20.4.22

Teoría de los cuerpos inminentes

 


 Enhebraron la luz en la obscena acometida de la sangre. Era sed y un caudal de fuego apresuraba el verano. El amor se aprende por la noticia de su cese. Ahora acepto el fluir desordenado de las horas. Muerdo un vértice de loca fiebre sin lenguaje. 


Hemos descendido al candor de los primeros besos. Una quietud de nieve sin nadie lame la costra del tiempo. Alzo el dedo y fantaseo con tocar la claridad del aire.


Un ángel acude al entusiasmo azul de mi canto. Vano esplendor, vértigo hueco, hambre ebria. Una precisión de espejo de la que brota un desvarío.


El alma es afuera por una única vez y se gusta. Todo es hondura, hondura y esplendor, vacío y eco.


La trama es sencilla, se repite con cruel insistencia. Está a medio hacer el cielo, se ven las costuras, se oyen crujir. Como un corazón que no se ha pronunciado. Como el clamor de la sombra cuando se la apremia y convida de luz. 


Es la ciega medida de las palabras, el torpe huir del paisaje. No hemos dicho nada todavía, ni habrá nada que decir en adelante.


Un hombre abre con desmesura sus ojos hasta que arde. El fuego ocupa la tarde que bulle como un beso novicio. Este desnudo en mitad de un sueño, esta ola sin melancolía.

Sucede la vida mientras no voy a ninguna parte.


Esta luz de temblor y clausura es de los poetas. Ellas la cogen en sus manos y la mecen con infinita dulzura o con turbio afán. 

Uno tras otro concurren los años compartidos con el miedo. Danzan con la espalda cansada y el gesto hueco. 


Tarda uno la vida entera en descubrir que era suya. Lo que es del silencio regresa siempre a su causa antigua. No hay dolor que no acabe ahuyentado por la insistencia.


Persevera el verbo, sus tigres con hambre. 

Me explotan cien sonetos en el pecho, soy el poeta. Con cautela, con el primor del arquero ciego, escribo uno. Cuento la fragancia de las sílabas, ordeno el festín de las palabras. 


No hay que aspirar a lo eterno, la vida empieza y acaba tan aprisa. El dulce vino de las cuerpos es flecha y es arco. Pétalo y veneno. Esplendor y ocaso. 


Cualquier pequeño vestigio de júbilo ocasiona un temblor. Cualquier temblor, un delirio. 


Somos la consecuencia de un vago espasmo en el corazón. Somos esa fragilidad. Un rigor de piedra la anuda a un vuelo sin propósito. Alguien anota la trayectoria de la carne cuando encuentra un fuego en su secreto designio. Manuscribe la velocidad de los astros, embelesados en su lejanía por el brillo de nuestros cuerpos. Ardemos. Somos el fuego y luego la ceniza. El polvo. La evidencia de una mano que lo arrastra hasta que el aire lo engulle. 

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