20.4.22

110/365 Bob Dylan


De todos los Bob Dylan que hay dentro de Bob Dylan el que menos me gusta es el de los ochenta. La paradoja consiste en que esa época fue en la que yo lo descubrí. Luego vino la mirada atrás, la fascinación por todos los discos de los sesenta y su claudicación hacia lo eléctrico. Algunas de sus canciones no parecen ni suyas, por la de veces que las has escuchado por otros. Hay un Dylan democrático, caudaloso, generoso, panteísta casi. Algunas te acompañan para siempre. Las tienes en la cabeza. Están de alguna forma secreta sin que tú administres su estancia. He pensado que la belleza va a sus anchas por la cabeza de quien la acepta. Que coloniza al sujeto cómplice y desbarata cualquier posibilidad de erradicarla con movimientos sutilísimos. Sobra decir que el portador de ese bendito virus no se percata de la colonización. Que la belleza vence por encima de cualquier otra consideración de la índole que se te ocurra. Yo jamás tengo la certeza de que Bob Dylan está en mi cabeza, pero cuando suena All along the watchtower To make you feel my love (una muy antigua, una más reciente) me siento vibrar ahí adentro, percibo que la letra de la canción está sin que yo haya tenido la seguridad de saberla. Sé un montón de cosas que desconozco. Las sé sin una certeza. Conozco cómo son sin que tenga las partes menudas que componen el todo que se me presenta. Ésa es otra paradoja. Sé cuando llega el bajo y cómo la guitarra acaricia hace su oficio de trovador, sin que ese conocimiento esté presente mientras explico verbos irregulares en mi clase de Inglés o elijo una cerveza de abadía en el supermercado. Sé también que yo mismo soy varios ejemplares de un solo ser aparentemente indivisible. Me he acostumbrado a convivir con alguno de ellos y casi estoy por decir que el que más me gusta es el del viernes por la noche. Será porque los viernes son buenos días para rocanrolear o para invitarme a salir por ahí y contar con los amigos y sentir pecho adentro a Bob Dylan confesándome lo solo que está. Bob Dylan está solo en el mundo. Todos los que no somos Bob Dylan estamos como Bob Dylan: más solos que la una, perdidos en el subterráneo, con un terrible dolor de cabeza, pensando en la salida, temiendo encontrarla. Solo hay que leer un poco las letras de Bob Dylan y escuchar un poco su plegaria. Lo del Nobel de Literatura fue una distracción de alguien. Dylan es más de iglesia. Un poco de catecismo y de liturgia. Porque lo que hace Dylan es un rezo. Uno extraño, no lo dudo, pero convincente y, al modo de algunos rezos, críptico. Pero la fe requiere peajes muy altos. Lo que hace como nadie es contar historias. Es el cantautor por antonomasia. Leí una vez que cantaba mal. Tengo amigos que no soportan el zumbido de abejas en la garganta. No aprecian la introspección. Ni la nostalgia de los tiempos de cuando los bardos iban de pueblo en pueblo con su letanía de romances y su recetario de placebos. Dylan es toda esa rabia que a veces se siente cuando algo no cuadra en el horizonte y las nubes se desploman con el peso de la rabia y de la injusticia. Ahí se puede poner uno a leer sus letras como si fuesen poemas. No hace falta que les acompañe la melodía. Dylan mira a Dios y mira unas faldas. Busca el amor divino y el epidérmico. Ya mayor vio la luz de la fe y nunca más le perturbaron las sombras. Caso de que alguna le rondara, Dylan tiraba del pastor evangélico que siempre llevó dentro y componía un par de arrolladoras plegarias. En todos sus discos las hay. Son canciones en las que se cree. No todo en Dylan es libro sapiencial y memoria viva de la música americana de los últimos sesenta años. A veces se puede tararear algo sin que pienses que estás en un versículo de la Biblia. En los sesenta, cuando fue Judas para muchos de los leales de la bruma acústica, era un profeta, pero la canción protesta no llena iglesias, sino locales chungos. Dylan fue feligrés antes que pastor. Highway 61 y Blonde on blonde son pura gratitud hacia el folclor patrio. Si uno no es agradecido, nada merece la pena. Dylan se arrodilla ante todos esos hombres del blues que se dejaron la piel y el alma en los tugurios. Lo hace con humildad, aunque luego se embraveciera y mirara el mundo desde una especie de ira no curada, que dura todavía, cuando ya ha pasado los 80. En todo lo demás, Dylan es un superviviente. Cualquiera lo sería tras seis décadas contando al mundo el apocalipsis y la redención. Tiene todavía mil canciones sin componer, lo cual puede dar para cien discos. Anoche escuché Like a rolling stone. Creo que es una de las canciones que más veces he escuchado. Me da una paz que no consiguen otras canciones incluso mejores. Dylan es un bálsamo. Hace que se te apacigüe el alma. Después de uno de esos días intensos, llegas a casa y te pones Subterranean Homesick Blues o Tombstone blues o Highway 61 revisited o Desolation Row y notas que todo estás en a gusto. No es una felicidad instantánea, ni siquiera una de la que más tarde guardes un recuerdo especial, pero crees que todo tiene sentido. Que el día se acaba bien. Que Dylan es un profeta. Que te dan igual todas esas abejas en su garganta. 

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