14.2.22

El amor


A veces consiente
una opulencia de olores la noche.
Qué lejos ahora la tristeza y qué inútil.
Un compás de clausura la mece.
Así procede la belleza.
Alumbra amor,
cotidianos gestos,
luz que invita a un desmayo.
Medra en su tierno temblor sin dueño
el pulso de las horas,
la permanencia de su enferma fuga.
Están los días sin pan ni abrigo.
Oigo al aire declamar
su épica mudanza.
No es nuestro, no es de nadie.
No hay quien lo reclame.
Es del vértigo y es de la fiebre el aire.
Terca su vocación invisible,
pero una inminencia de prodigios
lo escolta, un milagro
invisible lo cierne.
Aire hecho polen festivo.
Aire roto, aire jirón del cielo.
El oro antiguo del festín de los dioses.
La música primera, el amor primero.
El loco don de los novicios besos.
La pasión escancia,
su lenta orfebrería,
su palabrería dulce,
sus febriles besos.
Todos esos dones del tiempo.
La vida nos tiene entretenidos
en estas distracciones del corazón.
A poco que lo abras,
tendrás entera para ti
la feliz comisión de la sangre
en su alocado embeleso de madre.
Aire, noche, sangre, yo os invoco.
Temblor, vértigo, fiebre, asistidme.
La turbia verdad de mi canto
os invoca.
Alta conjetura de barro,
luz con su eco de salmo,
blonda sutilísima de vida,
mi voz tiende un puente hacia la claridad.
Traed el amor, invocad su fulgor.
Se acaba el tiempo de los tristes.
Está la belleza
confiando al mundo
su milagro antiguo.
Acude con gesto de triunfo,
se le va clarear
en la bóveda del cielo.
Es inútil desoír
el fuego bastardo del ocaso,
su ciego caudal de sombra,
su apetito sin hambre.
Avanza el incendio de mi cuerpo,
se ven desde lejos
las llamas ocupando el pecho,
haciendo un árbol
en mis brazos como aspas.
Jadean sus pétalos, vibran
y en el acomodo de las alas
cobran vuelo
y ocupan un cielo
antojadizo y azul
como un beso de un niño.
Hoy declaro mi fe en la belleza.
El amor la tañe
como una campana infinita.
El amor la cubre
como un amante glorioso.

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