31.1.22

31/365 Stephen King





A Antonio Sánchez Huertas (Colmenero Villar), feligrés


Aquí todos flotamos. La cuestión es si flotar nos perturba o, caso contrario, conforta, agrada, produce el placer supremo del equilibrio en un medio hostil, la sensación de que a pesar de todo estamos vivos y seguimos hacia adelante, sin saber bien dónde ir, sin necesidad de conocer el destino. Imagino que Stephen King también flota. Puestos a imaginar, se me ocurre que Stephen King sea en realidad el personaje de alguna de sus novelas, pero he ahí que esa disparatada idea ya la tuvo él y se inventó al novelista de Misery.


Hay escritores que no es posible que existan. No cabe en cabeza razonable (no todas lo son, ni siquiera hace falta que todas sean razonables) que escriban como lo hacen (aquí hablo de maestría, de talento, de ingenio) o que escriban con la frecuencia con que lo hacen (aquí hablo de escribir industrialmente, como si una novela continuase en otra o como si entre las dos no pudiese concurrir un tiempo de barbecho). Stephen King es el escritor que no debe existir por antonomasia. No tendrá vida, sólo se encomendará a escribir de modo estajanovista, impelido por una fuerza oscura o bendecido por algún soplo divino. No hay nadie que rivalice con él en prolijidad. Tiene ese don donde otros tienen el de la concisión.


Habiendo leído casi todas sus novelas, mérito eso, sé qué le motiva, pero si hubiese leído solo una también lo sabría. Lo que desea (más que nada, por encima de cualquier otra cosa, sea de la índole que pueda ocurrírsenos) es contar historias. Que sean terroríficas es anecdótico. De hecho ahora se ha metido a la cosa policial, con aceptable éxito. A estas alturas no importa que ya no sea el autor de antaño. Se le lee por inercia. Es el Woody Allen de la literatura, es el Van Morrison de la literatura, es Dios, al que tampoco se le exige mucho a esta altura de la trama. Se concede que tuvo aciertos y nadie le recrimina sus fiascos. Es una cosa de fe, bien pensado. Se posee o se carece de ella. Si tuviese que elegir una sola novela suya, sería It. Es un tocho monumental, una obra maestra del pensamiento mágico, sin que intervenga la horda caribeña de pensadores de la magia. La magia de Stephen King en It es de orden sobrenatural, mística, terrorífica, por supuesto. Los monstruos con los que ilustra sus historias son de una pureza a la que no alcanzan los antagonistas, los puros de corazón, los que no han sido signados por la perversión o por la crueldad. Stephen King es mejor cuando se pone del lado del mal. Estoy a la espera de que escriba una historia de amor. Sería un reto enorme, trataría de esconder al mal, pero estaría por ahí, sacando la nariz entre las sábanas.


Uno es de Stephen King o no lo es en absoluto. Contrariamente al común de los escritores, Stephen King sale de una historia con la de idea de otra a la vista. En ocasiones, se tiene la impresión de que ya conocemos lo que nos va a contar, hasta es posible que sea cierto y haya cometido el desliz de repetir una historia o un fragmento de una historia. Lo que salva a Stephen King del plagio a sí mismo es la amnesia del lector. En los buenos lectores puede ocurrir que lo perdonen todo o que lo olviden todo, incluso que mezclen ellos mismos las historias y monten en su cabeza una especie de escritor alternativo, un Stephen King doméstico que habla sin que se le pide que lo haga, a demanda de una voz interior que ni siquiera conoce el propietario de esa cabeza singular. No podría asegurar que esté escribiendo la misma historia desde que empezó la primera.


Stephen King no es el mejor escritor al que puede uno acercarse. Los hay mejores, he leído a otros cuya escritura te emociona con más hondura, cala más adentro, te hace pensar en el temblor primigenio de las palabras, en cómo se ensamblan y alcanzan el rendimiento narrativo más idóneo o más hermoso, pero King es un amigo seguro, alguien que lleva contigo toda la vida.  No todos logran esa especie de hechizo suyo consistente en armar una historia con absoluta eficacia. Importa únicamente la historia. Escribir es accesorio: podría susurrártela al oído si estuvieses cerca y tuviese la suficiente intimidad contigo. A estas alturas, no sabría decir si la escritura de Stephen King es hermosa o no lo es. Creo que hace que olvidemos la escritura y nos centremos en lo que dice lo escrito. No todos los escritores tienen ese don, el del cuento puro, liberado de la costra a veces insana de la forma, manumitido de los rigores de la sintaxis. Que nadie colija de lo aquí esbozado que Stephen King escribe mal.


Stephen King es el Benito Pérez Galdós de Maine, el Dickens de Bangor. Ha creado una biblioteca de episodios dramáticos, trágicos y sangrientos. También de amistad y de cierta épica. Se ha encomendado la misión de poblar la realidad con todos esos monstruos que pueblan las pesadillas y a los que damos poco o ningún crédito en la esperanza de que son únicamente producto de nuestro sueño, no criaturas que puedan existir, recorrer las calles, llamar a la puerta de tu casa o meterse en tu cama o en tu cabeza. Él es de lo que prefiere que estén en la cabeza. Ahí están más a mano. Al menos los ve venir con mayor nitidez. 

30.1.22

30/365 Frida Kahlo y Diego Rivera







A Frida Kahlo se le negó el cuerpo. Lo quería para ser madre y no lo fue nunca. Tuvo un cuerpo inútil, a decir suyo: un cuerpo desobediente. Lo escondió en una cama, lo guardó de los demás, lo miró con desdén y dejó que lo amaran por ver si emergía algo limpio y algo hermoso, por si los amantes casuales lo hacían renacer, todo para que no le tuvieran lástima. Por si el dolor se desvanecía. Frida era invencible de cuello para arriba, era la mujer valiente en una época en que la valentía costaba más que ahora, pero no alcanzó la maternidad, no se la concedieron. Tampoco la bendijo la salud. Arrastró quebrantos y pesares una vida entera. Se quedó encinta dos veces y las dos se malogró el prodigio de que su cuerpo, el cuerpo roto, alumbrase otro cuerpecito. Vida desde lo que no parece que la tenga. Frida, la enferma, amó a muchos hombres. Los metió en su cama, los empujó y dejó que la empujaran. Obró el despecho, esa idea antigua de que una vez que se ha roto el amor se puede pensar que nunca lo hubo. Diego Rivera, el muralista consagrada, su marido de ida y vuelta, el que la admiró y la odió, no logró tampoco domesticar su cuerpo inmenso; tampoco sabemos si hechizó su alma. Ninguna de esas dos partes del todo llamado Frida fueron probablemente propiedad suya. Era infiel Diego: le aceptaban las mujeres por causas remotísimas, pero no por el atractivo físico. Era un gigante, una cosa que debía verse por partes antes de reparar en que no podía ajustar la mirada sin que se extraviara en la periferia o en un promontorio inadvertido. 


Una mujer despechada, una de sus muchas amantes, incluyendo entre ellas su propia cuñada, dijo que nunca antes se había acostado con una montaña y que no volvería a hacerlo. Pero hay montañas que hablan y cuentan historias fabulosas y pintan cuadros enormes como el nacimiento de un continente, cordilleras que van a la deriva de una vida a otra, de un cama a otra, de un cuerpo a otro cuerpo. El de Frida Kahlo fue una continua deriva, un desquicio del que jamás tuvo orgullo. Quizá por eso se pintó tanto, por aprisionarlo en un lienzo, por decirle quién mandaba. Luego la devastó la gangrena. Era Frida con una pierna menos, era Frida con la imposibilidad de ser Frida completa. La hizo añicos el dolor al que sólo encontró salida con la muerte. Dejó escrito: "Espero alegre la salida y espero no volver jamás". Murió en un hospital, sin la épica que ella hubiese deseado; murió para que el Partido Comunista de México le echara una bandera roja por encima, para declarar al mundo lo roja que era y recordar que fue ella la que dio asilo a Trotsky, antes de que lo apiolaran con el beneplácito (o el auspicio) de Stalin.  De esa apropiación que ella no consintió vienen probablemente todas las demás y hoy Frida es símbolo de muchos movimientos, una especie de icono pop, una bandera en sí misma, más tras su finiquito en esta vida. 


