22.11.21

Una intriga

 Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras, días sin fuste que preludian epopeyas. Así que tenemos a un hombre que guarda unas monedas en su bolsillo y las va contando de cabeza, sin mirarlas, especulando con la posiblidad de su valor conforme al tamaño que ofrecen al tocarlas. Va a ciegas haciendo sonar monedas calle abajo. Es una mañana muy fría de una ciudad al norte de Europa. Una ciudad gris en la que abundan los edificios altos, con ventanas muy historiadas. Desde una de ellas, una mujer observa la viandancia. Se percata del hombre que va contando las monedas. Le ve mover con severo afán la mano en el bolsillo. No sabe que son monedas, cree que pueden ser unas llaves. Entre las monedas y las llaves, no encuentra qué otra cosa pueda ser. Se embebece en este pensamiento inverosímil, un poco irrelevante, pero que de pronto le parece extraordinario, digno de las más altas cavilaciones. Pasa por su cabeza la idea de bajar y perseguir a ese hombre, abordarlo y zanjar la duda con una pregunta directa. No se plantea lo ridículo de la empresa. Solo le atrae la resolución de la trama. Baja impetuosamente las escaleras y accede a la calle. Los edificios grises y altos, los coches en su vértigo de costumbre, un gentío que le parece secundario y que malogra la visión exacta de su perseguido. De pronto un coche no obedece un semáforo y la embiste fatalmente. El hombre de las monedas percibe la fatalidad a unos pocos metros, a sus espaldas. Se para en seco. Deja de tocar las monedas. Porque son monedas. Se sienta en una terraza desde la que se aprecia la magnitud soberbia del accidente. La mujer desconyuntada. Llevaba unas zapatillas de paño y una especie de chándal descuidado, de los que se pone uno cuando está en casa y no espera ninguna visita. Entonces el hombre llama al camarero, que está endemoniado por no poder acercarse a ver de cerca a la muerta. Un café, le dice. Las monedas cierran la transacción. La intriga mínima no levanta una novela completa, pero ofrece la voluntad de un argumento mayor, que registre cualquier desviación narrativa entre el hecho de un hombre caminando calle abajo, tocando monedas en su bolsillo, y una mujer asomada a una ventana, de la que nada sabemos y a la que el destino le reserva un final terrible. Tampoco sabemos nada de lo que va a pasar después. Si el hombre, aparentemente inocente, se percata de la sutilidad con la que se han ido amontonando las circunstancias fatales. Si desconoce su parte en la trama o estaba fundada y únicamente urdió los pasos para que se restituyera. No sabemos nunca qué tintineo de palabras percute la imaginación del novelista y le hace encender la mecha y extraer de la nada que había antes de que el hombre guardara las monedas en el bolsillo, las contara de cabeza y recorriera, morosamente quizá, las calles hasta el ominoso desenlace.

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