Uno de estos días, sin aviso, como quien sale a la calle y saluda apreciativamente a cualquiera con quien se cruce, como quien coge un vaso del lavavajillas y se le cae y se hace añicos o guarda con esmero una flor recién cortada en las páginas de un libro de poesía galante, mi amigo Bruno Covarrubias se nos muere de nuevo. Ya se nos fue en 1982 en la tormenta que ocupó el cielo del Vicente Calderón de Madrid y Keith Richards, cerrando casi el concierto, hizo el riff de Start me up o como en el verano de 1984 al ver a una novia suya que no veía desde la universidad pasear la Playa de las Catedrales de la mano con un señor que le doblaba la edad o como en la navidad de 1999 cuando se falló un premio poético de relumbrón y sus "Adelfas indecisas" no merecieron la distinción merecida o como el cuatro de septiembre de 2000 al decirle que me casaba y dejaba de ser un fijo en las parrandas por el barrio, cerrando bares, cuarteando el hígado, llevándolo borrachito a casa. Sus muertes incontables no preocuparían tanto si no supiéramos que alguna será la definitiva, pero Bruno es fuerte como la lejía y revive a su manera, con gracia y desparpajo a veces, con pesadumbre otras, como cuando golpeó la caja del ataúd en el tanatorio y pidió un café solo y la prensa deportiva del día, por ver si su Atléti había hecho las tareas o si había caído con honor o merecía su desprecio
No sé qué ha pasado desde que pasé a mejor vida, dijo. Ponedme al día en el bar de enfrente. O cuando, desdiciendo el luctuoso anuncio, tocó en el pasillo del hospital el hombro del médico que nos contaba en la primavera de 2014 había sufrido un fallo multiorgánico tras la colisión de la moto con el bolardo de aquella calle tan estrecha, quién mandará hacer así las cosas, la gente de ahora no tiene cabeza para el ordenamiento urbano. Prefiero morirme sin molestar demasiado o sin sacrificar un órgano de interés, Luismi, creo que estoy abusando de vuestra paciencia, me ha dicho hoy, apurando un café en una de esas terracitas que nos gustan. Su renovado afán por vivir ha sido objeto de estudio en prestigiosos foros médicos. La ciencia no da crédito. Un cura del barrio dice que Bruno es el ojito derecho de Dios, que no desea retirarlo tan pronto y le confía una y otra vez el limpio caudal de la sangre para que perseveren los milagros, que están en franca decadencia desde que la gente ha dejado de creer y las iglesias están vacías. Yo lo miro sin envidia. Me da pena, en el fondo. Me lo imagino en mi sepelio. Qué buena persona era Luismi, no he tenido amigo mejor.
Una vez trepamos a un muro para corretear unas gallinas cuando pequeños y vimos a la hermana del Cristian en pelota picada dándose el simulacro de una ducha con la manguera bajo el asombro pícaro de un vecino que no dejaba de abrir mucho los ojos y la boca. No es Bruno de pensar en sentar la cabeza y buscar mujer a la que hacer traer hijos al mundo. Dice que ya es bastante que existe en este feo mundo un ser tan excepcional como él, no vaya a ser que no se muera nunca y su prole, por lo de la genética, por los primores de su imbatible corazón, tenga que sufrir la sensación de inmortalidad. Es muy chunga la eternidad , tío, me ha confesado hace un momento, al despedirse. Una de esas noches de insomnio y ensimismamiento que tenemos los poetas sin laurear probaré a descerrajarme una andanada de perdigones en la cabeza. Padre dejó una escopeta en el altillo. La limpio de cuando en cuando, por si me da por procurarle un uso razonable. Temo que tan sólo afee el cráneo y se me aconseje no salir de casa, por asustar a los chiquillos cuando juegan en la plaza. Una tía soltera mía se quitó de en medio al reemplazar la leche por matarratas en el café del desayuno. Daría unas arcadas, se le descompondría el gesto plácido con el que besaba a los sobrinos y caería al suelo como un fardo, pero Dios tiene otro cometido para mí. Me lo susurra en sueños. Bruno, haré de ti un heraldo de mi causa. Bruno, los coros infantiles de las asociaciones cristianas entonarán un cántico en tu nombre. Durarás más que Mick Jagger. Serás mi juguete metafísico, mi criatura más amada. Hoy me he siento abatido, no sé cómo manejarme en el trajín del día, me falta el asombro, preciso de la fe. Cualquier día de estos Bruno nos deja definitivamente. Esa circunstancia hará que todo se vaya difuminando poco a poco. Dejará la luz de abrir las flores, lloverá sin entusiasmo sobre los campos, estará más cerca el día en que no sepamos a qué hemos venido a este mundo.
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