Es posible que Frida Kahlo hubiese sido otra pintora (u otra persona, deslindada del arte, quién sabe) si no la hubiese visitado la enfermedad, la postración y el desencanto. La lucha contra el cuerpo no se gana nunca, debió aprender en el curso de los años, mucho después de que el autobús en el que viajaba fuese arrollado por un tranvía. Antes de esa desgracia había padecido la poliomielitis y, arrimada a ella, un sinfín de enfermedades. Una reemplazaba a otra, sin descanso. También es posible que se apilaran y funcionaran a la vez. Es el cuerpo el que escribe la novela, no el que cree poseerlo, quien sospecha que puede gobernarlo, su dueño aparente. No hay gobierno tal. Vivimos a expensas del cuerpo, de que engorde o adelgace, de que se entenebrezca o brille, de que no sea del gusto del que mira o del propio, de que se ruborice cuando lo tocan o sea un búnker, un territorio cerrado a cualquier intromisión, y a veces (contaba Frida en una carta a una amiga) no hay placer mayor que castigarlo, infligirle una pena severa, la de no comer o la de hacer que no pare de moverse. La historia de amor de estos dos (Frida y Diego) es una historia zoológica, etología pura: el Elefante, también nombrado el Sapo, (Diego) no desea ser elefante y la Paloma (Frida) se desdice de su condición de paloma. Se quiere ser otra cosa Frida, siempre se desea ser el otro. No hay espejo que devuelva lo que uno anhela ver. Igual por eso el matrimonio del elefante y la paloma se volcó en pintar, en inventar espejos, en hacer que la realidad mute, se transfigure, adopte otro rostro, exhiba otro matiz. Los veinte años que le saca Diego aportan el punto de experiencia de la vida que Frida no conoce a sus veintitrés. Es la época de la política, cuándo no lo es. Rivera es un activista, Frida es una idealista. Dirán antes adiós al amor que a sus inclinaciones políticas. Se divorcian y vuelven a casarse un año más tarde. Deciden no rendir cuentas de con quién puedan acostarse. Lo que importan, creeremos que es así, es la unión en el arte y en las ideas. Son como dioses los grandes pintores. Como mujer, más que como diosa, Frida estuvo un año entero postrada en una cama. A esa convalecencia monstruosa sucedieron más de treinta operaciones para reconstruirle la pelvis y la columna. 


Diego Rivera tuvo que admitir que Frida Kahlo llegaba más alto y más lejos que él. El pueblo había encontrado una de esas personalidades a las que admirar y de la que apiadarse. Primero, probablemente, sucedió la fascinación. De ella provino más tarde la ternura. Lo peor que le puede pasar a alguien es que se le dispense esa cosa tan sobrecogedora y frágil que es la ternura. Frida inspira ternura; Diego, una suerte de rechazo visceral, que se agranda cuando se airean sus devaneos con otras mujeres, incluida la hermana de Frida o cuando los periódicos ocupan la página de sociedad con hijos no reconocidos. Esas circunstancias no impiden que el muralista más famoso del mundo por aquella época trabajara sin descanso para que su amada esposa tuviese los mejores médicos y la factura de los hospitales se abonara sin retraso. Así que Diego deslumbra a pintoras húngaras o a actrices de Broadway (vivieron en Nueva York muchos años) y Frida rompe el corazón a fotógrafos italianos, a pintores españoles o a médicos alemanes. Corren rumores de que la inmortal María Félix (la Doña)  fue amante de ambos (vivió en la famosa Casa Azul por temporadas) y que abandonó a ambos. La eclosión absoluto del talento artístico de Rivera provino de la decisión de Rockefeller de hacer que su edificio de la RCA estuviese vestido con la delirante imaginación del mejicano. Al final, todo es financiación, patrocinio. Queda el arte, sí. Aparte de la historia oculta, prescindible, queda la belleza. 



29.1.22

29/365 David Lynch

 



 Cosas extrañas, cabezas que rugen, orejas a las que asedian unas hormigas, habitaciones rojas, hombres sin fe, ruidos dentro de un corazón que gime. 

28.1.22

28/365 Randy Newman

 




Got some whiskey from the barman,

got some cocaine from a friend, 

I had just to keep on movin'

'til I was back in your arms again.


Guilty, Randy Newman



Randy Newman es una anomalía, una fractura del sistema que se ha ido consolidando en el paisaje hasta pasar desapercibida. En todo caso, Randy Newman es la referencia absoluta del consumidor de anomalías, de quien pasea a la caza de lo asombroso, de lo que no se amolda a la rutina y se esmera en la disidencia, en lo puramente creativo, en lo sencillamente sincero. Randy Newman es uno de los más sinceros músicos que yo haya conocido. Quizá haya otros y lo sean en más agreste escala, pero uno tiene sus debilidades y este tipo, al que el azar no le premió con su físico o un rostro con carisma, que no se arrimó a las alfombras de la fama ni a los mercados de la pasta gansa, se ha granjeado el aprecio de una hueste fiel de feligreses de su arte.


Quebradizo, esquivo al ruido, como sacado de un tugurio con micrófonos que huelen a cerveza, amigo de cientos de camareros, gourmet del bourbon y de las resacas, Randy Newman oficia como pocos la litugia del artista que enreda hasta extremos a veces insoportables la ley invisible que ensalza el arte y destruye al artista. Rilke lo escribió hace mucho tiempo: Todo a lo que me entrego se hace rico y a mí me deja pobre. Uno se imagina al genio contratado en un local en unos de esos sábados por la noche que el cine americano ha elevado a la categoría de género en sí mismo.


No busque el amable lector optimismo. No está la fragancia dulce del pop que ameniza los viajes por carretera, consumiendo kilómetros, superando pasiajes. El escenario perfecto para degustar la obra de Randy Newman es justamente ésa: la del bar comido de humo de tabaco, alegremente ocupado por una clientela tan quemada como el encargado de hacerles olvidar la costosa travesía de los días. Por eso a Newman se le emparenta con la noche, con lo oscuro. De letras estremecedoras en ocasiones, ungido por el desencanto, Newman se ha convertido en un fijo de las galas de Hollywood. Pero no sospechen que ese desliz burgués le haya borrado un ápice la sonrisa tabernaria, la creencia en que sólo es posible crear canciones de amor cuando el corazón está destrozado o cuando te han dejado solo, arrumbado en la barra de un bar o sentado frente a un piano, servida ya en la madera la copa, habiendo llamado al numen y recibiendo a golpes de ginebra barata ramalazos de talento, puros espasmos de inspiración.


Tiene un asombroso parecido al noble gremio de esos seres grises, impersonales, exentos de glamour que pasean las aceras, entran en la librería y compran al lado nuestra el mismo libro que estamos comprando nosotros. Pero Randy Newman es un genio, uno de perfil bajo al que le incomodan las efímeras volutas de la fama y que no saca un disco cada año ni está en la lista de esa gente influyente tipo Bono a los que la MTV secuestra, explota y desecha. Uno de esos tipos maravillosos que están tocados por la secreta varita de la inspiración y facturan canciones hermosas que contribuyen a la felicidad ajena. En gran medida, el romántico de Newman sólo busca ser un crooner y pasear su escasamente fotogénico garbo por el Caesar's Palace de Las Vegas o venir a Marbella y tocar en alguno de esos hoteles de muchas estrellas a donde acuden, en verano, George Benson, Julio Iglesias o Lionel Richie, astros del firmamento del pop o del jazz o de lo que les apetezca hacer, aunque infinitamente menos accesibles y de un repertorio infinitamente menos sentimental. Lo que canta Newman es la purga de su corazón herido. Lo que hace Lionel Richie, al que le acepto algunas canciones de su esplendor post Commodores, es la rendición profesional (no lo duden) de un puñado de temas ajenos, universales, tan eficientes como huecos, que arrasan en las radio-fórmulas y topan el Billboard. Newman jamás ha vendido millones de discos. Igual le apartó del estrellato su excesiva filiación a sus vicios. Los mismos que a tantos antes e idénticos a tantos por venir. No quiso ese estrellato al que otros de su generación (otros con su talento también) encontraron, yendo a por él o dándose de bruces, sin anhelo ni conciencia. Newman es uno de esos tipos de una normalidad abrumadora. Carece del carisma con el que probablemente hubiese sido algo más que un señor sencillo con unas pocas ideas geniales de vez en cuando. Porque no fue prolífico, ni falta que le hacía. 

