
Hay un riesgo extremo en respaldar a los judíos o en respaldar a los árabes: se puede entrar en la espiral de justificar la barbarie de ambos. Una vez que uno se acostumbra a encontrar argumentos para razonar que un obús descabece a un niño o que un mártir con la panza alicatada de petardos reviente un mercado lleno de turistas entonces se despeña el sentido común y ya no hay quien pare la verborrea bélica, ese manejo sobresaliente de los informes de prensa que permite manifestarnos a cara descubierta en las calles de nuestro barrio, que está a tomar puñetas de Gaza, para cuestionar a unos y reivindicar a otros.
Cuando el conflicto de Oriente Medio deje de ser materia noticiable (esperemos que más pronto que tarde por el bien de todos) el ciudadano hecho a emitir juicios se arrima con asombroso desparpajo al primer asunto que la portada de El País o del ABC o de La Razón (da igual la filiación ética, el contrapunto moral) le pone a mano. Son gente de volunto raudo y freno presto. Están deliberadamente huérfanos de criterio propio, pero no dejan de prestar oído a lo que otros dicen para repetirlo como clones huecos y hacerse escuchar en las barras de los bares. Tan pronto censuran el aborto, la eutanasia o la expedición masiva de condones en Secundaria como se declaran ateos, anárquicos y firmes defensores de la pluralidad y del relativismo que el Papa Santo de la Santa Roma marca como cruzada fundamental de nuestro tiempo.
A lo que no están dispuestos es a perder esa cuota de afecto doméstico que consiste en que alguien les mire con atención, oiga lo que dicen y luego vaya por ahí moviendo el rumor de que son gente informada, preparada para la vida moderna y sólidamente investida con los mejores recursos de la lengua, aunque en el fondo no tengan convicción alguna en sus argumentos y se vea a distancia que marrullean y arañan la confianza que les prestamos cuando, ufanos e inocentes, nos damos al juego civilizado y antiguo de compartir con ellos lo que pensamos.
El ser humano es un animal fonético. Luego unos somos más fonéticos que otros, claro. El animal fonético se caracteriza por atropellar con su labia incontenida al animal acústico. Mi amigo K. posee la habilidad de hacer que los demás se suelten de lengua y lo entretengan. Le basta un qué tal, cómo ves lo de los palestinos, pronunciado con aplomo para que el interlocutor saque del cajón de las máximas incontrovertibles un puñado de titulares, un racimo de obleas mentales de tamaño diverso y contenido hueco. Yo admiro esa facultad. La ejerce Jesús Quintero, el Loco de la Colina, el Perro Verde, ese periodista de raza, dotado como pocos para encabronar al entrevistado sin que en ningún momento de la entrevista se advierta un aviso de esfuerzo en su dicción, un pequeño remate de mala leche en sus palabras. Esa asepsia es la que hoy no he visto por ningún lado cuando en la televisión o en la radio o en la calle he oído a gente muy lista contando verdades muy profundas sobre los palestinos y sobre los israelíes, sobre los cristianos y sobre los ateos, sobre los partidarios de Ramón Calderón y sobre los que no lo soportan, sobre los seguidores del hip hop metalúrgico y los que se mecen en céfiros de luz oyendo música de cámara del siglo XVII.
Yo hace ya algún tiempo que tengo claro no poseer verdad alguna en lo que digo. O al menos reconocer que es una verdad precaria, fácilmente desmontable, de ésas que se caracterizan por su carácter volátil y provisional. Me envalentono de cuando en cuando y tiro con nervio por alguna vereda del camino que conduce a que los demás piensen que algo sé y que ciertamente me esfuerzo en manifestarlo y en hacerlo creíble. Es todo un juego lastimoso. Me aturde la realidad, me deja inhábil para manejar asuntos que me sobrepasan y me sobrepasa Palestina y Cuba y Rajoy y la Derecha del Padre y los Cien Mil Hijos de San Luís. Estoy con K. en aceptar ya definitivamente de que somos también animales burgueses, fonéticos o acústicos, revolucionarios a veces, pero conformistas, fracasados en la empresa de solucionar los problemas del mundo con ideas avanzadas, limpias, altas, nobles, juramentadas sobre valores eternos, inmutables, inmarcesibles.
Todo se derrumba cuando el alto el fuego es una utopía y los aviones judíos revientan colegios o cuando un suicida palestino, formateado e íntegro, investido con todos los salmos y magistralmente educado en la ficción de que exista otra vida lejos de esta tan canalla y ruín que se nos cruza a diario, acciona la espoleta del miedo y vísceras bíblicas alfombran de horror las calles donde nació eso que algunos (todavía ingenuamente) llaman moralidad, fe, creencia en un mundo espiritual donde nos amamos y nos comprometemos a llevar ese amor al límite mismo del desmayo, pero yo estoy también en los desinformados, en la lista de curiosos que miran el espectáculo desde una barrera privilegiada y se sientan en su butacón preferido y escriben de noche, cuando todos duermen, la dolorosa evidencia de su ignorancia.


















