21.3.22

En el Día Internacional de la Poesía / Un día de presagios y prodigios

 Un día de presagios y de prodigios. 

El lenguaje de los pájaros imita el ruido de un corazón cuando encuentra un endecasílabo en la sangre. 

La luz intimida un nido en el que se escucha un crepitar de ramitas de fresno y lluvia sin acabar de entenderse. Una premonición cancela otra. 

Un poeta declara su nombradía de animal sobrecogido por un milagro sin aristas. 

Se extravía la música de la mañana en una tempestad de palabras que estrellan su vacía melodía en un ala o en un giro imprevisto del propio vuelo, que es una cascada invisible de gozo y de pétalos de Dios. 

Sueña en quimeras el dueño de los laberintos. 

Pugna por salir de ellos. Lo cubre la sed, lo devasta la sed. Toda la vida es un deseo continuo de que la sed no mengüe y así pueda poseer el más puro anhelo de esperanza. 

Se duele el poeta de estas maquinaciones del espíritu. A su ciega convocatoria acuden la fatiga y el estupor, la clausura y la derrota. 

Entonces reclamar la parte rota. Decir que es nuestra. Más nuestra cuanto con mayor ferocidad nos haya abrazado. 

De no ser por el poema, el dolor sería también lamento, herida que se recama del fulgor del tiempo, trama frágil de días que no se reconocen, de palabras en las que se puede encontrar la semilla primera y el aliento último. 

Una bruma ocupa el hueco que una palabra concede a otra para que no la perturbe. 

Ahora te pido que consideres la verdad de las catedrales, su secreto pulso sin brújula, toda esa contención de la piedra antes de que la desquicie la herrumbre o la devaste el silencio

Es ya para siempre el naufragio. No la verdad de su confusa apariencia de bálsamo, sino la opacidad de su tangible cuerpo de cárcel. 

Cuenta esa verdad el poema, que es una lengua desbocada o un vértigo en la sangre o un temblor que sobresalta un pecho que duerme o un niño que se aleja del miedo en un juego.

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