27.1.22

No time no space

 Debo tener discos como para escuchar uno diferente al día en los próximos treinta años, lo cual me hace pensar que tengo más discos que vida para escucharlos, ojalá pueda equivocarme. Con los libros el asunto discurre por la misma sensación de saturación. No sé si estaré en este mundo esos treinta años requeridos. Escribir una cifra (treinta, cuarenta) es una manera de hacer un cierre tras el que cualquier estadística será un borrón, un dato que manejarán los demás y del que no tendremos propiedad alguna, pero no era la metafísica el motivo de este texto. Sigo: podemos canjear el jazz de los discos por el número de películas. Se tarda menos en ver una película que en leer un libro. Gana, en ese recuento del tiempo, el disco. Algunos no pasan de cuarenta minutos. No hay vida para que todo lo que nos ofrece pueda ser asimilado, asumido, consumido, amado. Un participio y otro más, así hasta que te das cuenta de que uno bastaba, pero no vas a corregir la frase, no lo has hecho nunca, por qué ahora. Lo del tiempo es un asunto curioso, por lo menos. Hace un par de sábados, en una charla informal con gente a la que veía por primera vez, llegamos a la conclusión (unánime, creedme) de que el decurso de una vida no permite convidarse uno (creo que esa fue la palabra, tal vez la invente ahora) de todas esas cosas que nos hacen lujuriosamente felices. El adverbio lo decido yo ahora. Uno ponía énfasis en la cosa coleccionista. No voy por ahí yo, le repliqué. No es acumular por el hecho de acumular; podría estar en un error, quién podría asegurar nada. Hay días en los que el trasegar con las cosas me priva del tiempo necesario para la ingesta de uno solo de esos discos. No tengo cuarenta minutos. Mucho menos, dos horas, que es lo que dura una película, arriba o abajo. Ayer escuché enteros el Sgt. Pepper's de los Beatles y A night at the Opera de Queen. Qué feliz fui. Lo de los libros funciona en otro plano del tiempo. En algunos se ocupan días. Si se interponen obstáculos, puedes llegar a la semana. Dos, a veces. Recuerdo leer una novela en el plazo de dos días. Eran otros tiempos. Llegabas a casa y sólo había novela. Ella y yo. Podías acomodarte en tu sillón favorito, no hace falta que sea de orejas, y perder toda noción de la realidad. El libro la suple. La historia que cuentan se convierte en la historia que vives. Se me ocurren varias formas de subsanar esta paradoja. La primera consistiría en tomar con firmeza la determinación de no continuar alimentando la colección, pero cuesta evitar la tentación de estar al día, de no saber cómo es el último disco de Bruce Springsteen o el de Paul McCartney. ¿Y Woody Allen? ¿Hay alguna película suya que no haya visto? Creo que no, pero este hombre es una máquina incansable y, por lo que he ido viendo, un poco gastada. De verdad que no soy capaz de vivir ajeno a estas golosinas livianas. El problema está en no saber imponer un orden o incluso el problema está en no querer imponerlo. Es posible que ni exista disfrute cuando se van acumulando los discos que escuchar, los libros que leer, todas esas cosas hermosas que nos hacen sentir más adentro la felicidad o la alegría, no sé bien con qué quedarme. Tengo un  buen amigo al que no le preocupan estos asuntos: los considera cavilaciones burguesas, de la criatura ociosa en la que me siento bien y a la que saco a paseo en cuanto puedo. No hay cosa en el mundo que me gusta más que afincarme en la barra de un bar y charlar sobre la cantidad de películas húngaras que puedes encontrar en Filmin. Una joya, Filmin. Dinero inmejorablemente gastado, por otra parte. Cuando el móvil me informa de que hay alguna cosita maravillosa, entro en una especie de estado de ansia que no haga decaer hasta que me acomodo en el sillón (el de orejas ahora) y dejo que me cuenten. Qué hermoso es eso de que otros te conforten. Tienes ese privilegio. Que alguien a quien no conoces y a quien probablemente nunca vayas a conocer te haga sentir inmensamente feliz por haber escrito algo inmensamente bueno. La literatura entera es ese viaje desde el corazón de un fantasma al tuyo. Yo soy el agraciado en el tránsito. Me dejo ir, me abro cuanto puedo y dejo que se me perturbe. Una vez y otra vez. Muchas veces. Si un día no se produce ese milagro, si nada me alivia ni me conmueve, es un día perdido. Podrá tener otras bondades que lo salven, pero a lo que yo aspiro es a que ninguno esté huérfano de esa pequeña o grande revelación. Son eso: revelaciones. Algo que no conocía ha pasado a ser algo de lo que ya no puedo desprenderme: es parte de mí, me sigue, hasta me modela y nutre. Y tal vez dé igual que no tengamos treinta años para escuchar todos esos miles de discos de nuevo. Es posible que no vuelva a escuchar la quinta de Mahler con su hermosísimo Adagietto o que no regrese a París con La Maga o que Poe no me cuente de nuevo la historia del corazón delator. Hay tanto que leer, hay tanto que escuchar, hay tanto que ver, hay tanto que amar. 

27/365 William Blake

 


De Blake dejó dicho Borges que murió cantando. La poesía es cántico antes que otra cosa, anhela ser cantada, enunciada como si fuese un vuelo y cogida en el aire y escuchada con todo el cuerpo. Hay poemas que se impregnan como si fuesen orgánicos. Los hay de una fogosidad verbal tan intensa que son carnalidad pura, transverberación dulce de algún espíritu alado que sólo se deja atrapar cuando aplicamos todos los sentidos. Es la miel untada en el cuerpo o es la sangre. Es el viento que caracolea y nos mece y es el fuego cuando nos corrompe. Es la luz antes de que la haga flaquear la sombra y es también la sombra cuando reina y ocupa el espacio y lo entenebrece. Blake fue un poeta que escribió como si le fuese la vida en ello. Casi literalmente. No sólo escribió. Blake fue un pintor de talento rival a la escritura. Fue también un visionario, una especie de receptor de algún tipo de epifanía que a los demás les estaba vedada y que él (pintando o escribiendo) restituía, plasmaba en poemas o en lienzos. Confiado a la salvación universal de la especie humana, haya pecado o no, merezca la vida eterna o sea el infierno su residencia duradera, Blake fue un lector voraz de la Biblia. No hay poema suyo que no tenga alguna ascendencia bíblica. Leídos de corrido, lo que hice anoche, me pareció estar leyendo los evangelios. Tampoco tengo de esto una idea clara ya que no he sido nunca un lector habitual de las Sagradas Escrituras, pero todo rezuma santidad, rezuma mística, incluso rezuma ese caos que toda religión conlleva en sus doctrinas. La de Blake es una poesía bautismal, parece que ha sido escrita sobre el vacío, como si nada anterior a ella hubiese podido influenciarla. Es a la vez novedosa y romántica, cuando el romanticismo es una consecuencia de muchas consecuencias, un término lírico consumado. Borges (volver a Borges es muy fácil) lo comparaba con Walt Whitman. Su tigre arde en los fuegos de la noche, haciendo que el poeta se devane en dar con la mano precursora de su simetría. También hace una pregunta de una lucidez absoluta: ¿fue la misma mano la que creó al cordero y al tigre? La misma nos la hacemos nosotros, persuadidos por su hermosa elocuencia. El tigre febril penetra en los sueños, nos hace prevenirnos, pero miramos con delectación su hermosura, la divina composición de sus trazos, el loco hechizo de sus ojos. Quizá el cordero piense lo mismo antes de que la criatura más hermosa del universo se la zampe y cierre de cuajo toda interpretación posterior de la belleza. No siempre es fácil leer a Blake. Hay tramos suyos que resultan ásperos, sentimos que no disponemos a mano  de todos los elementos de la lectura  y confiamos únicamente en la belleza de las palabras, pero perdemos la comprensión. No hay que entender todo lo que se lee. Comprender es cerrar. Por eso hay un poema para cada lector. De ahí que Blake sea un poeta de ahora. Él es la armonía perdida del paraíso, él la concibió en su cabeza e hizo que los pájaros trenzaran su melodioso canto mientras las aguas de los ríos fluían y el cielo estallaba en azules y en ángeles. No llegó a ser Swedenborg, al que admiraba, pero continuó su relato de la creación hasta que cesó la canción de los pájaros. Sólo el derroche es belleza, escribió. Derroche e inocencia. 

