29.10.21

3 minutos

 Hay canciones de menos de tres minutos que te reconcilian con el mundo y contigo mismo. Tienen esa brizna sublime de júbilo que a veces sólo encuentras en ellas o en un paisaje o en el abrazo de alguien a quien hace mucho que no ves o en la extraña plenitud que deparan algunos sueños. Hay canciones que atesoran un estado de ánimo perfecto y lo restituyen infatigablemente. Basta dejarse llevar, concederles esos tres minutos (menos) y regresar más tarde a lo que te estuvieras ocupando. La música posee la elocuencia de la gracia. Extrae de ti lo que no podría ser izado sin su concurso: posee esa asombrosa cualidad que no contiene ningún bálsamo y que, en su sublime restitución, los posee todos. Son canciones de una verticalidad milagrosa, de una locuacidad sin desmayo. Me han salvado la vida muchas veces y lo harán cada vez que las solicite o el azar las traiga. Preludian un goce absoluto. Concitan la unánime aquiescencia de los sentidos, súbitamente reconfortados, consolados, sublimados por el concurso inefable de la alegría. Porque es alegría lo que arriman al alma decaída. Tengo cientos de ellas que me asisten en júbilo. Pop de ligera trascendencia, melodías sublimes que no harán que vea el rostro de la divinidad, pero que me mostrarán la sonrisa de sus ángeles. No se me ocurre herramienta de más probada eficacia que esos tres minutos de vacuidad celestial. Están hechas del oro fugaz de una estrella cuya luz eclosionara en el cielo de la noche y desapareciera sin alardes. Esta canción de Aztec Camera (hoy la más alegre del mundo) está conmigo. La llevo siempre.

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