30.3.18

Los inocentes


Fotografía: Fernando Oliva

Quizá también se hablara de nosotros cuando no habíamos visto la luz aún ni se tenía la certeza de que poco después pudiéramos verla. Se hacen planes antes de que nazcamos, nos ponen un nombre, preparan con meticuloso amor la ropa con la que van a vestirnos y nos cuidan con extremo cuidado, temen que nos rompamos, sospechan que luego no podrán soportar que nos pase algo malo y ellos, quienes nos trajeron al mundo, tengan alguna culpa o la culpa entera. Nosotros somos los inocentes. No sé cuándo dejamos de serlo, quién podría decirlo, no hay un momento en que la inocencia desaparece e irrumpe acaloradamente la madurez, cuándo el candor y la pureza nos abandonan. No vuelven, no hay un camino de regreso, dejan de pertenecernos, no podremos hacer uso de ellas, ni siquiera habrá ocasión en que precisemos de su concurso. No seremos inocentes, ni cándidos, ni tampoco puros. Lo fuimos, tuvimos esa propiedad y después la retiramos. De vez en cuando volvemos al útero, sentimos que nuestra madre nos acoge adentro, nos resguarda hasta que prorrumpamos en llanto y empiece el festín de la luz. Es la única vida anterior a ésta que tenemos. Lo de que haya una después no está asegurado. Esa vida previa (a la que Ian McEwan dedicó una estupenda novelita, Cáscara de nuez) no parece ni propia, vista después, en la distancia, pero ese es el origen, el país pequeñito desde el que partimos. Esa pareja de la playa hará cuentas de lo que está por venir, les saldrán o no, no se tienen a mano nunca las certezas, tan sólo manejamos dudas. Vivir es una duda permanente, un ir hacia adelante y hacia atrás, como si el presente no tuviese el mismo rango que los otros tiempos verbales, cuando es el que más importancia tiene. Al final caigo en el mismo argumento de siempre, el del tiempo, el del aprendizaje de su manejo. Porque a eso no se nos enseña, va uno adquiriendo destrezas conforme lo va gastando. Hoy mismo he tenido la sensación de que los días están corriendo muy deprisa. No he hecho ni la mitad (ni la mitad de esa mitad) de lo que me propuse hacer cuando empezaron estas festividades en las que se nos rebaja de ir a trabajar. Está uno tan hecho a la rutina (a la del trabajo y a la que rodea al trabajo) que a veces cuesta abandonarla del todo. De ser inocentes y cándidos y puros, no caeríamos en estas consideraciones enteramente frívolas. La frivolidad es una extensión malvada del aburrimiento.

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