26.1.22

26/365 Raymond Carver

 



1

Lo difícil, en la escritura, es hacer sencillo lo extraordinario, manejar con ingredientes muy livianos asuntos de una hondura asombrosa. Lo contrario, lo fácil, es vestir con hechuras sofisticadas lo que en apariencia se advierte como sencillo. Raymond Carver hace lo que otros eluden: escarbar en lo real y extraer su complejidad sin interponer en esa investigación instrumentos violentos, aunque sean sintácticos o léxicos, ingredientes vistosos. Carver hace que la literatura sea verdaderamente un juego en el que importa su transcurso, las peripecias con las que se exhibe y no, al modo clásico, insistiendo en la supremacía narrativa de un final rotundo, de un cierre plausible a una trama. Las suyas son retazos de vida extraídos con una cirugía no invasiva, de ésas que apenas rozan el cuerpo intervenido. Carver explica el mundo sin que esa explicación lo vulnere, sin que su giro se ralentice o acelere. Carver fue un creador insólito, un entomólogo sutilísimo que coleccionaba piezas de una normalidad absoluta, de las que ocurren a diario y ocurren a cualquiera. Como si excluyera las mariposas y tan solo buscara moscas. Las primeras son las exuberantes, las que hechizan el ojo, aunque después narren una trama hueca, de vuelos limpios, que me perdone Nabokov. Las moscas, sin embargo, las intrépidas y molestas moscas, poseen una biografía increíble. Se podría levantar toda la novela decimonónica alrededor de la vida de una de ellas. a pesar de su brevedad o precisamente por esa circunstancia. Cruzan todos los paisajes, se posan en todos los veladores, no se esmeran en ser hermosas, incomodan con absoluto oficio, hacen que uno saque de adentro su lado animal. Prefieren lo turbio, lo desechado, lugares donde planea la amenaza de un cese abrupto, de un final terrible. No sé si hay moscas en los cuentos de Carver. Bien pudiera haber, se ajustan bien a la mecánica de sus tramas.


2

Hay algunos cuentos de Carver en donde no pasa absolutamente nada. Yo mismo tengo días que son como cuentos de Carver. Días invisibles, sin presagios ni acontecimientos relevantes, invertidos en la sola empresa de que transcurran ajenos a sobresaltos, construidos sobre la firme creencia de que lo asombroso y lo fantástico sucede siempre en las novelas, en los cuentos o en las películas. De una variedad temática notable, a pesar de que todo nos parezca cercano y familiar, son cuentos en los que se entablan diálogos de una intimidad absoluta. No hay un propósito que privilegie al lector o que indague en la naturaleza metalingüística de la obra. Lo que hay es un raspado brutal de lo real, una constatación inapelable de la épica de lo cotidiano. Como si se taquigrafiasen las pequeñas fotografías que, hiladas, ensambladas unas a otras, forman la realidad.


3

El lector de Carver caza resplandores. Los caza sin que exista tampoco una voluntad de hacerlo. El escritor carece de apego hacia lo que escribe: no es que no lo mime (en los cuentos de Carver hay un deseo infatigable de pulcritud, a pesar de la desnudez y la esquemática presentación de las frases, áridas a veces) sino que lo observado ya es así. La historia está dentro de lo que ocurre. El mérito del escritor es captarla, estar ahí en el momento en que transcurre. El de Carver en particular consiste en la consistencia casi artesanal de ese volcado, en cierta pureza que predispone a la confianza de lector, a la sensación de que no hay impostura en lo contado, en que las historias no precisan de la obligación clásica de solucionar los conflictos. Carver se limita a exponerlos. Los airea. Apunta más que indaga. Las verdaderas historias no están a mano o, al menos, no se puede inferir nada contundente del texto. Lo que el lector saca en conclusión procede, en cierto modo, de la experiencia que trae cuando lo lee. Es, en este aspecto, un escrito que dura más que la lectura que se hace de su obra. Hoy, sin ir más lejos, he pensado en Carver un par de veces. He asistido a un sinfín de hechos insignificantes que me han sugerido la posibilidad de un cuento y de cómo se harían carverianamente.


4

Los libros, en especial los que te afectan de verdad, tienen la virtud de modificar la forma en que te relacionas con los demás. Piensas en términos narrativos. Actúas de un modo narrativo. Eres narrativo. Haces como si todo pudiese ser registrado en un texto. No importa (o importa de un modo secundario y casi siempre irrelevante) que no sea una buena historia. De hecho, la mayoría de las historias son malas. Las pule quien las cuenta. Gana la impresión (durable, lúdica, íntima) de que los cuentos de Raymond Carver son un poco así. Cuentos secos. Que se impregnan adentro sin que depositen nada maravilloso. No hay prodigios, milagros, belleza, aunque existan esas cosas larvadamente, sin que emerjan y se exhiban. En esos cuentos existe (subrepticiamente) un desinterés productivo, uno apoyado sobre personajes anodinos, cuando no estúpidos, que de pronto se convierten en asesinos (Diles a las mujeres que nos vamos, De qué hablamos cuando hablamos de amor) o en individuos deshumanizados (Catedral, mismo título). Gente de los márgenes, gente escandalosamente trivial, que bebe cerveza en el porche de sus casas mientras el camión de la basura espanta a unos gatos o gente que se despierta en mitad de la noche, sale al jardín, fuma un cigarrillo y vuelve después a la cama sin que se nos invita a ingresar en ninguna historia. El personaje es la historia. Todos, al cabo, tenemos una adentro. Grandiosa, tétrica, criminal, tierna. Y a diferencia de otros autores que prescinden de la poesía, entendida como hallazgo, como revelación metafísica casi, Carver la invita a su prosa de un modo admirable. Siempre me ha parecido que la poesía en su efecto y en la manera en que se compone, se encuentra más cerca de un relato que el relato de una novela. De una imagen, a partir de una evidencia visible, se levanta una catedral de sugerencias. Ninguna es determinante, ninguna vincula de un modo absoluto. Lo que hace que los cuentos de Carver sean prodigiosos es la forma en que impregnan al lector. Poseen un asombroso sentido de la concisión y, sin embargo, se expanden casi viralmente, acceden a un territorio brumoso, conectan con cierta parte del lector que, convenientemente activada, penetra en la trama y se sienta asimismo una parte vinculada a ésta.


4

No hay finales felices en Carver. Tampoco tristes. Hay finales insólitos, hay finales que no lo parecen en absoluto. Uno desea que avance más lo contado pero, por otro lado, cree que no tendría que ser siempre así y que vale ese finiquito inesperado. Finales que piden un extra narrativo que a veces solo provee el propio lector. Está entonces esa sensación poco explicable de no saber exactamente a qué atenerse. A lo mejor no hay que atenerse a nada. Vivir es un cuento de Carver. No sabes qué pasará, no tenemos ni idea del lugar en donde empiezan las cosas y el lugar en donde finalizan. Quizá Carver a lo que aspira es a que nos perdamos en tramas alarmantemente parecidas a las que suceden en la vida real, de la que se alimenta ferozmente. No hay indicios de que exista una mínima posibilidad de piedad en el trato a los personajes. Se pueden extraviar y no habrá un gesto paternalista que los rescate. Se pueden malograr completamente y no habrá nada que los redima. En la vida, en los breves episodios que la forman, no hay una providencia de recursos que presagie la bondad de sus días o la salvación de sus almas. Carver es un dios impío, una especie de demiurgo infame para sus criaturas. Y es precisamente esa malignidad (noble, por otra parte) lo que me fascina de su escritura, su absoluta falta de pudor para explicar la perplejidad de lo humano. Al alma, a la pobre alma,  Carver la saquea, la exprime, le pide todo cuanto se le antoja y espera pacientemente a que se rinda y lo ofrezca.


