28.3.18

Una historia de las de antes


Fragmento de La creación de Adán, fresco del techo de la Capilla Sixtina, 
Micheangelo Buenarrotti


"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

Santo Tomás de Aquino 




Uno maneja la información que le han contado, ni siquiera puede contrastarla a veces, se queda con la escasez de unos textos antiguos, en un relato traído con pinzas, escrito en el tiempo en que escribir era una proeza, que no se puede contrastar (encima), pero al que obedecemos, por el que nos guiamos, por el que (con más o menos fervor) vivimos. Lo escribe Dios o Dios hace que otros, por iluminación suya, merced al numen que desprende, escriben. Debiera haberse esmerado más Dios cuando creó el mundo, haber puesto más ahínco, qué más le daba, nadie le miraba, no tenía jueces, podía haber sido un trabajo perfecto, pero anduvo con prisas, no pensó en las consecuencias. Podemos pensar, en humana manera, que se distrajo, pero no encuentro con qué, si estaba todo por hacer y Él era el Hacedor Celestial, el Obrero Pluscuamperfecto, el Arquitecto Solitario, en fin, lo que quieran ustedes. Lo incuestionable es que la empresa no ha estado siempre a la altura de las circunstancias. En eso da igual que opine un creyente o un descreído. Unos lo harán más benignamente, no pondrán trabas a la ejecución, convendrán en que nuestro alcance en materia divina es limitado y no procede juzgarla, imponerle consideraciones humanas. Otros, con más ánimo de puya, se preguntarán el porqué de esa caprichosa y rudimentaria puesta en escena, no escatimarán en objeciones, en cuestionar la premura, habida cuenta del estado habitual de las cosas en los tiempos que corren y en cualquiera otros en que uno decida husmear por ver si fueron mejores. Vio Dios el desorden y el vacío y el reino de las tinieblas cubriendo de oscuridad el caos (imagino que está bien nombrar caos a ese escenario sin tiempo ni espacio, esa suerte de hueco primordial y antológico) y dijo Dios que se hiciera la luz y la luz se hizo y venció a las tinieblas. Otro aspecto a tener en cuenta es cómo Dios se va envalentonando con todo lo que hace: se dice a sí mismo que lo hecho está bien y sigue obrando milagros (qué otra cosa podrían ser) y dándoles nombre. A mí esa nomenclatura siempre me pareció prodigiosa. En lo que uno entiende, el lenguaje es el que hace que el objeto vibre y se haga corpóreo. No existe la piedra hasta que se la nombra. No hay agua hasta que decimos agua. El paisaje que iba saliendo era ciertamente admirable: está por un lado la tierra, están las aguas y está el cielo. Después fue añadiendo aquí y allá árboles y montañas y ánimas vivientes que poblaron la tierra, las aguas y el cielo. Al álbum de esta zoología fundacional no le faltan hormigas ni ballenas. Viendo Dios que iban los días pasando y no estaba el mundo acabado, pensó en las matemáticas. Razonó que la unidad era escasa y la facultó para que se multiplicara. Debemos andar por el día quinto. El alto cielo vio cómo volaban las aves y la glauca tierra sintió el peso de las bestias sobre ella. Creó el género masculino y el femenino, los engolosinó con los placeres de la carne y aseguró la continuidad de las razas. Dejó para el final la creación más sublime, la del hombre y la de la mujer, que alumbró a su imagen y a su semejanza. No sabemos la parte masculina y la femenina de ese Dios plenipotenciario, animado por esa creatividad maravillosa que tuvo. Sabemos que nunca volvió a protagonizar un asunto de ese fuste cósmico. Se le recrimina con frecuencia que no le dedicara más tiempo. A beneficio suyo, se argumenta que un dios no condesciende con sus criaturas o que todas esas criaturas sólo le rinden adoración y fervor, a la espera de que puedan encontrarse con Él cuando su cuerpo expire y el alma, ah el alma, ese artefacto místico tan quebradizo, huya de este penar mundano y se ice con abundancia de loores a contemplar la luz de la eternidad.

Todo lo que se puede decir a partir de aquí es extensión de la capacidad metafórica del que se pronuncie. Pueblos enteros han intentando comprender su existencia y el concurso de la divinidad es origen, fuente primera a partir de la cual todo cuadra y se ensambla y adquiere el sentido que, huérfano de ella, quedaría en zozobra y en quebranto. El relato de la génesis del cosmos, contada por unos o por otros, es básicamente la misma. En toda esa literatura fluye la idea de que es el misterio el que lo impregna todo y que únicamente la fe (la confianza que no precisa sustento lógico, el armazón ideológico que no requiere ningún aparato cartesiano) podrá apaciguar nuestras inquietudes, ya saben, quién soy, de dónde vengo, adónde voy, si tendré la dicha que no tuve en vida cuando vaya a otro mundo o, más atinadamente, si habrá otro mundo esperando el finiquito de éste, si seré invitado a residir en él, si (por el contrario) mi incredulidad hará que no se me permita el acceso y vague sin asiento o (todavía más penosamente) si serán las puertas del infierno las que se abran y se me empuje a esa morada terrible. Yo creo que también está el infierno en el discurso de Dios. Lo está por coherencia metafísica. No puede haber dicha sin el desconsuelo a su vera, agazapado y fiero, a la espera de ocuparse de ti y hacerte entender bien que has cometido todos los pecados posibles y no habrá perdón y vivirás por siempre jamás en el vértigo y en la fiebre hasta que pierdas la cabeza o la pierdan los que te han enviado allí. Por eso te comportas lo mejor que puedes, por eso crees en Dios y proclamas tu fe como el que recita su nombre en un tribunal de oposiciones cuando le toca.


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