26.2.18

5 apuntes

1
Se escribe para pagar deudas. Hay una voluntad en el oficio de escribir en la que entreveo un pago, una especie de rendición, un dejar escrito lo que probablemente se acabe perdiendo. Por si la memoria malogra ese pequeño prodigio narrativo. La memoria es un libro que, de tan abierto, el viento vuela sus páginas. Podemos llamarlo el viento, sí. 

2
Creo en la bondad de la gente. De un modo a veces rutinario, sin apreciar los desaires de algunos, sin caer en la cuenta de todos los atropellos que uno ve en la calle o en una pantalla de televisión, creo que somos buenos. Quizá el mal esté en la indolencia, en el hecho de habernos acostumbrado a que lo natural y lo previsible sea el mal; que el bien, cuando triunfa, escandalice incluso, cree esa especie de malestar que solo causa lo que no se espera. 


3
Leer a Bécquer cincuenta años después. Porque son cincuenta, aunque sean treinta y cinco o sean cuarenta, no sé. Uno pierde la cuenta. Bécquer cincuenta años después sigue intacto, duro y apreciable. Me gusta Bécquer porque no se ha ajado. Parece el poeta más frágil, el que menos debiera ir con los tiempos y amoldarse a ellos y, sin embargo, los soporta más que bien, sobrevive estupendamente. Daría Bécquer para una de esas series televisivas de la televisión pública. Si fuese distópica mejor. Un Bécquer distópico mola más que un Coelho alopécico. 


4
No suelo nadar, pero cuando lo hago, nado mucho. A poco que me noto cansado, dejo de nadar. Creo que es lo correcto, no fuerzo, no se me ocurre envalentonarme. Es entonces cuando, tumbado en el agua, mirando el cielo sin mirarlo, notando el peso de la luz sobre mis párpados cerrados, entiendo cosas que en otro lugar no alcanzo a entender. Las entiendo en ese momento, después de haber nadado, de extenuarme, de comprender que debo quedarme quieto, boca arriba, mirando el cielo, cerrados los párpados, sintiendo la luz invadiendo mi cabeza, pero cuando regreso a la orilla ya no recuerdo nada de lo que entreví mar adentro. El mar está hecho de la misma sustancia que los sueños. 

5
Hace que no salgo a andar, no encuentro tiempo o, cuando doy con él, lo empleo en hacer justamente lo contrario, no moverme, no ir a ningún sitio, quedarme quieto, leer, ver cine, escribir, sentarme en una terraza de un bar y tomar café morosamente, conversando, viendo a los demás pasear. Se me ocurre que están disfrutando con lo que hacen, me fuerzo, me envalentono, apresuradamente (sin reflexionar) pienso en que mañana ellos serán a mí a quien vean y se preguntarán las mismas cuestimones que yo ahora distraídamente me hago, un poco por explicarme mi pereza.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo de Coelhlo ha sido lo mejor, Emilio. Buen humor, buen texto. Felipe.

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