5

Los cuentos de Raymond Carver deberían leerse en las escuelas o deberían ocupar las editoriales de los periódicos o incluso acompañar a los prospectos que suelen traer las cajitas de fármacos. Hay cuentos de Carver que iluminan partes de uno mismo que jamás habían visto la luz antes. No hay ninguno que no produzca la zozobra necesaria para cuestionarse cada pequeña cosa que sucede alrededor nuestra. El mundo, al ser interrogado, ofrece matices que permanecían ocultos. Un cuento de Carver, unos más que otros, todos a su manera contribuyendo un poco, hace que el mundo gire mejor, pero no hay políticas que fomenten estas iniciativas. No tenemos en la administración al devoto de Carver de turno. Los hay que veneran a las vírgenes de los templos (más de uno, créanme) o a los padres de la iglesia, pero gente como Carver queda fuera. 

 

6

El realismo sucio, eso tan de Carver: una especie de puesta de largo de lo zafio o de lo turbio o de lo envenenado. Es lo que escribe un hombre que tuvo a su padre (convaleciendo de una borrachera bíblica) en el mismo hospital en donde su novia daba a luz (dieciséis años no es edad para parir) unas cuantas plantas más abajo o un hombre que vendió enciclopedias (tenía que sacar adelante una familia) y sirvió cafés en una terraza hasta que comprendió que el negocio estaba en las palabras, no en los hechos, no en ir de casa en casa o de mesa en mesa, sino de libro en libro, lo cual es una manera de ir de casa en casa o de mesa en mesa. Todo muy a lo Carver, si me lo permiten, aunque esa gallina de los huevos de oro (la fama, las entrevistas, los dólares) no llegó pronto, ni impedió que tuviera que ganarse los cuartos en oficios de más pedestre lustre, arrebatándole horas al día (cómo podrá ser eso) para que unas cuantas le diesen cuartel y pudiese escribir. Las horas bajas (cuántas hay de ésas) se empaparon de alcohol: digno hijo del bebido padre. En las altas no rebajó la intimidad con la botella, pero escribió unos poemas y unos relatos. El éxito, pequeño él todavía. El realismo se hizo más sucio (fangoso, turbio)  cuando su mujer (con su progenie) decidió abandonarlo. He aquí al hombre nuevo. Adiós al alcohol. Hasta podría ser el título de uno de sus nuevos relatos. Una mujer nueva, otro. Y eso es Tess, la que lo encauza, la que lo hace (es frase suya) empezar una segunda existencia. Entonces viene el Carver abrumadoramente prolífico. Escribe como anda o escribe como respira. Andar no necesita retórica. Ni respirar. Se hacen ambas cosas con pasmosa naturalidad. Además no ha que darle demasiada importancia a que todo acabe bien: basta con que acabe. Luego cada uno podrá recrearse (ojalá) en el discurrir de la trama sin la responsabilidad moral (o intelectual o estética) sobrevenida por el canon o por la rutina a la que embocamos la lectura y que hace preciso un final, un cierre, cierta sensación de clausura narrativa en la que todo se ensambla y en donde las preguntas poseen su certera respuesta. No busquen eso en Carver: tienen un extenso muestrario de autores que son más de cerrar que de permitir un pequeño resquicio. Carver es el maestro de esa literatura inconclusa. Cuenta con la soltura de quien no piensa en cómo lo está contando, sino en la sobriedad de quien desea que se le entienda. 

La plenitud


No haber sido nunca Vladimir Horowitz, no haber tocado las seis sonatas de Scarlatti o la tercera consolación de la balada en fa menor de Chopin  o una polonesa de Rachmaninov vestido de negro riguroso.

No haber sentido la unánime admiración del público y haber regresado al hotel con el corazón henchido y el alma colmada.

No haber podido conciliar entonces el sueño, cerrar los ojos y no pensar en nada o pensar en algo de un modo difuso, poco nítido, con la consistencia más débil posible, la que invita a que la conciencia cese su vértigo y su fiebre.

No haber escuchado el eco de todas las piezas tocadas, repasar cada pulsación en el teclado, el eco de la melodía yendo y viniendo del aire a su cabeza.

No haber sentido el peso del mundo, que es amor, notar que lo abraza y dormir escuchando la palabra de Dios, que es como el ruido que hace el universo cuando respira.

No haber sido una vez, aunque sea una única vez, Ronald Reagan y haberle entregado la medalla de la Libertad en la Casa Blanca en 1985, después de haber tocado en el Carnegie Hall.


25.1.22

25/365 Alex DeLarge

   



Alex, vuestro humilde narrador, expía sus culpas a su manera



Un drugo aburrido es un drugo violento. El drugo máximo, un macho alfa de buena cuna y labia burguesa, bebe moloco, oye La gazza ladra, fornica con hippies y suena Beethoven como mantra psicótico. Un drugo fetén jalea a su banda para que dé caza a bandas menores y practiquen alegremente la ultraviolencia.


Un drugo puede vivir con sus padres y ejercer de vecino modélico, pero al caer la noche saca al libertino y lo entusiasma con imágenes de sexo extremo y delincuencia pura.


Un drugo revienta a bastonazos la cabeza de una señora mayor, rica, enferma de gatos y se ocupa de que la esposa joven y deseable de un escritor de éxito, talludito y excéntrico, cuya casa han violentado, pueda sentarse en primera fila y asistir al espectáculo de su humillación.


Un drugo aburrido es un drugo nihilista. El nihilismo, aplicado a un drugo, no es un concepto filosófico sino una excusa enciclopédica. Porque no es descabellado que un drugo, a pesar de su tendencia al gamberrismo, sea un individuo curtido, letrado, al cabo del vértigo de la cultura y de su periferia.


Un drugo, un verdadero drugo macho-alfa, acaba traicionado por los suyos, capturado por la autoridad, juzgado, conducido a una prisión y convertido en conejillo de indias de un programa del Estado, experimental, sin vuelo mediático, que le restituirá la bondad extinguida y hará de él, en un plazo escandalosamente breve, un antidrugo, uno que no bebe moloco ni viola amables ancianas, uno que se expresa con pulcritud y no tiene doble fondo, uno que no desafía al sistema; uno, en fin, domado y presentable en sociedad, aliño del programa político del partido.


Un drugo listo hace creer a sus carceleros que el programa funciona y que están haciendo de él un ejemplo, pero el drugo sobrevive o cree sobrevivir, guarda su desquiciamiento intacto en la podrida alma que no le han esquilmado, piensa que esas armas de tortura son inútiles y que engañará a sus captores, que le pondrán en la calle en breve, aparentemente reformado, listo para ronronear de fenómenos y actuar en consecuencia, violando, asaltando, robando la pureza del mundo a bastonazos, babeando ante la visión de una casa con pedigrí burgués, sola en la noche, promesa de jarana y chumba chumba a tutiplén.


Un drugo, sin embargo, por retorcido e inteligente que sea (se desprende que retorcimiento e inteligencia van a veces en comandita, en coyunda ideológica) se descompone si un equipo de hijos de Pavlov le droga y le satura los ojos de colirio al tiempo que un diabólico mecanismo le impide parpadear y se traga una orgía de ultraviolencia ajena. La sobredosis, antaño deleitosa, la que le producía cascadas de júbilo, le da ahora un pánico cerval, una aversión patológica.


