizá no sepa y yo me haya convencido de lo contrario. Pensé anoche que hoy sería el día uno, ese día fundacional, que luego se recordase, y me levanté con entusiasmo. Puse a Bill Evans, me preparé un café y consideré cómo poner a funcionar la trama, desde dónde abrirla, y ahí quedó prácticamente todo. Lo cuento para que no ocurra de nuevo. Las ilusiones sirven para tener otras, quizá solo para eso. Mientras se tienen, el mundo gira y hay un plan que hacer y hay un país que conquistar. 


Breviario de vidas excéntricas / 7 / Los Argüelles

Padre Mi padre ha tenido siempre gesto de gárgola.  Padre  A mi padre lo apresaron en la guerra por escribir pasquines, por llamar a la rebe...