9.9.21

Otra pascaliana

 



No hay más que tres clases de personas: unas que sirven a Dios, habiéndole encontrado; otras que trabajan en buscarle, sin haberlo encontrado; otras que viven sin buscarle ni haberle encontrado. Los primeros son sensatos y felices; los últimos, locos y desgraciados; los del medio, desgraciados y sensatos.

Blaise Pascal, Pensamientos, 257

Gustar de las dulzuras celestiales pedía a Dios el devoto Pascal al sentir el padecimiento de los males con los que lo afligía. Quería dar así conforte al espíritu comprometido por el rigor del pecado, esa levadura de la moral. No obstante, solicitaba más adelante que se le premiara con los dones de la alegría y quedase liberado para ejercer el ministerio del tiempo, que es otro fermento, tal vez émulo de lo eterno y de lo bello, sin la atadura de su escrutinio y su cómputo, pues otra vida tendría en su compañía y más completa y hermosa que ésta. Pero he aquí que el atribulado Pascal le dice al atento Dios que ninguno de sus milagros, ninguna de sus limosnas, ninguna dádiva de su corazón puro darán conformidad al alma que lo mortifica ni habrá conversión de su ánimo. No soy digno, parece decir. Entra en esta plaza rebelde que los vicios ocuparon, solicita. Sólo Tú, insiste, podrías concederme alivio. No la común providencia servida a todos, sino la reservada a Él y con la que espera servirlo y elevar, en la espera de su abrazo, la cumbre de los días.

A veces lee uno a Pascal y cree ser Pascal, pero la luz no cunde en el aire ni la promisión de prodigios lo rodea y lo consuela. Por otro lado, a Pascal lo guía la fe, que es un epifanía. Se guía a través suya. Ese dulce eco de algo invisible y puro está ya fluyendo en él: lo traspasa, lo recrea, le conmina a avanzar, a ciegas incluso, con el tosco discurso del menesteroso. En la orfandad de ese apresto primero, cómo elevar una plegaria, cómo no caer en las oquedades del camino. No habiendo visto uno la dulzura celestial, cómo reclamarla, con qué franqueza solicitarla, añado yo. Sordo a inspiraciones divinas, Pascal transita la senda del único ruido que no percibe con la prevista nitidez que anhela: el tumulto de Dios yendo y viniendo por su carne. Conmueve tanto ese lamento que se afina el oído por si recala en su insensible arquitectura el goce de esa música, pero sólo acude la voz de los pájaros y (ahora) el trajín de los coches. No estará ahí. Tal vez ya esté dentro y en derredor únicamente percuta la melodía de los cuerpos, la tornadiza ocupación de ese armazón veleidoso y frágil. En lo demás, fiebre y vértigo, el loco afán de sentir la realidad y darse el arrobo de disfrutarla con más entero arrojo. Pascal escribió que no hay hombre que difiera tanto de otro como de sí mismo en el decurso de su vida, por lo que tengamos todavía esperanza. Demos a la concurrencia de la fe, credulidad, dirán otros, posibilidad de que irrumpa, pero no tengamos en la espera el ánimo decaído o la felicidad debilitada. Tal vez ninguna de estas consideraciones importe y todo sea tan sólo un divertimento ocioso, una licencia narrativa, una concesión a la bendita visita de la palabra. 

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18/385 Alejandra Pizarnik

  "Sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es vago, es lejano, pero lo sé y lo aseguro....