El drugo reformado, el que el mismísimo Ministro ha tutelado y del que hasta se ha ahijado como hito en la política de reinserción social, es ahora un drugo vacío, un drugo muerto, un drugo desdrugado, uno capado para hacer el mal, uno al que le han extirpado quirúrgicamente la querencia por el daño y ahora carece de libre albedrío. Un drugo no drugo. Un zombi. Un drugo zombi. Un desecho. Un ciudadano aséptico. Un ideal para el Estado Total. Un zombi con capacidad de voto. Un sombra entre las sombras. Un pelele de drugo. 


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II/ La cuerda del juguete


Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquél a quien se le impone el bien. Eso le dice el capellán a Álex, en prisión, en una de esas conversaciones sobre la moralidad que tantos gustan al gremio de la sotana. Burgess, católico a tiempo parcial, era un escritor sin excesivo futuro al que un falso tumor cerebral le empujó a trabajar estajanovistamente con objeto de dejar a su mujer en el mejor de los mundos posibles (económicamente hablando) cuando él ya no estuviera en este perro mundo. En esos tiempos de fatiga literaria y de errado diagnóstico nació La naranja mecánica. La historia de una banda juvenil que pasean un Londres de gris ciencia-ficción es, en cierto modo, un prodigio de anticipación sociológica porque la violencia que expide, predicada por jóvenes sin ideología, amancebados en un nihilismo naïf y hueco, brutalmente arrojados al mal y ferozmente jubilosos en ese mal, es la que después ocupó Europa (mayormente) con esos mismos jóvenes, provistos de confort, hijos de la buena clase media o de la formidable clase alta, pero desclasados, en el limbo de esa insatisfacción que produce no tener un norte o, como decía mi abuela, tenerlo todo y no saber aprovecharlo.


 La violencia que ejerce Álex, el criminal que nos regala Burgess, acaba por no interesarle, le aburre y planea crear en lugar de destruir. Burgess cuenta esto muy claramente en el author's cut de la novela, en la edición revisada y elevada a icono cultural años después de que fuese censurada (en los Estados Unidos, sobre todo) y en ciertos círculos de la pétrea vida inteligente europea de los sesenta y buena parte de los setenta. Los británicos, blandos, a decir de nuevo de Burgess, que miran el progreso moral con temor, vieron La naranja mecánica como un arrebato arrebatador, una especie de libro blasfemo, un panfleto agitador de la conciencia cristiana, que no deja que sus feligreses escojan entre lo bueno y lo malo, censurando el libre albedrío (tema absoluto de la obra) y haciendo que el hombre será en sustituyéndolos a los dos) le dará cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvadoLo importante (insiste Burgess) es la elección moral.



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III/Lo que hicieron el doctor Brodsky y el doctor Branon en sus chaquetas blancas y lo que me obligaron a videar en aquel sótano en el que me amarraron con cintas y me abrieron muchísimo los ojos


Al lerdo de entendederas, al pánfilo en lo sustancioso del alma humana, le asustan las palabras. Al Alex que surca la travesía del mal y arriba al puerto del bien, bueno, un bien también mecánico, impuesto, obligadamente dulce y enjundioso, le duele al final de la trama que le tomen por tonto. No lo ha sido nunca durante los paseos por los barrios bajos, de cockney y de óxido de orín, ni lo ha sido en la cárcel, un poco maltratado, anulado, vejado hasta convertirlo en un pequeño zombi, pero siempre estuvo al frente de su conciencia, alerta y firme en la creencia de que una porción diminuta (pero latente) del yo antiguo late por debajo del yo recién demolido.


IV Alex dice adiós 


Vuestro humilde narrador ha tratado con toda especie de lacayos del sistema y ha visto cosas que superan en horror al horror que cometí (sin darme cuenta de lo que hacía, por supuesto, por puro juego, en mis parrandas con mis drugos) cuando era un hombre libre, piteaba moloco y me ponía pestañas postizas y escuchaba a Beethoven (mi Bogo bueno) mientras lubilubaba a unas ptitsas canijas y entusiastas. Ronroneo de fenómenos que de bien. Un poco de chumchum para festejar el ruido de la luz al abrirme los ojos. 

24.1.22

24/365 Kurtz

 


 "Y sucedió en aquellos días que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan el Bautista en el Jordán. E inmediatamente, al salir del agua, vio que los cielos se abrían, y que el Espíritu descendía sobre El en apariencia de paloma; y vino una voz de los cielos, que decía: “Tú eres mi Hijo amado, en Ti me he complacido”.


Evangelio de San Marcos 



Nada de esto ha sucedido realmente, coronel Kurtz. 

El latido rasga el pecho, que abre una sima oscurísima 

en la que se abisma la voz y lo que la voz tutela. Allí se oyen voces. Profesan el mismo tenebroso culto. Adentro se obligan a repetir las mismas palabras en un continuo y las abren como si fuesen fruta y la muerden. Campos de fresas para siempre, ríos como un jukebox de los setenta. La luz aspira secretamente a elevar vuelo y contemplar el vértigo fastuoso del aire. Ha sido el milagro. Ahí las contemplaciones. Ahí las capitulaciones. Ése es el numen, mi coronel. Dios le ha perdonado todos los crímenes. Ya no es de piedra su voz. La cabalgata no sobrevolaba el Mekong ni una arcangélica nube recitaba los salmos venideros. Las walkirias estaban ocupadas en restituir el caos primigenio. Jim Morrison cantaba The end como si fuese el mismísimo diablo. Olía a napalm toda la sala de proyección. Salimos a la puerta para los cigarrillos y los besos. El amor siempre se pierde en estas imprecisiones. 

22.1.22

22/365 Tom Waits



Un tren descarrila en mi cabeza

Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniel’s o de ginebra de segunda, qué más da. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un te aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Dejé los de Johnny Cash, el viejo Cash, para los días oscuros. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi manager me pide sangre, pero yo ya  sólo sé darle algodón. Sólo me sale un canto de bonanza. Mi don es naftalina y Disney. No soy capaz de entonar las melodías de perro de antaño, todas esas canciones de dolor puro que compuse en momentos de debilidad. No ladro como sé ladrar, si me esmero, encabronado lo suficiente. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, alimentados con hamburguesas del McDonald's. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. El hombre domesticado. El marido a la mesa camilla, pendiente del Dow Jones y de las huelgas en el metro.


21.1.22

21/365 René Magritte



No es verdad lo que ves, todo está confiado a que los ojos sepan mirar y no siempre saben. Han sido crédulos, se han acostumbrado a asentir. A poco que miras de cerca, cuando se asienta la imagen en tu retina y se produce el fogonazo de la visión, descubres que todo ha sido precipitado o que, si cierras los ojos y los abres de nuevo, lo que antes creíste ver ha mutado en otra cosa, ha dejado que una brizna de su presencia (plástica, corpórea, material, sensible) se haya desplazado y adquirido otros matices, ninguno previsto, ninguno tangible. El juego comienza cuando se te ocurren todo ese montón de preguntas, pero lo más divertido de ese juego es que no importa la calidad de las respuestas. Cualquiera vale, todas convienen. Es bueno interrogar la realidad, interrumpirla, ponerla en un aprieto, no dejarnos convencer por lo que nos ofrece. Hay una distorsión en esa poética de la mirada, en ese finalidad filosófica, si se quiere, en la que no vale la imagen (real o fotografiado o dibujada) sino la idea que esa imagen otorga, la tentativa (por pequeña que sea) de que la impresión plástica sea falible y haya que transfigurar su evidencia (las figuras, los colores, el trazo) para que la hagamos nuestra. Hay que añadir otro matiz: esa propiedad no es duradera, ni tampoco fiable. Hay que transgredir, hay que ir más allá, hay que confiar en los ojos del interior, no los evidentes, los que registran la luminosidad (con su cromatismo, con su perspectiva) y envían la información al cerebro, para que éste lo convierta en perceptible, en cosa traducida, en verdad. Qué será eso de la verdad. Lo onírico, lo fantaseado, todo cuanto da desconfianza, en cambio, permite entender, permite observar sin que nos engañe la vista. Qué paradoja. La imagen estaría entonces alterada, se vería noviciamente, como si no hubiésemos entendido nada y se nos encomendará entender. 


El surrealismo es esa euforia de los sentidos en la que los hacemos descansar de la rutina y les apremiamos a apropiarse de la nueva realidad. Es también lo más parecido que tenemos a la libertad con la que recorremos nuestros sueños. Confiamos en las imágenes surrealistas porque nos hacen pensar o nos hacen divertirnos. Tal vez pensar, al cabo, sea un ejercicio alegre, quién sabe. Hay quien cree que una mesa es siempre una mesa o una nariz, una nariz. Cortázar lo contaba en Las armas secretas: curioso es que la gente crea que tender una cama sea exactamente lo mismo que tender una cama. . Un surrealista sostiene que la belleza proviene del encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas. El amable lector puede cambiar la máquina de coser por una manzana y el paraguas por un iPhone de última generación. De hecho, Magritte juega con todos los objetos que concurren alrededor suya. Incluso convoca a los que no tiene a mano, pero conoce bien y sabe qué puede extraer de ellos. Por eso hay árboles gigantescos sobre los que pacen sumisas nubes blancas enraizados en una mesa blanca o hay un hombre y una mujer besándose y una tela blanca les tapa completamente la cara o hay una pipa, que es una pipa y no puede ser otra cosa que una pipa, dibujada convencionalmente, sin demasiado esmero, pongamos, bajo la cual se lee que no es una pipa. A mí me encanta el Magritte que tiene ocurrencias divertidas, las que se ocupan de desbaratar mi primaria y cartesiana propiedad de la realidad. Curiosamente es esa pintura la que más me conmueve. Quienes saben de Magritte dirán lo que se les antoje decir, pero yo (menos versado, movido sólo por el entusiasmo de la contemplación artística) busco el placer hedonista, la alegría de las imágenes. 


Adoro el Magritte que piensa en sirenas y dibuja un pez con medio cuerpo de mujer o una mujer con medio cuerpo de pez  o el que se dibuja a sí mismo pintando un pájaro, pero es un huevo el que le sirve de modelo o el Magritte de los cuadros en los que hay cuadros de paisajes cuyas nubes exceden la dimensión estricta del cuadro. Amo las casas iluminadas y los faroles que las custodian que Magritte dibuja como si no fuese un dibujo, da la impresión de que lo que miramos es una fotografía. Se trata, en todo caso, de hacer que las imágenes hablen, cuenten una historia, pero ha de ser una historia extraña, ninguna historia que podamos entender, sino las más anómalas, las que contienen la suficiente cantidad de extrañeza como para buscar palabras que la expliquen. Es sabido que a todo se le pretende dar verosimilitud y que todo tiene que articularse en un discurso cabal y mensurable, pero Magritte dibuja botellas hechas de nubes o eleva sobre un mar una piedra ovalada de tamaño descomunal sobre la que se observa la figura precisa de un castillo. También (que recuerde) hay sillas con cola de león y manzanas sobre las que hay mesas. No hay que creerse nada o hay que creérselo todo. 


La naturaleza del surrealismo (y la de Magritte) es impura, es maravillosamente impura, aborrece de cualquier control o de cualquiera idea que pueda ser prevista y catalogada y medida y más tarde expuesta. Magritte es simbolista, es anárquico, es un poeta que prescinde de la sintaxis y de los vocablos. Como un Lorca con lienzo. Es cosa de aprender a mirar. Adentro está el misterio, la parte irracional, la zona que produce extrañeza. La que debió sentir el pintor cuando, siendo joven, vivió el suicidio de su madre (se arrojó a un río) o cuando la cercanía de un ataúd (un amigo de su padre los fabricaba) le animó a usarlo como lecho durante una tarde. Si el arte es la evocación del misterio, la realidad lo cancela. De ahí que Magritte busque desubicar el objeto o comprometer nuestra comodidad. Todo por enseñarnos a mirar. Por inquietarnos. Por hacer irreal lo que siempre tuvo cartas de real y, en ese trampantojo, en esa inquietud de los sentidos, transgredir la verosimilitud, transfigurarla, hacer que el poder taumatúrgico de las imágenes desplace al matemático, al que se deja conducir por la razón. No la hay, es inimaginable que todo sea tan como es, es preferible que el delirio lo devaste y una nube se incruste en la espalda de un hombre o un castillo se erija sobre una piedra de dimensiones descomunales que flota sobre un cielo azul sin dueño. 

20.1.22

20/365 Antonio Machado



Un poeta es poeta hasta en sus bolsillos. Los de Machado dejaron un último verso, un poema sin empezar: "Estos días azules y este sol de la infancia". Nos sobreviven las palabras que dejamos a medio decir, incluso ésas prosperan, nos trascienden. Las demás, las que dijimos y se anotaron, lo hacen de un modo menos heroico. Fascinan las últimas, las que no tuvieron continuación, ese trozo de existencia al que no se le da término y clausura. También así la vida. Es la promesa la que vale, su poso de verdad, no la realidad que la acaba. Se busca la tierra prometida. Importa la travesía hacia su encuentro. Lo de menos es llegar a ella. Lo dijo Kavafis de otra manera, más hermosa: "Pide que el camino sea largo". Mientras uno avanza, se hace camino el andar. Machado parecía anticipar que el viaje no acabaría. Todos aquellos republicanos arrojados al exilio se retratan en esos días azules, en ese sol de la lejana infancia. La poesía marca un territorio que no conoce banderas, ni frentes, ni odio. 


 En cierta ocasión, cuando me senté en el sillón de la cátedra de Gramática Francesa de Machado en Baeza. pensé en esos versos y en la fotografía con la que nos obligaron a pensar en su tragedia, por repetida, por dramática también. Se le ve anciano, cuando no llegaba a los setenta. Se aprecia el rigor de su padecimiento, todo el dolor expresado en la mirada, en la barba sin cuidar, en la boca lastimada por la aflicción de su espíritu. Fascinan los días azules y el sol de la infancia. Mientras tuvo aliento, hasta que sucumbió a la tristeza absoluta del destierro y de la muerte de los suyos y de sus ideales, escribió. Pensó en la poesía, le encomendó su salvación, le pidió que lo sacara de la ruina de los tiempos a los que le tocó asistir y lo condujera a un lugar mejor, un parnaso tal vez, a la Arcadia limpia y pura de todos los que como él confiaron en la palabra y le entregaron su vida. Quizá la poesía nos salve a todos, seamos o no poetas, pero no se lee poesía, hay más poetas que lectores de poesía, pero esa es otra cuestión. 


En España, de cada diez cabezas, una piensa y las otras embisten, dejó dicho Don Antonio. La poesía no es de embestir, será muchas cosas, puede pedírsele que ejerza muchos oficios, pero ninguno es la barbarie, ese descerebrado ir hacia adelante sin mirar contra qué se topa y qué derribamos o nos derriba. La idea es morir o es matar. En fin, malos tiempos para la lírica, dijeron otros.

19.1.22

K.

 Ama mi amigo K. las cosas banales, las que se arrumban al olvido, las que se obstinan en no trascender ni en enamoriscar a nadie. De lo irrelevante extrae casi siempre una enseñanza superior. Será porque leyó lo suficiente a Montaigne o porque lo lleva en la sangre. En esos asuntos sin brillo, de escasa inclinación al afecto, emplea un tiempo fabuloso que otros consagran a labores de tal vez más alto valor, más complacientes al decir ajeno. Le entusiasma la liviandad de sus vicios, esa espuma inadvertida; se ensimisma en esa contemplación doméstica de su curioso ser, le pierde la manufactura preciosa del azar, que le provee a diario de distracciones y le priva de consideraciones más altas. No siendo K. hombre de fe ni teniendo perspectiva de que se le abra el pecho y le acribillen de gozo los coros arcangélicos, en eso se parece a un servidor, agradece como buenamente puede esa reciedumbre personal, ese dejarse llevar sin honduras previsibles, apenas consciente del mal que padece, de esa dulce pereza que le embarga. Otros a los que conozco se embarcan en adhesiones religiosas, en credos, en políticas, en empresas del corazón o del alma que él, aunque  capaz de seguirlas, rehúye, prefiriendo la observación lejana, el privilegiado espectáculo de la vida. Una especie de mindfulness pero sin las alharacas de mercado. Es, sea dicho con absoluto respeto hacia los cobardes, uno de ellos con aspiraciones lúdicas, lector antaño voraz (ahora razonablemente disperso) y escritor enfermo de escritura, aunque el mal (no el de Montano, no el de Alonso Quijano) solo haga que peligre la bondad de la noches, las pertinentes horas de sueño y las veces que los amigos podemos verle y disfrutar de su compañía. Yo mismo soy también débil en mis debilidades y flaqueo en lo que, a fuerza de insistir, no debería causarme flaqueza alguna. En eso, supongo, consiste mi carácter, un poco parecido al suyo, en esas marcas de educación está mi manera de llevarme por las cosas. Y conformo avanzo en edad (es una manera de decir que voy muriendo) mejor entiendo las leyes básicas de mi persona y comprendo la forma de ser de los que me rodean. Es lo que K. llama calar a la gente. A K. se le cala pronto. Es del tipo de personas que no guardan absolutamente nada, que todo lo expresan con meridiana franqueza, sin esquivar los asuntos inconvenientes, diciendo una verdad incómoda, pero salubre. De K. aprecio esa manera suya de hacerse nota en las reuniones. Escucha con la misma fruición con la que habla. A mí me resulta muy francamente difícil mantener un equilibrio entre esos dos vértices de la comunicación. Hablo más que escucho, desoigo, me pierdo a veces en lo que digo, sin apreciar con calma lo que los otros exponen. Será consecuencia de haber sido hijo único y haber forjado (involuntariamente) un carácter en esencia defensivo, expectante. K. no se defiende de nada, todo lo acata, en nada se excita. Es un Bartleby de una inapetencia mayor. Y los dos nos vamos sobrellevando como podemos. Yo le escribo y K. me explica. O es al revés. Los dos, a ver si ya concluyo, escribimos esta página. No tengo a mano ninguna fotografía de K. que ilustre esta pequeña semblanza suya. No la tendré. 

19/365 Mario Benedetti



 Uno lee o escucha de quienes saben que Benedetti fue poeta por obligación, pero fue obrero de cien oficios aparte del dudoso de la poesía, que compaginó con el de cuentista o con el activista de la izquierda, la enfrentada contra el poder en Uruguay, la que lo hizo también exiliado. Porque entonces, cuando joven, un país podía ser un infierno y más tarde, cuando mayor, la memoria era otro. Lo eligió la literatura a Benedetti, fue el medio por el que podría ser escuchado. En el fondo, no hay otro propósito de más hondura que ése, el de escribir para que se lea, el de arrimar lo lírico (lo sentimental) a lo terrible de una vida. Porque la vida a veces se pone levantisca y no para hasta que se te pone bien a la contra. Lo del ser poeta es una manera de que la rabia se canalice o una manera de que las palabras sanen lo enfermo o una manera de que la conciencia, cuando se anda en eso de conciliar el sueño, no te amargue la entrevela y puedas irte apagando poquito a poco, hasta que cierras los ojos y dejas que los sueños hagan de las suyas. Porque hacen.  Afuera de esa evidencia casi perogrullesca está todo lo que no es literatura y ahí no está este hombre sencillo, que mira con sencillez y escribe con una sencillez laboriosa, dando la impresión de que te está hablando. No hay vez en que lea sus poemas o sus cuentos y no crea escuchar su voz. No la voz impostada, la que narra un texto que ha sido trabajado y pulido y vuelto a trabajar y pulido de nuevo, sino otra, una que parece improvisar lo que dice. Como si lo dijera al tiempo que lo fuese pensando. Así un poco como ahora se me puede ocurrir que yo no estoy escribiendo y que tú no estás leyendo y estamos los dos, tú y yo, en un café, poniéndonos al día de todo lo que no ha sido vencido por la desgana o por el olvido. Si conoces la voz de Benedetti (yo la tengo ahora en mi cabeza) sus poemas y sus cuentos son recitativos, también su labor de columnista (recuerdo leer sus artículos en El País) junto con los de mi admirado Haro Tecglen, en el bar Platanín, a la vera de la antigua Facultad de Magisterio de Córdoba. 

Suele usar Benedetti el usted para llamar al lector, lo hace sin que suene forzado, no es que ponga  una distancia, ni que le respete más de lo convenido: recurre a ese protocolo porque no sabe mucho, por prudencia, por considerar que lo que escribe camina despacio y necesita su tiempo o por pura timidez. Benedetti tiene una cara de tímido que no admite discusión. De ahí también los versos cortos y hasta los títulos cortos en poemas que a veces son muy largos, pero que en su mayoría son brevedades, como los cuentos, una especie de balance del lugar que le ha tocado ocupar en la vida y desde donde otea y cuenta. Porque Benedetti es un contador, un descreído también en el contar. Que hable del amor no significa que esté enamorado, pero hay mucho amor en sus palabras: amor a la patria (de la que huye, a la que amorosamente trae en su escritura) o amor a Dios, en el que a su manera cree poco o no lo precisa. Su vocación es la de aferrarse fuerte a las cosas, su estremecimiento es el de todos, solo que él tiene el don de festejarlo con la música bendita de las palabras. Este extranjero universal, que recorrió los bulevares de medio mundo como si fuesen desiertos, pensaba en su país con recelo, un país a lo lejos, respirando con fuerza, alarmado, un poco roto, pero con el alivio de la esperanza a ras de calle, en las tiendas de ultramarinos, en los desnudos en las camas de los amantes, en las reuniones en las tabernas, en la pequeña victoria de la luz cuando derrota a la sombra. Quiso que nadie se rindiera: él no lo hizo. Quiso que amásemos por encima de todas las cosas: él amaba a sabiendas de que el amor es siempre un desquiciamiento, un atropello o un desvarío. Fue el que dijo que cuando teníamos todas las respuestas cambiaron todas las preguntas. Ayer me lo recordaba mi amigo Pedro. Fue el poeta de la mirada tirando a triste. Debía ser el desarraigo, que te come por dentro y hace que no tengas la sonrisa a mano. Aún así, Benedetti exultaba amor y alegría. Lo cantó Serrat (un disco homenaje maravilloso que puso a Benedetti en las manos y en los ojos de muchos): defender la alegría como una trinchera (creo recordar), defenderla con entusiasmo, como si fuese una bandera y dentro de ella hiciésemos patria. 


Sentir a corazón abierto, escribía en un poema: cerrado no tiene el corazón con qué hacer de corazón, precisa que el pecho lo airee, que se exponga y hasta que se duela o que se rompa. Un poeta, cuando siente de verdad, escribe sobre el goce o sobre el desconsuelo (recuerdo otro poema, no doy con el título) o sobre la conveniencia de que un hijo suyo (si lo tuviera) respondiese a un nombre corto, un monosílabo, no sé, Blas o Juan o Luz de ser mujer, como la suya propia, la que lo acompañó en el destierro, con la que trasegó y amó, de manera que se le pudiera convocar con tan sólo respirar. Creo que eran así los versos. Cortos, como fogonazos. Fáciles de memorizar y de pensar, de decir, casi de respirar, como él querría. Porque la poesía es más respiratoria que otra cosa. Es aire lo que toma y lo que suelta. Aire para seguir en pie. Por respeto a sí mismo o por latido o por costumbre o por incordiar a los que nos desean el mal, aunque no lo digan y parezca que hasta, por saludarnos, nos tiene afecto o simpatía. Porque vivir no es fácil. Incluso hasta para un poeta reconocido como uno de las personas más importantes de la tribu y agasajado por la cultura y por los que la detentan en los despachos y en las modas. Tal vez, por sensible, la vida de un poeta de los de verdad, de los corazón abierto, es más dolorosa que la de quien no escucha el mundo como un niño y traduce las voces y las pinta con colores. Teníamos las respuestas, pero cambiaron las preguntas. Toca aprender a recitar las palabras. A sentirlas. Quizá sea al pronunciarlas cuando cobre sentido de nuevo el diálogo.